1 Jn 5, 5-13; Sal 147; Lc 5, 12-16.

“Señor, si quieres puedes limpiarme”.

Este leproso del evangelio de hoy tenía una primera ventaja sobre muchos de nosotros: se sabía enfermo y no disfrazaba su enfermedad. Y una segunda ventaja: no culpaba a los demás de su enfermedad, ni a los suyos ni a la sociedad. Y una tercera ventaja: él sabía que no podía curarse a sí mismo, que necesitaba del Señor. Y una cuarta ventaja: confiaba en la capacidad y en la bondad misericordiosa de Jesús. Por eso se le acerca y le dice: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Casi parecen las precisas condiciones para una buena confesión o reconciliación. ¿Qué hizo Jesús ante él y su petición? “Extendió la mano y lo tocó”, hizo con él como unos signos sacramentales, y después le dio la absolución o sanación: “Quiero, queda limpio”. Después le pidió que “hiciera la ofrenda por su purificación” y que no lo dijera a nadie (Mc 1, 44). Pero él –añade Marcos– se puso a pregonar con entusiasmo la noticia de su curación.

Si hemos sido sanados y perdonados, ¿cómo no dar gracias, cómo callar la misericordia de Dios realizada por Jesús? ¿Cómo no dar testimonio de Jesús entre los demás?

Fuente: “Evangelio y Vida”, comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, cm

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