El título más hermoso de la Iglesia a los derechos que reclama es el ministerio de caridad que practica. Mientras que la mayor parte de los seres humanos se ve dominada por la preocupación del bienestar personal, por el interés por la alimentación y el placer del día de mañana, solo la Iglesia se ocupa desinteresadamente de las necesidades ajenas, solo ella vela por la satisfacción de las necesidades de los individuos que no serían capaces de satisfacerlas ellos mismos, por la conservación de los intereses generales dejados de lado por el egoísmo de todos.

La antigüedad, de entre todas las obras de beneficencia, solo conoció una, la de la hospitalidad; pero aun esta no era en la antigüedad más que un intercambio de derechos y deberes, un verdadero acto de comercio. La Iglesia ejercerá la hospitalidad bajo una nueva forma, sin buscar la compensación; se sentía feliz en ofrecerla a todas las clases de miserias, de sufrimientos; construirá para ella palacios soberbios, a los que dará un nombre que reflejaba la nobleza de su sentir: Hôtels-Dieu [en francés, «residencia de Dios«, hospitales que acogían a huérfanos, indingentes y peregrinos, fundados por la Iglesia (n. del T.)].

En los tiempos del reinado absoluto de la fuerza, la Iglesia acogerá a la ciencia exiliada, y no solo le dará en sus monasterios un lugar de descanso, sino que le preparará escuelas y universidades, como teatros, para que reapareciera gloriosa en medio de aquellos que la habían menospreciado.

La Iglesia extenderá sobre las artes un patronazgo aún más generoso, y les daría en sus templos un lugar que jamás habían tenido en los palacios de los reyes; ella conseguiría atraer la atención no de algunos hombres orgullosos y corrompidos, sino de la muchedumbre creyente y entusiasta; y al mismo tiempo proporcionaría a la multitud creyente, al pueblo pobre abrumado por la fatiga y  el trabajo menospreciado, unos gozos cuya grandeza y pureza nada podría igualar.

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Federico Ozanam, Los bienes de la Iglesia, en Œuvres complètes, tomo VIII, capítulo primero.

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Reflexión:

  1. Una eterna polémica: los bienes de la Iglesia; lo fue en tiempos antiguos, en tiempos de Federico y sigue siéndolo en nuestra época actual. Federico dedicó una obrita a este asunto, defendiendo, desde el primer momento, que los bienes de la Iglesia no son «para ella», sino que están al servicio de los necesitados y de la humanidad entera.
  2. No hay absolutamente nada más importante para la Iglesia que la caridad. «Caritas», el amor, es el mandamiento supremo, que se concreta en obras: si no fuese así, estaría muerto, como nos dijo san Vicente de Paúl. La caridad —el amor— nos impulsa hacia afuera de nosotros mismos y al encuentro de los demás, en primer lugar de los empobrecidos, para sanar sus heridas y satisfacer sus necesidades. El Reino de Dios es un reino de servidores, que sigue el ejemplo del Rey que se hizo servidor de todos: así se construye Su Reino. Es un movimiento contrario al que habitualmente vemos en el mundo. La caridad cristiana es diametralmente opuesta al egoísmo personal, pues este no se preocupa más que por satisfacer las necesidades personales. La caridad construye la comunidad y nos enseña que estamos vinculados, que no somos islas, que dependemos los unos de los otros para hacer realidad el proyecto de Dios. Cuando los católicos decimos que la salvación tiene un componente comunitario, estamos reconociendo, precisamente, que no nos salvamos individualmente, y que el amor es relacional, que el mandato primero de amar a Dios y a los hombres solo se puede cumplir sirviendo.
  3. Ozanam pone el ejemplo de los hospitales que acogían a los pobres en su tiempo: hasta su mismo nombre, «Hôtel-Dieu», la residencia de Dios, esconde una profunda teología que nos habla del ser de Dios que se manifiesta en los más desvalidos. Esos hospitales son residencia de Dios porque son residencia de sus criaturas preferidas: los necesitados.
  4. La labor civilizadora de la Iglesia a lo largo de la historia está presente en muchísimos escritos de Federico. Fue para él casi una obsesión el mostrar que la civilización moderna se había construido gracias a la presencia de una Iglesia que preservó las ciencias y las artes en momentos oscuros, animó su florecimiento e instauró lugares (escuelas, universidades…) donde se pudiese enseñar y difundir: «Amar es enseñar».
  5. La Iglesia preserva un importante número de obras artísticas de toda clase, que son patrimonio de toda la Humanidad. Hay quien acusa diciendo que esta riqueza es el reflejo de la supuesta riqueza de la Iglesia. Federico las pone al servicio del pueblo: ahí es donde cobran su auténtico significado.
  6. En definitiva, solo podemos decir lo que tantos santos Padres y testigos de la fe, antes que nosotros, ya dijeron: la auténtica riqueza de la Iglesia son los pobres, y la caridad es la mayor obra que la engalana. Las demás cosas son circunstanciales y accesorias, pero el amor no pasará jamás, nos recuerda san Pablo en 1 Cor 13 4-8.

Cuestiones para el diálogo:

  1. Podemos releer en común el pasaje de 1 Corintios que se menciona, y compartir nuestras impresiones sobre él.
  2. ¿Estoy convencido que lo primero y más importante es la caridad, y sin ella nada tiene sentido?
  3. ¿Estoy convencido que los pobres son los preferidos de Dios, que ellos son el corazón de la Iglesia?
  4. ¿Cómo vivimos nuestra fe en comunidad? ¿En qué podríamos mejorar? ¿Hacemos comunidad con los necesitados?

Javier F. Chento
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