No tardes en convertirte al Señor,
ni lo dejes de un día para otro,
porque de repente la ira del Señor se enciende,
y el día del castigo perecerás
(Eclo 5, 7).

Es el profeta, o más bien es Dios mismo, quien hoy les habla por mi boca y les dirige estas palabras. Sí, conviértanse mientras aún tengan tiempo, por temor de que no lo puedan hacer cuando quieran. No van a encontrar mejor ocasión para volver a la santa doctrina del Señor que la de estos preciosos días de retiro.

Necesitados de marchar por los senderos de Dios y de apresurarse a volver a ellos, si tuvieron la desgracia de alejarse, voy a compartir con ustedes dos reflexiones.

¿Qué es la ley del Cristo? Es una ley de amor y de caridad, que civilizó el mundo. Comparen lo que era el mundo antes de Cristo y lo que fue después. Esta ley santa es el más grande beneficio que han recibido las criaturas del Creador. Jesucristo mismo se la dio al mundo, y fue sellada por su sangre y por la sangre de todos los mártires; le debemos nuestro homenaje y nuestra obediencia, como debemos nuestra adoración a su divino autor. Dios quiere que la sigamos y, por un privilegio singular de su divina gracia, podemos ser felices, incluso aquí en la tierra, al seguirla. ¡Oh, jóvenes, aprended, pues, a amar el yugo del Señor!; es fácil de llevar, está lleno de dulzura. Esta ley divina les enseñará todos sus deberes; les enseñará a llevar a su cumplimiento todas las esperanzas que su familia y su patria han puesto en ustedes.

¿Podríamos acaso esperar algún tiempo para volver a Dios? Pero, ¿qué momento puede ser más propicio que estos santos días de oración y de bendición? Ustedes lo saben, el futuro es incierto; mil circunstancias imprevistas pueden sorprenderles y quitarles los medios para volver a Dios. ¿Hay algo más incierto que la vida? ¿Quién puede contar con el día siguiente? Os guardaréis mucho de eludir con artimañas el importante asunto de vuestra salvación. Por otra parte, nunca olviden que el deseo de conversión es una gracia que Dios no siempre concede. Si ustedes tuviesen la desdicha de engañar a las gracias que hoy se les ofrecen, preocúpense de que no puedan obtenerlas cuando las reclamen. Si no quieren convertirse cuando pueden, ya no podrán cuando quieran. Es el castigo que Dios a menudo inflige a los que ignoran las gracias que les ofrece. Sí, sin duda, la misericordia de Dios es grande; pero su justicia también es infinita. No parece que su gloria y el orden del mundo les estén pidiendo que rechacen una gracia de la que el pecador se sabe indigno, cerrando el oído a todas sus demandas.

Jóvenes cristianos, vuélvanse al Señor, que les llama a través de su ministro. Cuán grande será nuestro dolor si, mientras que vemos a tantos pecadores volver a los senderos de la salvación, nosotros rechazamos este consuelo. Preparándose para ser buenos cristianos durante toda la vida, se dispondrán a ser buenos ciudadanos y a comportarse honradamente en cualquier carrera a la que sean llamados.

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Federico Ozanam, Lyon, marzo de 1826. Cf. Urbain Legelay. Étude biographique sur Ozanam. París: Lecoffre, 1854, pp. 139-141.

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Reflexión:

  1. Aunque sea un poco largo, no he querido condensar este texto de Federico. Es uno de los textos más tempranos que se conservan de él: tan solo tenía doce años cuando lo escribió. Anteriores a este texto solo se conservan tres pequeñas felicitaciones, dirigidas a su padre en su onomástica o cumpleaños.
  2. Además, de su infancia y adolescencia apenas se conservan un puñado de escritos, principalmente poemas en latín, textos publicados en el periódico escolar de Lyon L’Abeille française y breves cartas a sus padres.
  3. Ozanam hace la Primera Comunión el 11 de mayo de 1826. Previo a ella realiza, junto con sus compañeros, un retiro de preparación, dirigido por el abate Donnet. El predicador desarrolla el tema de la conversión, sermones que Federico sigue con atención y fervor, y sobre los que más tarde escribe este artículo.
  4. El estilo de este texto, evidentemente, dista mucho de los que más tarde encontraremos en la reflexión adulta de Federico, volcado de palabra y de obra en su labor de defensa de los pobres y las clases más desprotegidas de la sociedad francesa (los obreros, por ejemplo) y de la fundamental labor de la iglesia como constructora de la civilización occidental. Pero es importante que veamos en este primitivo texto de Ozanam la pasión que conservaría durante toda su vida al defender sus convicciones. Su lenguaje puede sonar altisonante, engolado, incluso demasiado severo en algunos momentos; al analizar este y cualquier otro texto, no nos hemos de olvidar de su «contexto», que lo ilumina y le da su plena significación.
  5. Vamos a desgranar algunos pensamientos que aparecen en este texto de un muchacho (no lo olvidemos) de solo 12 años:
    1. La ley de Cristo «es una ley de amor y caridad». El mensaje evangélico tiene su culmen y centro en el doble mandamiento en el que Jesucristo condensaba «la ley y los profetas». Cuando le preguntan: «¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22, 36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Pero para un cristiano la medida del amor ya no será el amor a uno mismo, sino el amor mismo de Jesucristo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Vosotros debéis amaros unos a otros como yo os he amado« (Jn 13, 34).
    2. La ley de Cristo «civilizó el mundo». Una de las obsesiones de Federico Ozanam a lo largo de toda su vida fue mostrar el papel tan importante que la Iglesia Católica realizó en la construcción de la civilización moderna. Escribió varios libros al respecto e incluso en sus clases en la universidad de La Sorbona el asunto aparecía con mucha regularidad. Leemos a un distinguido historiador moderno decir que «la civilización occidental debe a la Iglesia católica mucho más de lo que la mayoría de la gente, incluidos los católicos, tiende a pensar. Lo cierto es que la Iglesia construyó la civilización occidental. Naturalmente que la civilización occidental no tiene su origen sólo en el catolicismo; no puede negarse la importancia de Grecia y de Roma, o de las distintas tribus germánicas […]. Sin embargo, lejos de repudiar estas tradiciones, la Iglesia las ha asimilado y ha aprendido lo mejor de todas ellas. Sorprende así que la sustantiva y esencial aportación católica haya pasado relativamente inadvertida en la cultura popular» (Thomas E. Woods, Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, capítulo 1).
    3. «Si no quieren convertirse cuando pueden, ya no podrán cuando quieran. […] Sí, sin duda, la misericordia de Dios es grande; pero su justicia también es infinita. […] Jóvenes cristianos, vuélvanse al Señor, que les llama a través de su ministro. Cuán grande será nuestro dolor si, mientras que vemos a tantos pecadores volver a los senderos de la salvación, nosotros rechazamos este consuelo». En el contexto de unos ejercicios espirituales de preparación para recibir la Primera Comunión, Federico exhorta a sus compañeros a acercarse al Sacramento de la Reconciliación con unas maneras muy al uso de su tiempo: podemos intuir la predicación del abate trató sobre los novísimos (el cielo, la muerte, el purgatorio…), pues eran temas que también formaban parte del núcleo de predicación en las misiones. Los tiempos han cambiado y las formas en la predicación también se han adaptado. Ya no es la amenaza con el castigo lo que se resalta en las predicaciones, sino más bien el amor misericordioso de un Dios que nos sigue esperando y nos llama a construir su Reino. Pero la llamada a la conversión sigue siendo la misma: Dios es el Padre que espera, al igual que en la parábola, que su hijo regrese, para recibirle con los brazos abiertos (Lc 15, 11-32). El padre del hijo pródigo no le preguntó sobre su pasado: sencillamente lo abrazó, vio su corazón arrepentido y humilde, y le acogió con alegría y fiesta. En el Sacramento de la Reconciliación reconocemos, personal y comunitariamente, que aún nos encontramos en camino y que muchas veces caemos, pero que Dios siempre está dispuesto a ayudarnos a levantar… «porque es eterna su misericordia» (Salmo 135).
    4. «Preparándose para ser buenos cristianos durante toda la vida, se dispondrán a ser buenos ciudadanos y a comportarse honradamente en cualquier carrera a la que sean llamados». Federico lo tenía claro: siendo buenos cristianos, seremos buenos ciudadanos. El verdadero creyente vive valores positivos y mayoritariamente compartidos por todos los miembros de la sociedad, sea cual sea su credo. Por eso, es absolutamente indeseable que un cristiano no cumpla sus deberes sociales e incluso vaya más allá de ellos. Pongamos un ejemplo revelador, de los muchos que se podrían poner: un empresario cristiano será generoso, pagará adecuadamente a sus empleados, y no solo se conformará con cumplir con el salario mínimo. Si no lo hiciera, no sería buen cristiano.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Qué otras ideas resaltaríamos del texto de Federico? ¿Siguen siendo válidas en nuestra sociedad del siglo XXI?
  2. ¿Qué valor tienen en mi vida los sacramentos, en particular el Sacramento de la Reconciliación?
  3. ¿Que importancia tiene la presencia de los cristianos en la sociedad? Dicho de otra manera: ¿se nos considera buenos ciudadanos? ¿Lo somos? ¿Podríamos ser mejores?
  4. Podemos comentar el último ejemplo que aparece en la reflexión: «un empresario cristiano será generoso, pagará adecuadamente a sus empleados, y no solo se conformará con cumplir con el salario mínimo. Si no lo hiciera, no sería buen cristiano«. ¿Estamos de acuerdo? ¿Se nos ocurren otros ejemplos de cómo un cristiano debe cumplir —e ir más allá— de las obligaciones morales y sociales?

Javier F. Chento
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