El 26 de enero, en la Basílica Catedral de Santa María La Antigua en Panamá, el papa Francisco celebró la Eucaristía con sacerdotes, religiosos y religiosas, y miembros de movimientos laicos. El evangelio del día fue el de Jesús y la mujer en el pozo. El Papa establece un contexto:

El evangelio que hemos escuchado no duda en presentarnos a Jesús cansado de caminar. Al mediodía, cuando el sol se hace sentir con toda su fuerza y poder, lo encontramos junto al pozo. Necesitaba calmar y saciar la sed, refrescar sus pasos, recuperar fuerzas para poder continuar con su misión.

Las palabras que el Santo Padre dirgió a los allí reunidos trataron sobre el cansancio que puede acompañar al intento y al deseo de ser fieles a la vocación propia, en un “mundo cambiante y cuestionador”. Muchos de nosotros conocemos ese sentimiento.

Me parece sorprendente que el Papa Francisco pueda encontrar palabras para describir nuestro mundo con tanta agudeza. Me alegro de su capacidad para desvelar la palabra de Dios y reconocer la forma en que esta habla a nuestro tiempo y experiencia. El “cansancio del viaje” puede captar la sensación de muchos de nosotros que asumimos las responsabilidades de nuestra Iglesia, comunidades y familias. Las largas horas, los compromisos diarios, los pequeños problemas y las presiones estresantes desafían la determinación de los corazones y los cuerpos que se esfuerzan por dedicarse fielmente al Evangelio. Sin embargo, el Santo Padre apunta más allá de esta pérdida de nuestras energías a una “cansada esperanza”.

Ese cansancio que surge cuando ―como en el evangelio― el sol cae como plomo y vuelve fastidiosas las horas, y lo hace con una intensidad tal que no deja avanzar ni mirar hacia adelante. […] Es un cansancio paralizante. Nace de mirar para adelante y no saber cómo reaccionar ante la intensidad y perplejidad de los cambios que como sociedad estamos atravesando. Estos cambios […] ponen en duda, en muchos casos, la viabilidad misma de la vida religiosa en el mundo de hoy. […] Lo que supo ser significativo e importante en otros tiempos parece que ya no tiene lugar.

Este cansada esperanza puede llevar a un cierto pragmatismo, a un sentido de que el Evangelio no tiene nada que decir al mundo de nuestro tiempo.

En su cansancio por el viaje, el Señor le dice a la mujer samaritana: “Dame de beber”. Nos invita a decir estas mismas palabras con las que la invita a buscar el agua viva. Francisco nos anima a permitir que nuestra esperanza cansada vuelva “sin miedo al pozo fundante del primer amor”, “animarse a dejarse purificar, a rescatar la parte más auténtica de nuestros carismas fundantes”, para reconocer que “necesitamos que el Espíritu nos transforme en mujeres y hombres memoriosos de un encuentro y de un paso, del paso salvífico de Dios”.

Leí con gratitud las palabras de nuestro Papa que siempre está atento al pulso de nuestra Iglesia y que escucha en el Evangelio la llamada continua a la esperanza y al ministerio. Como vicencianos, esa convocatoria adquiere una forma y un enfoque particulares. Mientras bebemos profundamente en el pozo del Señor, esperamos saciar nuestra sed durante nuestro viaje diario y de por vida.

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