Disponibilidad, indiferencia, coherencia

Cuando Dios comunica un mensaje a una Hija de la Caridad para que se lo anuncie a los hombres y los llene de esperanza, no lo hace de una manera sensacional, sencillamente se lo comunica en la oración o a través de los sucesos de la vida. Es lo que significa la frase tan conocida de que el profeta viene del desierto, de la oración, y vive en la frontera del mundo, vive en el mundo sin pertenecerle. La Hija de la Caridad está atenta a escuchar lo que Dios disponga en el momento en que la envíe a comunicar un mensaje a los pobres. Su vida está en alerta continua a la llamada de Dios y dispuesta siempre a decir, como María, aquí está la esclava del Señor.

San Vicente llama la santa indiferencia a la disponibilidad y la considera tan importante que, para él la Hermana disponible a ir a cualquier destino y ejercer cualquier servicio, ya es santa. Si para él sin disponibilidad, la Compañía se destruye y para santa Luisa, sería un desorden, no es extraño que el santo dedique, al menos, cinco conferencias a la indiferencia en sentido de disponibilidad, no a la indiferencia de quien no se preocupa de los demás, porque le son indiferentes. La Hermana ni vendría de la oración ni viviría en el umbral de la sociedad. La indiferencia de la Hija de la Caridad es la de estar en todo momento disponible, sin pertenecerse a sí misma, sino sólo a Dios, y estar pendiente de lo que él le diga en la oración, en los sucesos de la vida o por medio de los superiores y de los pobres.

Si una Hermana tiene la actitud de disponibilidad, es coherente con el papel de profeta. La sociedad posmoderna pide coherencia entre lo que se habla y lo que se vive, porque estamos viviendo en una “subasta de valores”, donde cada uno encuentra los valores que más le cuadran en cada momento. Todo es relativo y todo se valora dependiendo de la situación en que cada uno se encuentre. Se puede defender una posición en casa y otra en la calle, una actitud en la vida familiar y la contraria en el trabajo, defender unas virtudes en privado y otras en la vida política. Pocos son ya consecuentes con sus ideales éticos y religiosos. Estar disponible es escuchar a Dios y practicar lo que anuncia, acogiendo a todo el que le necesite, estando pendiente de las necesidades de los otros, sin adoptar distintas posiciones según el ambiente y la gente que le rodea. Una disponibilidad coherente, es lo que más atrae a los jóvenes.

La renuncia del profeta

Cuando Dios escoge a una Hija de la Caridad para que viva su consagración en medio de la sociedad sin contagiarse, en la frontera entre lo divino y lo humano, la apremia a vaciarse de todos sus intereses para estar disponible a lo que él le pida. No puede hacer ya cálculos ni pretender que los planes de Dios coincidan con los suyos, y menos, que Dios esté a su disposición. Es la esclava del Señor y ya sólo puede decir como Cristo al venir al mundo: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.  

Una Hermana puede descubrir que Dios le pide transformar su vida y desprenderse de sus ideales más íntimos, y acepta el desafío, porque sabe que Dios no le pedirá nada que supere sus fuerzas. Confía en él y se pone a su disposición para vivir la nueva vida que la hará dichosa, tal como dirá el mismo Jesús, refiriéndose a la disponibilidad de su Madre: Bienaventurada por haber escuchado la palabra de Dios y haberla cumplido. La Hija de la Caridad está disponible a lo que Dios quiera, a las Hermanas y a los pobres para llenarlos de esperanza.

Estar disponible no es difícil, si la Hermana asume que Dios le pedirá lo que sabe que puede dar de acuerdo con su temperamento y su historia. Y es ella la que interpreta cada situación, asumiendo con generosidad el compromiso que sea, aunque le pida dar la vida por los pobres o atenderlos en cualquier momento.

Es la crueldad de inculturarse una Hija de la Caridad sin pertenecer a esa cultura y ser mirada por la gente como perteneciendo a Dios y viviendo en el umbral de la sociedad sin mundanizarse. Las renuncias personales la hacen delicada y sensible para descubrir miles de formas de vivir la vida de comunidad y el servicio, desde una sonrisa hasta la donación de horas de trabajo o el desprendimiento de un ideal o de sus gustos. Y lo hace animada por la esperanza de encontrar solución a los problemas comunitarios y sociales, pues si se siente capaz de infundir esperanza en los pobres, necesita vivirla.

El mensaje divino claro y oculto

No siempre una Hija de la Caridad puede estar a disposición de los pobres y de las Hermanas, pues no descubre con facilidad el plan de Dios. Los acontecimientos que suceden en la sociedad y en las comunidades son signos divinos, pero como todos los signos, expresan algo que hay que saber leer y traducir. Hay que conocer palabra por palabra el vocabulario de ese idioma y traducir el suceso de los migrantes con miedo, de los ancianos solos, de las chicas desorientadas.

Las Hijas de la Caridad viven de la esperanza en Dios, pero la esperanza también es humana y no clarifica ni soluciona todos los problemas ni tiene magia para descubrir con certeza el futuro de la vida. La situación de una Hermana es la de un profeta itinerante y esta situación la sume en la duda y en la ambivalencia de la vida, al no saber con certeza qué respuesta dar a cada problema comunitario o social. Es duro para una Hermana querer cumplir la voluntad de Dios y no entender cuál es el lenguaje que usa Dios para manifestarla. Es un camino oscuro, a tientas, sostenida solo por la confianza en Dios que no la abandona y por la esperanza de que hay vida allí donde sólo ve calamidades. Está disponible, porque tiene esperanza de encontrar el camino acertado para mejor salvar a los necesitados.

Cuesta asumir el papel Hija de la Caridad, porque, a pesar de confiar en Dios, es un instrumento humano limitado en las manos de un Dios oculto, silencioso e impalpable, que no le habla claro, del que sabe tan poco y del que no tiene ninguna experiencia sensible. Quisiera tener signos claros, y ve que Dios se manifiesta en el pesebre de Belén, en la oscuridad de la cruz, en una comunidad pecadora. Y es duro, porque exige vivir en la frontera de la sociedad sin pertenecer a ella ni gozar de sus ventajas, vivir en el límite entre lo divino y lo humano, vivir en el mundo, pero como consagrada, tan sólo con el bagaje que haya adquirido en el desierto de la oración y con la ayuda que puedan darle otros de fuera y de dentro de la comunidad, y siempre disponible a Dios, a las Hermanas y a los pobres.

Disponible a la Comunidad

Sólo la disponibilidad de corazón permite aceptar un destino doloroso y encontrarse con otras mujeres tan humanas como ella para formar una comunidad de fe, de amor y de esperanza. Sólo la disponibilidad hace aceptar la comunidad concreta, tal como es, y sentirse parte de ella junto a otras Hermanas tan distintas o mantenerse unida a unos superiores en los que descubre tantos fallos y defectos, sin caer en una crítica despiadada, pues a pesar de sus defectos no dejan de ser signo de Cristo.

Estamos disponibles a ejercer lo que Dios nos pida, pero también es fácil que, de acuerdo con la sociedad ligth en que vivimos, le pongamos condiciones: si cambiaran las estructuras, si cambiaran los superiores, si la comunidad fuese más abierta, como si los cambios no obligaran a cada Hermana como parte de una comunidad que es la suya. La disponibilidad manifestada libremente sitúa en la realidad de lo que es una comunidad de mujeres y en lo que supone servir a los pobres en una Compañía, mezcla de luz y de tinieblas, que fundaron san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac.

Para vivir disponibles con libertad interior, las Hermanas necesitan las virtudes del Espíritu vicenciano: humildad, para reconocer sus propias limitaciones y mantenerse cercanas y disponibles a las Hermanas y a los pobres, en actitud de siervas; la sencillez, que las lleva directamente a confiar en Dios y a actuar con transparencia; y la caridad, que las apremia a servir a los pobres sin distinción de raza, cultura, condición social o religión, dice la constitución 18. Las tres virtudes son la base indispensable para estar disponibles a instaurar, desde la frontera y viviendo como mujer consagrada, el Reino de Dios en esta sociedad. La Hija de la Caridad tiene que estar tan disponible como Cristo que aceptó ser Adorador del Padre, Servidor de su designio de amor y Evangelizador de los pobres (C 8a).

La disponibilidad evangélica no significa aceptar y callar pasivamente. Es una actitud o virtud propia de temperamentos fuertes y decididos; exige lo mejor de nosotros mismos; implica un salto decidido del egoísmo al amor, del yo al tú, de acomodarse a comprometerse. La disponibilidad exige ayudar a la Compañía en su constante renovación, con libertad, respetando la mentalidad de las compañeras. La disponibilidad exigirá participar seriamente en las revisiones y escuchar tanto a las llamadas “conservadoras” como a las denominadas “progresistas”. No denunciar los fallos que pueden existir en la vida comunitaria y en el servicio, o no proponer ideas y proyectos para la construcción de una comunidad más humana en bien de los pobres, huir del trabajo y de la revisión en comunidad o desentenderse de la propia capacitación y formación, es sabotear el plan salvador de Dios que ha encomendado a cada Hija de la Caridad.

María modelo

Los pobres acudirán a la Hija de la Caridad, si la ven disponible a escucharlos y acogerlos, disponible para hacer de esta sociedad un Reino de Dios, donde ellos también puedan vivir el amor, la justicia y la paz. Cada día se sentirá más identificada con María, Señora de la Esperanza, que estuvo tan disponible que se consideró una simple esclava del Señor, pero también descubrirá lo que le falta de la auténtica disponibilidad, lo que hay de hueco detrás de tantas palabras, de la distancia entre hablar y actuar, lo que hay de superficial en su maneras de vivir el Espíritu de la Compañía.

Una Hermana estará disponible, si se acepta tal cual es ante Dios, como instrumento inútil en sus manos, como Hija de la Caridad limitada y débil que siente la tentación de cerrar los ojos para no ver tanta miseria como encuentra en el ejercicio de su misión profética. Cuando María recibió el anuncio del ángel, se puso de tal manera a disposición de Dios que tan sólo le dijo: Dime qué tengo que hacer para engendrar al Hijo de Dios, pues José aún no me ha llevado a su casa. Es el Sí auténtico de una Hija de la Caridad a la propuesta de Dios de ser Madre de un Cristo que siente a los pobres como a sus miembros doloridos. Sólo pregunta cómo.

La disponibilidad de María es la disponibilidad total de nuestro ser al Dios que salva y que obra en la historia de los pobres. Como María al conocer la necesidad de Isabel hace un viaje duro, una Hermana está dispuesta a encontrar al pobre allí donde esté. También a ella la puede saludar Isabel: ¡Feliz tú, porque has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!

Dios ha depositado en las hijas de san Vicente y santa Luisa la semilla de la disponibilidad que mostró María para acompañar a José a Belén, porque así se lo mandaba Dios por medio de un decreto imperial, disponible para dar a luz en una sala familiar con un pesebre donde recostó a su hijo, porque ese era el lugar donde daban a luz todas las mujeres pobres, y Dios hablaba a través de esa costumbre. 

Si la Hija de la Caridad está disponible, lo está también para crecer, como María, en la esperanza de ser capaz de desempeñar la misión que Dios le encomiende, descubriendo sus capacidades, sacando de ella lo mejor y poniéndolo al servicio de los pobres. María era mujer humana y nunca perdió la esperanza de ser capaz de engendrar nada menos que al hijo de Dios, de educarlo y desempeñar el papel de Madre. Así disponibles, podéis acercaros a María, la que dio a luz a Jesús en Belén, y al pie de la cruz aceptó que su Hijo muriera por todos sus hermanos, y descubrir por qué en ese momento Jesús moribundo tuvo fuerzas para entregárnosla por Madre.

María, mujer de corazón humilde, espera y anhela el nacimiento del Hijo que lleva en sus entrañas. Es un salvador que no viene de fuera, sino que nace en el Belén interior de una Hija de la Caridad que escucha el oráculo del profeta: Porque de ti, aunque pequeña y humilde, saldrá el salvador… cuando la madre dé a luz.

La Hija de la Caridad y María se unen en ese Belén interior, porque están disponibles para traer la salvación a los pobres que viven atormentados, que viven tiempos de oscuridad y desazón, y, siguiendo a María, las hijas de san Vicente escuchan el idioma que Dios les habla a través de tantas calamidades. O entran en el desierto de la oración y viven como consagradas en la frontera del mundo, disponibles para que Cristo nazca en los pobres y en la comunidad, identificadas con Cristo, o no habrán entendido el idioma que habla Dios. ¿Es que no están disponibles para ver las injusticias que se hacen a los pobres?

Ayuda para una evaluación personal

Ver:

Si alguna dijese: «Pero, ¿es que voy a asumir ese destino o ese servicio? Me cuesta mucho». Entonces le pasaría como al profeta Jonás que no tuvo disponibilidad para ir a Nínive, como le había mandado el Altísimo. Jonás empezó a pensar en su interior: «Me podrán maltratar; nadie me dará la bienvenida cuando vaya a predicar penitencia; quizás tenga que perder la vida». ¿Y qué es lo que hace? Se embarca para marcharse a otro sitio. Inmediatamente el tiempo empieza a cambiar; surge la tempestad. Los marineros echan a Jonás al mar. Se encuentra con una ballena, que se lo traga y lo guarda durante tres días para devolverlo lleno de vida. Entonces, hijas mías, Jonás conoció su falta de disponibilidad, pidió perdón a Dios y, lleno de fuego y de fe, se fue a predicar a Nínive.

Según el ejemplo de este profeta, podéis juzgar, hijas mías, cómo se irrita Dios con las almas que ha escogido como profeta para realizar sus obras, cuando no tienen disponibilidad. Pero, ¿quién podría esperar la gracia que concedió a Jonás de levantarse de su caída? ¡Ay!, hijas mías, ¿y si caéis en el mal y en la impotencia para poder levantarse, a no ser por un milagro especial? Y Dios no lo hace todos los días.

Sé muy bien, hijas mías, que os piden de muy lejos, a más de seiscientas leguas; hay allí algunas reinas que os piden, también conozco a otras personas que os piden más allá del mar. ¡Qué elevado concepto tienen de vosotras esas persona, para llamaros desde tan lejos! Esto es para vosotras una nueva obligación de trabajar en perfeccionaros y sobre todo en adquirir esa disponibilidad necesaria para ir a cualquier sitio. (IX, 472)

Juzgar:

  • ¿Qué razones crees que tuvo Jonás para rechazar la misión de Dios? ¿Piensas que si hubiera penetrado profundamente en el desierto de la oración, habría reaccionado de distinta manera?
  • ¿Por qué san Vicente os pondría este caso?
  • Descubre la diferencia entre motivos humanos y sobrenaturales.
  • ¿Qué significa vivir en la frontera? Y desde ella, ¿qué motivos pueden impedirte estar disponible a los pobres, a la comunidad y a los superiores?
  • Viviendo en el umbral de la sociedad -consagrada en el mundo- busca razones que puedan ayudarte a estar disponible a lo que Dios te pida en el desierto de la oración o por medio de las necesidades de los pobres.

Actuar:

  • Caminos para escuchar a Dios en la oración.
  • Formas de descubrir la voluntad de Dios en los sucesos de la vida, de la sociedad, de los pobres, de la comunidad.
  • Hechos con los que pones a prueba que eres una Hermana disponible.

P. Benito Martínez, CM

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