El fundador, Vicente de Paúl

San Vicente de Paúl no descubrió a los pobres ni en Folleville ni en Châtillon. Ya los había descubierto muchos años antes, y desde la Noche pasiva de fe descubrió la obligación personal que tenía de ayudarlos. Desde niño estuvo rodeado de pobres campesinos. Ciertamente su familia no era pobre. Su madre pertenecía a una familia de burgueses de la que dependía el señorío de Peyroux en Orthevielle, a unos 20 kilómetros al sur de Dax, con una serie de derechos sobre los habitantes y tierras del pueblo, como la justicia, la imposición de su horno, molino, lagar… por los que recibían tributos y rentas, al tiempo que se libraban de muchos impuestos. San Vicente dice que de niño aquí pasó muchas temporadas, llevando a pastar el ganado por los alrededores del castillo de Mongaillard a unos tres kilómetros del límite actual del País vasco francés[1]. Fue aquí donde seguramente aprendió el euskera[2] y, también seguramente donde sus abuelos maternos le pusieron un profesor particular. Un hermano de Bertranda, la madre de san Vicente, Juan de Moras, era abogado en Dax y se había casado con Juana de Saint-Martín, emparentada con la familia Comet, protectores ambos de san Vicente. Los Moras, además de burgueses eran funcionarios con casa de veraneo en Puy, donde seguramente la familia de Moras conoció a Juan de Paúl, padre del santo.

Juan de Paúl era un labrador fuerte con tierras, bosques y ganado en Puy y en otras partes cercanas a Dax, como en el pueblo de Saint-Paul. Tenía dos parejas de bueyes, por lo menos, para cultivar las tierras, un rebaño de ovejas y una piara de puercos, y hasta permitió que su hijo Vicente diera 30 sueldos de limosna a un pobre, el salario de tres días de un obrero especializado de entonces. Por el testamento que hizo san Vicente pocos años después de fundar la Congregación de la Misión se ve que los bienes “paternales y maternales” heredados no eran pocos (X, 99s), dejando a sus hermanos lo que tenía después de haberles dado en 1626 la parte que le tocaba de la herencia paterna: una casa con bosque y tierra que mi cuñado había vendido, y yo había rescatado el 21 de enero de 1627. Pero todo labrador, aunque viviera desahogado, estaba en peligro de caer en la pobreza por causas meteorológicas y políticas, y debido a las revueltas de la Fronda los hermanos de san Vicente cayeron un tanto en la pobreza. Para que volvieran a una situación parecida a la de años anteriores, Vicente de Paúl les dio 1000 libras que el señor De Fresne le había dado para ellos. Cantidad igual al sueldo de tres años de un vicario de parroquia o al de siete años de un trabajador manual. Con ese dinero -dice Abelly- se compró una pareja de bueyes a un familiar, a otro se le reedificó la casa, para el otro se deshipotecó una pieza de tierra y a otros se les dio vestidos y los aperos de labranza necesarios para que pudiesen trabajar las tierras[3].

Como toda familia, también la familia Paúl-Moras quiso mejorar su situación social, y escogió a uno de sus miembros para que la hiciera progresar a través del entramado sacerdotal. La nómina anual de un párroco era de entre 300 y 400 libras. Una boutique de París podía producir unas 400 libras de ganancia al año (XII, 295; XI, 580). Al ser una familia de funcionarios, burgueses y campesinos pudientes, se supone que tenía influencias en el entramado social. Se puede decir que Vicente de Paúl pertenecía a una familia capacitada y autorizada por la costumbre y la mentalidad social de la época para aspirar a más, para medrar en la escala social y eclesial. Cuando, a los quince años, fue a estudiar al colegio de los franciscanos de Dax, pasó de golpe tres cursos y en sólo dos años se preparó para estudiar teología. Lo cual supone que, de niño, aunque guardara el ganado, tuvo algún profesor particular probablemente en las temporadas que pasaba en casa de sus abuelos maternos[4].

Margarita de Gondi

A pesar de ser un campesino san Vicente de Paúl no pensó fundar una congregación de misioneros dedicada exclusivamente a los campesinos. Fueron las circunstancias quienes lo determinaron. La Congregación de la Misión se dedicó a los campesinos porque san Vicente era capellán de los señores de Gondi y éstos eran señores de muchas tierras de campo. A ellas le empujó la señora de Gondi. 

Cuando el 4 de setiembre de 1626, Vicente Depaul, A. Portail, F. du Coudray y J. de la Salle firman el contrato de asociación tienen el propósito de dedicarse exclusivamente a los pobres campesinos, aunque también en las ciudades abunden los pobres. En Roma piensan lo mismo y por ello no quieren darles la erección pontificia, porque la congregación desaparecerá con la conversión de la gente a la que se dedican. Con todo, cuando Urbano VIII firme la Bula de erección dará a los Paúles el fin de dedicarse a la salvación de aquellos que viven en pueblos, aldeas, tierras, lugares y ciudades humildes. En el contrato que firman con la Sra. de Gondi se imponen «la obliga­ción de no predicar ni administrar ningún sacramento en las ciudades en las que haya arzobispo, obispo o juzgado»[5].

Margarita de Gondi le introdujo entre la gente del cam­po. Hay varios documentos que lo confirman, especialmente tres: una repetición de oración del 25 de enero de 1655, una conferencia del 17 de mayo de 1658 y un extracto de conferencia que cita Abelly[6]. En ellos aparece que en el campo había sacerdotes que desconocían hasta la fórmula de la absolución; que algunos campesinos de las tierras de los señores de Gondi tenían ver­güenza de confesarse con sus sacerdotes; que por ello Margarita de Gondi procura que un sacerdote sabio y bueno les prepare para una confesión general; el 25 de enero de 1617 san Vicente predicó en Folleville la famosa homilía sobre la confesión general y el éxito fue enorme; «Viendo el éxito, se pensó en los medios para misionar de tiempo en tiempo las tierras de dicha señora». Pero ninguna congregación religiosa se compromete a hacerlo y entonces «se decidió asociar a algunos sacerdotes buenos» para salvar a «sus (de dicha señora) pobres campesinos». San Vicente sería uno de ellos. En 1625 se le unirán tres compañeros, dando origen a la Congregación de la Misión.

Pero en 1617 san Vicente no pensaba dedicarse a ese apostolado. Según Coste, había presentado a Bérulle sus remordimientos por el cargo de pre­ceptor en casa de los Gondi. Bérulle le envía de párroco a Châtillon-les-Dombes, donde piensa permanecer hasta que muera. Por insistencia de la Sra. de Gondi vuelve a Paris, pero ya no como preceptor, sino como capellán de toda su casa y de las «siete u ocho mil almas que están en mis tierras» (SVP., 67).

La Sra. de Gondi insiste en que san Vicente funde una asociación de eclesiásticos para que misionen sus tierras. Ha depositado para ello 16.000 libras en su testamento. El capellán durante ocho años va madurando la idea; su misión se le aclara. La vocación de ayudar al pobre que maduró entre los años 1613 y 1617, se concretiza en las misiones y las Caridades. Durante una misión en Montmirail y en Marchais un protes­tante le arraiga más en el campo, cuando le dice que en Paris hay diez mil sacerdotes «mientras en el campo los pobres se condenan en una ignorancia espantosa» (XI, 727). Dos retiros en Soissons y en Valprofonde terminan por decidirle a aceptar la proposi­ción de Francisca Margarita de Silly: hará la asociación de sacerdotes y mi­sionará sus tierras. El contrato se firma el 17 de abril de 1625 entre Felipe Manuel de Gondi y su esposa Francisca Margarita de Silly y su capellán Vicente Depaul.

El fin de esta asociación es «predicar y catequizar cada cinco años las tierras de dicho señor y señora… Caridad que (el Sr. de Gondi) entiende se continúe a perpetuidad» (X, 240). Se ve que la circunstancia que determina el origen y fin de la Congregación son las tierras de los Sres. de Gondi.

Con todo, en la introducción del contrato se da la idea de ser un plan más extenso que misionar las tierras de los Gondi, pues se habla de «aquellos que viven en las ciudades de este reino», de «la pobre gente del campo» en general. Muerta Margarita de Gondi el 23 de junio de 1625, perdura el contrato, pero en los documentos siguientes, se hablará del pobre pueblo del campo como fin de la Congregación, sean de quien sean las tierras. Así, el acta de aprobación del arzobispo de París, el acta de unión de los cuatro primeros misioneros, la bula de erección de la Congregación de la Misión.

El clero del campo

Mientras se extendían por los campos san Vicente se convenció de que los campesinos eran los pobres más necesitados material y espiritualmente y los que estaban peor preparados y hasta en peligro de condenación[7]. Y esta situación no es por falta de clero; el clero abundaba en la campiña. La carrera sacerdotal era un medio de medrar económica y socialmente. Era una de las «salidas» de muchos segundones. San Vicente fue uno de ellos y propone el mismo medio de enriquecerse para uno de sus sobrinos en una carta a su madre el 17 de febrero de 1610 (I, 88-90). Muchas familias procuran tener un miembro eclesiástico como medio de mejorar su posición; generalmente estoseclesiásticos comienzan y muchos también acaban de vicarios en pueblos labrado­res[8]. Por la demarcación de Caen con 170 parroquias había 489 sacerdotes; pueblos de 3.000 habitantes, como Provins y Melun tienen 238 y 213 ecle­siásticos.

Pero la preparación entre el clero de las ciudades y el del campo era tan desigual y las circunstancias culturales tan diversas que la eficacia del aposto­lado era más desigual aún. Un hereje se lo echó en cara a san Vicente: «Se ve a los católicos del campo abandonados a pastores vicio­sos e ignorantes» (XI, 727).

La solución era difícil ya que brotaba de la misma estructura de la sociedad: las clases; y existía un sistema institucionalizado: la «propiedad» efectiva de los beneficios eclesiásticos por las familias nobles o burguesas. Consideraban el estado eclesiástico como una solución para no dividir el patrimonio y colocar a los segundones en una posición desahogada. De ahí que muchísimas parroquias tenían el titular en las ciudades y muchos pueblos tenían por párroco a un niño, que puntualmente enviaba un agente a cobrar los frutos del beneficio.

La cura de almas era frecuente que la llevara el vicario sustituto. El mismo san Vicente puso un vicario en su parroquia de Clichy. En 1629 se subió la porción congrua de los vicarios a 300 libras, pero hasta esa fecha solo tenían 120, algo menos de lo que ganaba un obrero[9],  y para poder vivir tenía que pedir tasas hasta para confesar y dar la comunión o dedicarse a trabajos ajenos a su ministerio. Su vida se asemejaba a la de cualquier labrador, se les unía en las revoluciones y hasta las capitaneaba.

Según Coste, cuando llegó san Vicente a Châtillon encontró seis eclesiás­ticos, cuya vida no tenía nada de sacerdotal (SVP., p. 57). En general tres de­fectos afectaban al clero rural: la ignorancia, la embriaguez y la impureza. El obispo P. Camus dice que «la ignorancia y la mala vida existen sin comparación mucho más entre el clero del campo que en el de la ciudad»[10].

Son los defectos o vicios que hacen resaltar todos los obispos de la época. Cansa leer tanto sobre el mismo asunto a Richelieu, a san Juan Eudes, cuando asegura que algunos sacerdotes hacían profesión de dedicarse a condenar las almas, a Bourdoise, a san Francisco de Sales en los sínodos de su diócesis. Lo peor es que los mismos sacerdotes no querían oír hablar de reforma. Descaradamente viven con mujeres en la misma casa conservando con ellos los hijos que han tenido, les hacen servir como clérigos en el altar, les casan y les dan dote. No es extraño que un canon del concilio de Aix-­en-Provence (1525) prohíba a los clérigos tener en casa a sus hijos ilegítimos.

Un obispo se desahogaba con san Vicente: La pastoral en mi diócesis no tiene fruto «por el gran número inexplicable de sacerdotes ignorantes y viciosos que com­ponen mi clero, a los que no puedo corregir ni con palabras ni con ejemplos. Me causa horror pensar que en mi diócesis hay casi siete mil sacerdotes bo­rrachos o impúdicos que todos los días suben al altar sin pizca de vocación» (II, 358). Este fue el motivo principal que le empujó a aceptar la proposición de la Sra. de Gondi, y a universalizar después la Congregación de la Misión (XI. 95, 327, 387, 700).

Por ello se encarga no sólo de los Ordenandos y de las Conferencias de los martes, sino también de los Seminarios, como remedio permanente; y pone la instrucción de los clérigos como uno de los fines de la Misión (Re­glas Comunes, 1) «a fin de lograr que los sacerdotes estén bien instruidos en las cosas necesarias a su condición, como es el saber decir la fórmula de la absolución, y las otras cosas absolutamente necesarias para el uso de los sacramentos de la Iglesia» (XI, 95). Al final de su vida, cuando su espiritualidad evangélica está ya bien de­finida, añade otros motivos, como es la imitación de Cristo (XI, 323s, 381s).

Ejercicios a Ordenandos

“Por eso, viendo (el obispo de Beauvais) con qué abundancia Dios había comunicado su espíritu al Sr. Vicente para proveer a las necesidades espirituales de su pueblo por medio de las misiones… y por las Cofradías de la Caridad, también organizadas por él, pensó que el Sr. Vicente no tendría menos luces ni menos gracia para ayudarle a mejorar su clero. Como apreciaba mucho su virtud y tenía particular confianza en su caridad, frecuentemente le abría el corazón y le declaraba las dificultades que sufría a este respecto. Lo llamaba a menudo a Beauvais, o también, iba a visitarlo a París para pensar en los medios y remedios más convenientes y más eficaces. Un día, entre otros, el buen prelado preguntó al Sr. Vicente qué se podría hacer para poner algún remedio a los desarreglos de su clero y reformarlo. El sabio y experimentado misionero le respondió, que era casi imposible reformar y enderezar a los malos sacerdotes ya inveterados en sus vicios, y a los párrocos de vida desordenada que se habían desorientado en su conducta. Pero que, para trabajar con esperanza de fruto en la reforma del clero, era necesario ir a la raíz del mal para aplicar allí el remedio y que como no se podía, sino con mucha dificultad, convertir y cambiar a los sacerdotes ya mayores, era preciso esforzarse en formar buenos en el futuro. En primer lugar, habría que tomar la resolución de no admitir a los órdenes, sino a los que tuvieran la ciencia requerida y demás señales de verdadera vocación. En segundo lugar, habría que trabajar en los que quisiera admitir para hacerlos capaces de sus obligaciones, y obligarles a obtener el espíritu eclesiástico: con ellos se podría después ir dotando a las parroquias.

Al Sr. de Beauvais le gustó mucho la sugerencia, y un día, yendo de viaje y llevando consigo al Sr. Vicente en su carroza, el mes de julio del año 1628, quedó el buen prelado por algún tiempo con los ojos cerrados, sin hablar, meditando alguna cosa en su mente. Y los que lo acompañaban se quedaron callados, pensando que dormitaba. Abrió los ojos el Sr. Obispo y les dijo que no estaba dormido, sino que acababa de pensar en cuál sería el medio más breve y más seguro para educar y preparar a los aspirantes a los Santos Ordenes; y que le había parecido que sería hacerles venir a su casa y alojarlos en ella varios días. Durante ellos se les haría practicar algunos actos convenientes para informarles de las cosas que debían saber y de las virtudes que debían practicar. Entonces el Sr. Vicente, que ya por entonces le había sugerido la necesidad de la preparación, aprobó totalmente el dicho proyecto, y elevando la voz le dijo: «¡Monseñor! Ese pensamiento es de Dios: he ahí un excelente medio para reformar poco a poco el clero de su diócesis». Y con eso le alentó cada vez más a comenzar tan santa tarea. El virtuoso prelado se resolvió entonces a ponerla en ejecución, y al separarse del Sr. Vicente, le dijo que iba a poner todo en ejecución con ese fin, rogándole que pensara en las materias propias para los que se iban a presentar a los Órdenes, y que pusiera por escrito la distribución del día que debía observarse durante el retiro. También le convidó a volver a Beauvais quince o veinte días antes de la próxima ordenación (iba a ser en el mes de septiembre inmediato). El Sr. Vicente hizo lo que le había mandado el Prelado: «Estaba más seguro ­como él decía­ de que Dios le pedía aquel servicio por haberlo sabido de la boca de un obispo, que si se lo hubiera revelado un ángel». Cuando llegó a Beauvais el Sr. Obispo, después de examinados los ordenandos, dio comienzo a los Ejercicios. Y las charlas, según el proyecto, fueron continuadas hasta el día de la ordenación por el Sr. Vicente y por los Sres. Messier y Duchesne, doctores de la facultad de París con el mismo orden que se ha seguido posteriormente, y que aún hoy sigue. Concretamente, el Sr. Vicente explicó el Decálogo a los ordenandos; y lo hizo de una forma tan clara y, en conjunto, tan emotiva y tan eficaz, que los oyentes quisieron hacer con él la confesión general; y hasta el mismo Sr. Duchesne, doctor, que también daba algunas charlas, quedó tan conmovido que también él hizo confesión general (Abelly, l. I, cp. 25, p. 125s; I, 128-131).

P. Benito Martínez, CM

Notas:

[1] Pienso que Coste se equivoca, al decir que San Vicente se refería al pueblo de Montgaillard, “cerca de Saint-Sever a cincuenta kilómetros de Pouy”, PIERRE COSTE, El Gran Santo del Gran Siglo. El Señor Vicente. 3 tomos. Salamanca, CEME, 1990-2. 

[2]Luis ABELLY, Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl, Fundador y primer Superior General de la Congregación de la Misión, CEME, Salamanca 1994, lib. III, cap. XI, p. 162.

[3] ABELLY, o. c. Lib. III, cap. XIX, p. 745.

[4] Ved Benito Martínez, C.M. “La santidad en san Vicente de Paúl” en Urgencias pastorales de la Familia Vicenciana. XXXII Semana de Estudios Vicencianos, CEME, Salamanca 2007, pág. 15-54.

[5] X, 239-244, 303, 307; XI, 323s, 387.

[6] XI, 95; XI, 326s, 698s, ABELLY, 1. I, cap. VIII.

[7] XI. 95, 327, 387, 700…

[8] Cf. Mlle. J. FERTÉ, La vie religieuse dans les campagnes parisiennes (1622-1695), Paris, Vrin, 1962; Robert SAUZET, Les visites pastorales dans la diocèse de Chartres pendant la première moitié du XVII° siècle (tesis defendida en 1970); Paul BROUTIN, La réforme pas­toral en France au XVII° siècle, Tournai, Desclée and Co., 2 vol., 1956; Emile MIREAUX, Une province française au temps du Grand Roi. La Vrie, Paris, Hachette, 1958.

[9] Jacques ELLUL, Histoire des Institutions, tome II, Paris, P.U.F. 1956, p. 505.

[10] Citado por G. FAGNIEZ, La Renaissance catholique et la dévotion féminine dans la première moitié du XVII siècle, en «Revue des questions historiques», 1924, p. 308 ; Paul BROUTIN, o. c. vol. I, p. 31

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