Los años que van desde el encuentro con san Vicente en las Navidades de 1624, hasta el desposorio místico en febrero de 1630, fueron una especie de seminario en el que Luisa de Marillac, dirigida por Vicente de Paúl, aprendió a unir la oración y el servicio, la contemplación y la acción. Es el tiempo en que busca la felicidad de su hijo seminarista y una santidad personal un tanto pietista, pero que la transformará en una contemplativa evangelizadora. En mayo de 1629 piensa que debe dar una respuesta al contencioso que desde hace cuatro años se desarrolla en su interior: decidirse por una santidad lograda en la oración y en las limosnas, como la había buscado hasta entonces, o por una santidad forjada en el servicio a los pobres. Prevalece esta última visión. Al final de la transformación, el 6 de mayo de 1629, después de unos Ejercicios espirituales, decide virar el rumbo de su vida y se ofrece a Vicente de Paúl para ayudarle en las labores con los pobres. Sin dejar de ser contemplativa, se ocupará de labores socio-caritativas de evangelización por los pueblos (SV. I, 132s). Comienza a vivir lo que inculcará a las Hijas de la Caridad: por un lado, la unión indisoluble del servicio espiritual y el material, superando el dualismo maniqueo que separa lo espiritual de lo terreno, y por otro, intensificar la oración personal para mantenerse en el amor divino y no convertir el servicio en una simple labor material. Encarnación y contemplación son dos dimensiones inseparables en la vida de santa Luisa. El gran momento de contemplación mística, el Desposorio, se realizó cuando iba a los pueblos a visitar las Caridades. Dirigida por san Vicente, la señorita Le Gras rechazó separar vida pública de vida privada. Porque creía que Dios actuaba en su vida privada y en su vida pública, superó la injusticia de haber quedado marginada en la familia y en la sociedad. Cuando se dirige a visitar las Caridades y a fundar escuelas de niñas pobres, lo hace porque cree que la pobreza es incompatible con Dios y entorpece hacer un mundo nuevo con la oración sola sin esforzarse en arrancar la pobreza. Como ella, las Hijas de la Caridad consideran la pobreza algo injusto que le repugna a Dios y, convencidas de esta verdad, unen contemplación y acción.

Vida material y vida espiritual

La sociedad civil del tiempo de santa Luisa estaba impregnada de religión, de Dios que actuaba directamente en la naturaleza y en la vida social, y nada se escapaba a su dirección. La gente rezaba para obtener buenas cosechas, repeler las tormentas y lograr la salvación y la santidad. El problema de la señorita Le Gras no era cómo aprender a orar, su problema era cómo comprometerse con los pobres y continuar siendo contemplativa.

Nuestra época ha cambiado rotundamente. La atmósfera social fabrica hombres que consideran el dinero como la base de la vida moderna y asumen la actividad productiva como una condición indispensable para ser alguien. Son hombres volcados a lo material.  Aunque esté sólo, encerrado en casa, la televisión lo lanza al exterior y el teléfono móvil, fuera del hogar. Prefiere navegar por las noticias de internet a reflexionar sobre el papel de Dios en su vida personal y en la de los hombres que encuentra por la calle. El hombre moderno niega la unión entre vida material y espiritual, entre encarnación y contemplación.

La separación de Iglesia y Estado es provechosa, pero ha llevado a una separación tan rotunda que se ha convertido en un rechazo absoluto de la religión. Los organismos sociales rechazan que Dios pueda estar presente en los procesos que controlan las actividades sociales, políticas y económicas. Lo más que admiten en las Hijas de la Caridad es una religión en privado. Se tolera a Dios en la vida privada, pero se le margina en la vida pública, vuelve la idolatría y proliferan las religiones sin Dios con el culto a deportistas, artistas, cantores, los nuevos dioses con nuevas formas de culto.

Vuelven las corrientes filosóficas del racionalismo y el fideísmo. Las dos niegan que Dios se haya encarnado en un hombre y que intervenga en la historia. El racionalismo reduce todo a ser controlado por la razón, sin admitir la presencia de un Dios‑Amor que da sentido a la vida y al mundo. El fideísmo, por el contrario, inculca a los creyentes que fabriquen una divinidad a su medida, que la coloquen en el cielo sin que intervenga en la sociedad y que puedan relacionarse con ella por medio de una religión profana que los evada de la realidad social, creando un microclima cálido de grupo al margen de la comunidad cristiana. Tanto los racionalistas que prescinden de Dios como los fideístas que fabrican la divinidad a su gusto, se oponen a un Dios influyendo en la tierra o tomando parte en la historia. Niegan la encarnación y aman la vida como un tiempo para gozar sin tener que dar cuenta a Dios de sus acciones y gozar de las realidades materiales mientras se pueda.

Desajuste pastoral

Las Constituciones  declaran que las Hijas de la Caridad abrazan dos principios que articulan su entrega, dar a los pobres un servicio corporal y espiritual y vivir la unión de oración y servicio: «Las Hijas de la Caridad contemplan a Cristo a quien encuentran en el corazón y en la vida de los Pobres, donde su gracia no cesa de actuar para santificarlos y salvarlos» (1, 7). No obstante, suele darse un desajuste entre el esfuerzo humano y la fuerza divina, y entre el servicio material y el espiritual.

La Compañía ha procurado poner remedio a través de las Asambleas Generales dedicadas a buscar caminos de Dios en las influencias de las realidades del mundo actual y en la inculturación efectiva de las Hermanas y de las comunidades en el mundo moderno conducidas por el Espíritu de Jesús. Los documentos finales de las Asambleas intentan unir contemplación y encarnación. Desde la Asamblea General de 1968 las Hijas de la Caridad han elaborado buenos documentos ‑entre ellos las Constituciones‑,  comprometiéndose con la inculturación en la nueva realidad social y señalando las prioridades a seguir. Se adaptaron a concebir la autoridad como diálogo y servicio, a profundizar en una formación humana, cristiana, vicenciana y profesional, a adquirir una convivencia más horizontal, a mayor calidad en las celebraciones litúrgicas y a más sensibilidad para captar las necesidades de los pobres y los desafíos de la sociedad. Sin embargo, el fervor profético de las primeras Asambleas generales que siguieron al Concilio se fue apagando y muchas de las proposiciones de las Asambleas siguientes parecían una repetición más o menos modificada de lo que ya se había dicho. Los cursillos, documentos, reuniones de trabajo, con lenguaje directo, despiertan la conciencia y sugieren caminos a la responsabilidad personal, pero no solucionan los problemas, cuando falla la unión entre oración y acción, entre contemplación y encarnación, entre experiencia espiritual y opción apostólica, una unión que transforme la vida de las Hermanas conscientes de estar poseídas por el Espíritu Santo.

Las Hijas de la Caridad, al igual que la Iglesia, habían estado al margen del mundo moderno, preocupadas de las necesidades materiales de los más pobres, volcadas en la solidaridad con ellos y en la búsqueda de una mayor justicia social, pero luego se replegaban a su comunidad sin permitir la más mínima influencia de la cultura moderna. Vivían en dos mundos distintos, el del servicio y el de la comunidad. Al terminar el trabajo iban a la comunidad a rezar, como si hubiera que limpiar cualquier contaminación que se hubiese contraído. Y, sin embargo, era urgente descubrir la presencia del Espíritu en la nueva cultura, sin identificar la contemplación con la liturgia-celebración o con unos rezos llevados con dignidad. Tratando de responder a ese imperativo muchas Hijas de la Caridad, al igual que muchos misioneros paúles, salieron de sus casas y avanzaron con otros religiosos y seglares a instaurar el Reino de Dios. En esos primeros años postconciliares había que romper con el molde anterior, pero había el peligro de huir de la oración comunitaria sin llegar a hacer del servicio un lugar de oración. Había peligro de no encontrar en la actividad la fuerza del Espíritu de Dios que acompaña a los hombres mientras construyen una sociedad en justicia, amor y paz, llamada Reino de Dios.

Las Hijas de la Caridad no pueden desentenderse de Dios ni acercarse al ser humano sin estar atadas al Espíritu Santo. Sólo con la fuerza de la gracia y participando los gozos y las esperanzas, los temores y los fracasos de la humanidad serán contemplativa y estarán encarnadas en la vida humana para ser testigos de Jesucristo. Para las Hijas de la Caridad no es suficiente darse a los pobres, si no están llenas del Espíritu de Jesús. El verdadero problema no reside en la transformación de las comunidades, sino de las personas. En la falta de vocaciones influyen cuestiones sociales, familiares y sicológicas, pero más la vida espiritual. Santa Luisa decía con palabras duras del siglo XVII que sin la vida espiritual “las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer del mundo, y si se volvieran ingratas e infieles a las gracias de Dios, la divina justicia no sabría castigarlas lo bastante severamente en la eternidad” (c. 257).

Servicio corporal y espiritual, desequilibrio

No es raro que las Hijas de la Caridad encuentren impedimentos en las leyes y convenios laborales que sólo se fijan en el cumplimiento material de las tareas. El trabajo reglamentado no deja tiempo para el espiritual, absorbe de tal manera a las Hermanas que las dificultan para hablar de Dios. Por otro lado, bastantes Hermanas notan que su oferta pastoral no es siempre aceptada o no concuerda con la demanda de unas personas que rechazan a Dios y la religión; sienten que el producto es de buena calidad pero, para la gente, la casa, la Iglesia que lo ofrece está desprestigiada. Y no es raro que se sientan solas entre seglares que pueden deshacer con su indiferencia o su oposición la labor que tanto les ha costado emprender. Las Hermanas saben que su servicio es corporal y espiritual, que no son únicamente profesionales, que también son evangelizadoras, y ven que algo falla, que no viven lo aprendido en el seminario de dar un sentido moderno al servicio material y al espiritual sin separarlos, ahora el servicio material y ahora el espiritual.

El servicio de los pobres es absorbente, parece que siempre hay que estar haciendo algo, porque el pobre siempre tiene necesidad de ser socorrido. Por otro lado, la mayoría de las Hijas de la Caridad trabajan en instituciones civiles, sujetas a normas laborales. Si se añade que la Hermana por lo general es perfeccionista y está absorbida por el trabajo, corre el peligro de no encontrarle tiempo a la vida interior, porque es más fácil dedicarse al servicio y el cansancio fatiga el espíritu para recogerse en oración.

E1 activismo debilita la vida espiritual y acostumbra a la Hija de la Caridad a depositar el éxito de su labor en las fuerzas humanas, olvidándose de la Providencia. Las primeras Hermanas hacían nuevas fundaciones a veces con escasos soportes materiales, pero confiando en la providencia divina. Hoy para abrir una fundación todo debe estar bien sopesado. Y es acertado, si se apoya también en la providencia divina. Las Hijas de la Caridad nunca debieran olvidar lo que Brémond  dice de Vicente de Paúl: “No son los pobres los que han llevado a Dios a Vicente de Paúl, sino Dios el que le ha llevado a los pobres”.

Santa Luisa y las primeras Hermanas creían podían liberar a los pobres, si sabían que servían a Jesús en sus miembros dolientes o que ocupaban el puesto de Jesús cuando se acercaban a ellos (E 98). Lo aprendían en la oración[1]. A san Vicente se le suele llamar el “místico de la acción” [2], porque su unión con Dios alimentaba su apostolado, y debiera ser uno de los apodos de las Hijas de la Caridad, para indicar que oración y acción, contemplación y encarnación forman una misma vida, porque “el servicio de las Hijas de la Caridad es al mismo tiempo, mirada de fe y puesta en práctica del Amor, del que Cristo es fuente y modelo” (C 2. 1).

Contemplación como un grado místico de oración, como una experiencia de Dios, como un sentir en nuestro interior la presencia de las tres divina Personas: el Padre como origen, llenándonos de bondad, y como meta, cobijándonos en su misericordia, el Hijo, en el anonadamiento de la encarnación, contagiándonos su amor sacrificado por los pobres, y el Espíritu Santo, iluminando nuestra mente y fortaleciendo nuestra voluntad hacia el bien (C 2. 2). Aunque esta presencia activa de la Trinidad se realice en el interior de la Hija de la Caridad, ella tiene que proyectarla hacia el mundo. No hay que confundir la experiencia de Dios hacia dentro, la contemplación, con la experiencia de Dios hacia fuera, en el servicio, que san Vicente llamó “no salir nunca de la oración”. La experiencia de Dios en el servicio, para que sea oración, debe ser consciente y amorosa, convencidas con santa Luisa de que ayudan a los pobres porque son impotentes de hacerle a él ningún servicio.

La gente cree que los vicencianos estamos dominados por la actividad y nos falta oración. El P. Maloney hace unas preguntas a los misioneros: “¿Nos dice la gente: ‘¡Realmente los misionero de la Congregación de la Misión saben orar!’? Ciertamente, las gentes conocen nuestra familia por las obras. El nombre de Vicente de Paúl es sinónimo de obras de caridad… Pero, ¿nos ve la gente como grupo profundamente comprometido con la oración? ¿Los jóvenes que se encuentran entre nosotros se sienten atraídos al experimentar cómo oramos? San Vicente fue admirable en la oración. Sus contemporáneos le reconocían como un contemplativo en la acción”. Si la gente se ha fijado en nuestra vida activa y la ha separado de la vida de oración, este nuevo milenio nos desafía a demostrar al mundo que somos “contemplativos en la acción”. No salir nunca de la oración en medio del trabajo y de la vida, puede ser la oración vicenciana.

P. Benito Martínez, CM

Notas

[1]  Santa Luisa no dio a sus hijas ninguna doctrina sobre la oración. Eso se lo dejó a Vicente de Paúl. El era hombre, sacerdote y Superior General y ella era simplemente una mujer seglar. Y vivían en el siglo XVII. Sin embargo sí les inculcó frecuentemente la necesidad de hacer oración (c. 49, 69, 94, 447, 536, 538, 638…).

[2] Robert P. MALONEY, C.M., “Mis esperanzas para la Congregación de la Misión durante los próximos seis años”, en VICENCIANA (Marzo-Abril 1999) p.104. Jerónimo Nadal aplica a san Ignacio de Loyola la frase en latín: simul in actione contemplativus (al mismo tiempo contemplativo en la acción). Ved Miguel NICOLAU, “Contemplativo en la acción: una frase famosa de Nadal” en Centro di Spiritualità Ignaziana, Roma, 25 (1977) 7-45

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