Estamos muy contentos de que el hermano Renato Lima de Oliveira, presidente intenacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl, comparta con todos nosotros una reflexión semanal todos los lunes, a partir del día de hoy.


Hace unos días me encontré con un amigo en un supermercado. En cuanto me vio, me preguntó inmediatamente: «Renato, ¿cómo estás? ¿Cómo siguen los vicentinos?». Esas dos preguntas, una tras otra, demuestran claramente cómo nuestro nombre propio se asocia con algo más grande, como puede ser nuestro lugar de trabajo, nuestro Estado o la organización en la que participamos.

En particular, el nombre de los consocios se relaciona siempre con el apellido «vicentinos». Somos «Sebastián, el vicentino», «María, la vicentina», «Juan, el vicentino», «Pilar, la vicentina»… No podemos negarlo ni renegar de ello. Somos vicentinos hasta en nuestro nombre. Es decir, el ser vicentino o vicentina forma parte de nuestra vida. Cuando somos vicentinos de verdad, vocacionados, todos se dan cuenta y no lo olvidan nunca. Es como si fuese la «marca registrada» de cada uno de nosotros.

En cambio, cuando nos encontramos con alguien que no ha continuado en las filas de la Sociedad de San Vicente de Paúl, la primera pregunta que le hacemos es «¿cuándo regresas a la Conferencia?» ¿Porque es así? Porque queremos que la alegría de servir a Cristo, a través del ejercicio de la caridad, no sea un privilegio exclusivo de los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Queremos que cada vez más y más católicos se unan a esta gran red de caridad que, seguramente, va a cambiar el mundo.

El ser vicentinos forma parte de nuestra vida, como lo hace ser un profesional, padre, madre, hijo, hija, estudiante, etc. Somos un todo, una suma de partes que, separadamente, también son relevantes y dan forma a la imagen que la gente tiene de nosotros. Cuando nos saludamos, inevitablemente, se nos asocia con el movimiento vicentino. Es nuestro rasgo mayor, que destaca entre el resto.

El ir a la reunión semanal de la Conferencia forma parte de nuestras vidas. Cuando faltamos, por cualquier razón, estamos tristes y echamos de menos la convivencia armoniosa entre los consocios. Forma parte de nuestra vida el asistir a las fiestas organizadas y, cuando no podemos participar, tenemos también esa sensación de pérdida que solo nosotros sabemos lo que representa.

El visitar a los pobres, allí donde residen, también forma parte de nuestra vida. Si nos ausentamos, sentimos que nos falta algo muy importante: la amistad y el afecto de las personas asistidas. Es como perder una joya valiosa en un bosque denso y frondoso. También el participar en la Santa Comunión forma parte de nuestra vida; si no vamos a la mesa eucarística, nuestra semana está vacía, nuestro domingo está soso y sin sabor.

Por todo esto, somos vicentinos, pues es parte de nuestras vidas la práctica constante de la caridad y la solidaridad, el apoyo a los que sufren, el deseo de hacer un mundo mejor, la obsesión por acabar con la pobreza y la exclusión social. Forma parte de nuestra vida razonar así, pensar así, mirar al mundo de esta manera, actuar así. Por eso siempre queremos que nuestros familiares y amigos también se vuelvan vicentinos. Ahora, respóndeme tú: ¿ser vicentino forma parte de tu vida?

Renato Lima de Oliveira
16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

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