En la década de 1990, tuve el privilegio de servir siendo parte de un equipo pastoral de la diócesis de Quiché en Guatemala. Estuvimos presentes ante familias indígenas resilientes y llenas de fe que experimentaron 30 años de violenta represión por parte de su gobierno y 10 años de seguridad y educación en campos de refugiados en el sur de México. Acompañados por las Naciones Unidas, las iglesias y muchas organizaciones, los líderes, hombres y mujeres, y catequistas dirigieron a las comunidades en su distribución de tierras y recursos, construyeron escuelas y clínicas, crearon sistemas de agua, etc. Ellos compartieron con reservas sus historias de opresión. pues preferían celebrar las nuevas vidas que estaban construyendo en común. Mi corazón vicenciano se dulcificó.

Hoy, las familias de Honduras, El Salvador y Guatemala, impulsadas por la violencia, la pobreza, los gobiernos incompetentes, la falta de seguridad y las pandillas brutales, llegan a diario a los cruces fronterizos. La hermana Alicia Margarita, Visitadora de México, informa que los migrantes en la caravana han sido protegidos, alimentados, vestidos y transportados por muchos grupos en la Ciudad de México.

En El Paso, Texas, las familias migrantes (por delante de la caravana) continúan cruzando diariamente y solicitan asilo. Actualmente, pasan de 8 a 10 días en los centros de detención en condiciones deplorables. Rubén García, director de la Casa de Anunciación, compartió la historia de una mujer embarazada que fue llevada al hospital encadenada, para dar a luz a su hijo. El bebé era frágil y la madre fue llevada de vuelta a prisión, encadenada. Mi corazón vicenciano se rompe.

Por lo general, al salir de la detención, los migrantes, equipados con monitores electrónicos en sus tobillos, reciben documentos que describen las fechas de su situación ante la Corte, dondequiera que vayan. Las familias son llevadas en autobús a uno de los muchos refugios donde los voluntarios ofrecen atención médica, comida, ropa, refugio y acompañamiento a la estación de autobuses o al aeropuerto. Estas familias están llegando a los Estados Unidos, trayendo su fe, habilidades, valores familiares, entusiasmo por la vida y sentido de comunidad. Esperan el cuidado de la salud, las escuelas, el asesoramiento, las iglesias y los vecinos para que los acompañen donde vivimos. Mi corazón vicentino se rompe.

Sor Julie Cutter es Hija de la Caridad y reside en St. Louis, MO.

Nota del editor:  Este es un grupo de miembros de la Familia Vicenciana que se reúnen regularmente a solicitud de los líderes de sus respectivas ramas. Sus reflexiones no representan la política de la Familia Vicenciana, pero se comparten para estimular nuestra reflexión y acción. Los comentarios son muy apreciados.

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