Jesús es primicia de la humanidad resucitada.  Andan en una vida nueva quienes aman como él y les dan incluso a los malvados y los desagradecidos el abrazo de amor.

Lucas se tomó la libertad de revisar Is 61, 1-2, el pasaje que leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret.  No se hizo mención de:  «sanar a los que tienen el corazón roto» (Is. 61, 1c).  Se anadió también:  «y a los ciegos, la vista» y se introdujo Is 58, 6d:  «a poner en libertad a los oprimidos».  Pero de manera más sorprendente todavía, se omitió:  «el día de venganza de nuestro Dios».  Se nos decía, pues, en otras palabras, que Jesús no acogió la venganza, no le dio abrazo.

No, Jesús no comulga con la idea de venganza divina contra los enemigos.  Dice no al nacionalismo que nos impulsa a aborrecerlos a los forasteros y los extranjeros como a enemigos.  Debido al nacionalismo, despreciamos también todo lo que no correspondiera a nuestra patria y logramos tener además falsos sentimientos de dignidad, grandeza y derecho.

Jesús defiende la perspectiva universal.  Da a conocer a un Dios que alarga la mano a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, a los buenos y a los malvados.  Jesús, el hombre celestial, se inclina para recogernos a los hombres terrenales en el abrazo del amor y la misericordia de Dios.

Los verdaderos seguidores de Jesús son instrumentos del abrazo de Dios a todos sus hijos e hijas.

Así que no hay nada de venganza en la enseñanza de Jesús, sea ésta de palabra o de obra.  Los que verdaderamente pertenecen a él, pues, no aprenden de él nada de venganza.  Y escuchan cuidadosamente las palabras del Maestro sobre el amor nuevo y radical.  Sobre el amor a los enemigos, el amor desinteresado hasta el extremo, en espera de nada.  Con pureza de intención (SV.ES XI:463).  Por eso, no ayudan a los pobres en sus necesidades corporales y espirituales para complacerse a sí mismos, sino para acoger el clamor de los pobres (véase Papa Francisco 2).  Les basta a estos seguidores de Jesús que el Señor les pague.

Sobre todo, los verdaderos discípulos hacen todo lo posible por seguir  el ejemplo que les da Jesús del amor hasta el extremo, cuyo memorial es la Eucaristía.  Muriendo por los pecadores, Jesús se constituye la prueba de que Dios nos ama muchísimo (Rom 5, 8).  Nos acoge además en el abrazo del amor de Dios.

Señor Jesús, derrama sobre nosotros tu Espíritu para que él nos guíe hasta el pleno amor, que es el distintivo de tus discípulos.  Haz de nosotros tu abrazo de amor y misericordia para quienes lo necesitan.

24 Febrero 2019
7º Domingo de T.O. (C)
1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; 1 Cor 15, 45-49; Lc 6, 27-38


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