¿Qué tienen en común el carisma vicenciano y el Concilio Vaticano II? Empoderar a los laicos para compartir la misión de Cristo. Lumen Gentium, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, declara que es nuestra responsabilidad como bautizados el ejercer la llamada recibida en nuestro bautismo a ser sacerdotes, profetas e hijos del reino de Dios. Cada uno de nosotros tiene el encargo de responder a la misión del Evangelio en virtud de nuestro bautismo. En ese mismo espíritu y de manera similar, el carisma vicenciano afirma esta misión. Thomas McKenna, en su libro “Orando con Vicente de Paúl”, dice: “Dios se encuentra en el acto mismo de compartir el Evangelio. Al evangelizar, Dios nos envía la energía y el poder de la gracia. Al dar, el evangelizador es evangelizado” (p. 54). MISEVI es el resultado directo de esta conexión con la misión. Como rama de la Familia Vicenciana, MISEVI (MIsioneros SEglares VIcencianos) nació en España y ahora está activa en once países, con otros países en proceso de crear estatutos para la participación activa.

Los documentos del Vaticano II nos llaman a la santidad y a la misión. Como laicos vicencianos, MISEVI está respondiendo a esa llamada. “Los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. […] e este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (Lumen Gentium. capítulo IV, 34). Es reconfortante presenciar estos santos actos realizados por misioneros laicos de todo el mundo. Tal es el trabajo de los misioneros Virginia, Cristina y Guillermina, quienes, como participantes de MISEVI de España, desarrollan iniciativas en Angola que permiten mejorar la calidad de vida de las personas y las comunidades locales (https://www.MISEVI.es/mision-angola/). Hay cientos de otros miembros de MISEVI en 4 continentes que también consagran el mundo a Dios. Lumen Gentium continúa diciendo: “Por ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría” (Capítulo IV, 35). Vicente y Luisa animaron la participación de los laicos en la vida de la iglesia y los apoyaron mediante la organización de grupos a los que podían pertenecer. Pienso que se adelantaron a su tiempo al reconocer que todos estamos llamados a responder al Evangelio; todos, religiosos y laicos, están llamados a la santidad. MISEVI se esfuerza por apoyar esta búsqueda de sabiduría a través de un proceso de formación que prepara a las personas para comprender las virtudes vicencianas: la humildad, el celo, la sencillez, la mortificación y la mansedumbre.

Este camino vicenciano es la misión de Jesucristo, y durante siglos, gran parte del trabajo de la misión de la Iglesia se vio limitado a las comunidades religiosas y a los clérigos. Pero el Concilio Vaticano II (y Viecent y Luisa) nos recuerdan que, por la naturaleza de nuestro bautismo, todos estamos llamados a esa misma misión. “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria” (Lumen Gentium, capítulo V, 41). Cuando los misioneros laicos se encuentran con Cristo en el pobre, experimentan una transformación que es vital para la misión. Cuando los misioneros laicos se encuentran con aquellos que están marginados, aprenden a acoger esa experiencia y a encontrar a los demás con ojos nuevos. Lynne compartió esta reflexión después de completar un año con los Voluntarios Vicencianos de Colorado (CVV), parte de MISEVI– EE. UU:

Gracias por inspirarme y ayudarme a descubrir tantas cosas sobre los pobres y lo que tienen que enseñarnos. Entre las cosas que aprendí durante nuestra peregrinación fronteriza (peregrinación anual a El Paso, Texas y Juárez, México) y de nuestras reflexiones semanales, está que se nos pide que nos abramos a estos encuentros genuinos con los otros, sin importar cuán heridos, sucios o diferentes puedan aparecer. Espero acercarme a las personas marginadas en este mundo con dignidad y humildad, sin pensar que soy la persona que necesita y “ayudar”. Porque cuando crucé la carretera en febrero pasado con CVV, con ninguna otra intención más que escuchar, aprender y estar presente, tuve los encuentros más reales posibles. Vale la pena la incomodidad y el temor que surgen al atravesar los límites, las percepciones y las divisiones que hemos construido en nuestras mentes y en nuestra sociedad, ya que creo que, a través de estos encuentros auténticos, la verdadera gracia y la transformación se pueden compartir.

El Concilio Vaticano II y el carisma vicenciano nos desafían como laicos a vivir la misión del Evangelio. Las Constituciones y los Estatutos de la Congregación de la Misión tienen características que se relacionan directamente con esta experiencia transformadora: “disposición para ir a cualquier parte del mundo y esforzarse por vivir en un estado de conversión continua, tanto por parte de cada miembro individual como de la parte de toda la Congregación” (p. 32-33). MISEVI crea una red colaborativa que apoya esa vida como personas de misión, algunas llendo a cualquier parte del mundo y otras compartiendo el Evangelio en sus países de origen. MISEVI también espera continuar creciendo, expandiéndose a nuevos países, fundamentando el trabajo que ya están realizando los laicos vicencianos, ofreciendo apoyo y desafío a los misioneros laicos que comparten el carisma vicenciano.

Porque “el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”  (Lumen Gentium, capítulo IV, 36).

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