Convertíos

Los personajes centrales en el adviento son Juan Bautista, durante las dos prime­ras semanas, y María, en las dos últimas. Cada uno expone un motivo para la conversión. El grito del Bautista: «Preparad los caminos del Señor», es en una invitación a la conversión, porque ha llegado una etapa nueva que exige cambiar la sociedad por otra más justa y pacífica, llamada Reino de Dios. Juan proclama que será Jesús quien traiga este Reino de Dios. La conversión lleva a cambiar la mente y la voluntad para sustituir el corazón de piedra por otro de carne que tenga en cuenta los intereses de los pobres.

Para María el Reino de los Cielos se identifica con los tiempos mesiánicos que había anunciado el profeta Isaías y que iniciará el Hijo que lleva en sus entrañas. Si Juan insistía en instau­rar el Reino de Dios en la vida personal, María añade implantarlo en la sociedad para que los hombres vivan la justicia, el amor y la paz, y las riquezas se distribuyan también entre los pobres. Los tiempos mesiánicos piden cambiar las estructuras que dominan el ambiente social, y la conversión estimula a cambiar esta sociedad que Juan Pablo II llamó sociedad de pecado.

Para la sociedad secular lo único que vale es la productividad, aunque haya que abandonar a viejos y enfermos y a los que no producen; la conversión, sin embargo, pide que hagamos útiles a los débiles, por ser todos hermanos. Para la sociedad cada uno debe preocuparse de uno mismo, conver­sión pide ser solidarios. La sociedad anima a gozar los placeres rápidos, breves y frecuentes, mien­tras que la conversión declara que sin sacrificio todo se hunde. La sociedad da a los adinerados el poder y allana el camino a la corrupción de jueces, mientras que la con­versión defiende a los pobres. Las estructuras de pecado social llevan a buscar la utilidad, mientras que la conversión exige valorar y hacer útiles también a los menos capacitados. La sociedad exhorta a dominar, mientras que la conversión exige la igualdad de todos. La sociedad anima a gozar de las comodidades del mundo. Sin embargo, la conversión, tal como lo pide el Señor, cuesta y sin sacrificio no hay Reino de Dios. Así comienza la paz del Reino de Dios y de los tiempos mesiánicos donde el cordero y el león, el niño y la víbora jueguen juntos. Si se trabaja por una sociedad compasiva, se podrá decir que los tiempos mesiánicos ya se han ini­ciado con el nacimiento de Jesús en Belén el día de Navidad.

Juan llevaba un vestido… y se alimentaba…

Juan Bautista señala la dureza de la conversión en su forma de vestir, alimentarse y venir del desierto. El modelo de vida que sigue a la conversión es duro e implica sacrificios. Siempre que Jesús habla de conversión, habla de sacrificarse: “Los pájaros tienen… El Hijo del Hombre no ha venido… Dejar padre y madre… No llevéis…” El cambio de vida que pide Juan Bautista exige sacrificio. La falta de sacrificio ha traído una sociedad moderna que llamamos light, con personas huecas y ligeras; acaso se las tome por personas di­vertidas, pero vacías de valores, incapaces de reflexionar sobre su vida. Es ahí donde cada Hermana tiene que poner la conversión, porque, al profundizar en la vida que lleva, descubre que tiene deseos de cambiar, pero se queda en deseos. Hay que interrogarse por qué se vive de esa manera y descubrir lo que un siquiatra escribe sobre la sociedad actual: “la abundancia, tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual… Sus modelos no tienen ideales: son vidas co­nocidas por su nivel económico y social, pero rotas, sin atractivo para echar a volar y superarse uno a sí mismo. Gente repleta de todo, ahíta, llena de cosas, pero sin brúju­la” (Enrique Rojas).

Juan se presenta ante los judíos proponiéndoles un bautismo de con­versión que limpiaba el pecado por la purificación y seguía la renovación de hacer nueva una vida que estaba desgastada. Era una renovación de la vida práctica. Era una renovación de una vez para siempre, con resolución firme de cambiar el corazón de piedra por otro de carne. La persona convertida será un árbol con las mismas raíces, el mismo tronco y las mismas ramas, pero ahora da fruto que pueden comer todos los pobres. Jesús comienza su misión, proclamando la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).  

Convertirte DE algo

Jesús presenta el modelo del Hijo Pródigo o del Padre que espera. En medio de su fracaso el hijo examina su pasado, lo ve lleno de maldades y lo detesta, se arrepiente DE todo lo malo que ha hecho: “y entrando en sí mismo se dijo” (Lc 15, 11-32). Pero no se convierte por la ofensa hecha a su padre. Se convierte para vivir mejor. Más que arrepentimiento es un remordimiento de culpabilidad, que le entristece, al ver el fracaso humillante en el que ha caído. Mientras que el arrepentimiento tiene en cuenta a Dios, que no ha correspondido a la elección que había hecho de él para una misión y le crea una conciencia de pecado que le empuja a dolerse de no haber seguido a Jesús. Es el cambio de mente. Arrepentirse no es aún conversión, sino el umbral de la conversión. La Hija de la Caridad añade volver a una vida sacrificada por los pobres.

Es el sentido que encontramos en san Vicente y santa Luisa cuando dicen que el pueblo y tales personas se convirtieron con ocasión de unas misiones o de un sermón o cuando pedían oraciones para que ellos se convirtieran. Esta conversión no está ausente de nuestra conciencia que busca la seguridad de salvarnos y santificarnos, pero puede confundirse con un esfuerzo humano para garantizar la convivencia entre las Hermanas de comunidad y con los pobres. No es por amor de Dios. Algunos extremistas piden abandonar cualquier diversión sana. Tampoco es conversión a Dios.

Conversión A alguien o a algo

Y el hijo continuó: “me levantaré, iré A mi padre”. Parece una fórmula más que un sentimiento de amor. Pero Jesús animaban a “convertirse a Dios” o al Reino de Dios que ha llegado. No es solo abandonar la vida de pecado; lo que pide la conversión, para vivir el Reino de Dios, es revestirse de otra túnica, de otra piel, como aconseja san Pablo: “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, Cristo, que es todo en todos” (Col 3, 9-10). Cambiar el corazón de piedra por otro de carne, el del amor, hace familiar la frase convertirse a la fe, al catolicismo.

La verdadera conversión no se fija tanto en la vida pasada que abandona, cuanto en la vida nueva que asume y reviste como una piel nueva, tejida con las virtudes infusas de fe, esperanza y caridad. Es la vida cristiana que presenta Jesús a cada uno según la vocación que ha elegido y él la ha aceptado.

A ninguno de nosotros dijo Jesús sígueme, como se lo dijo a los apóstoles o a santa Luisa, aunque esta no comprendiera la llamada que le hacía el Espíritu Santo al salir de la Noche mística. Fue más tarde, al presentarle su director Vicente de Paúl los pobres, cuando ella escuchó al Espíritu decirle ayúdalos. Fue una invitación a abandonar su estilo de vida de una viuda acomodada, para convertirse en la mujer nueva a la que ya no le valían muchos valores personales que tenía como norma inmutable de su vida. La señorita Le Gras necesitaba una conversión A.

La Hija de la Caridad comprende que ya no vale la conversión interesada del hijo pródigo, sino la de amar a los pobres como a ella misma hasta dar la vida por ellos. Debe convertirse al amor. Convertirse al amor es algo de la voluntad, es cobijar al Espíritu de Jesús en lo profundo de sus entrañas maternales para sentirle más que oírle. Convertirse una Hija de la Caridad es vaciarse del espíritu de una misma para llenarse del Espíritu de Jesucristo y sentir el amor, identificándose con él de tal manera que los pobres, cuando la vean acercarse, vean a Cristo y no a una mujer. Esa Hermana se transformado en Cristo.

Convertirse EN Cristo

Y cuando el hijo llega al Padre, este le convierte EN hijo igual al hijo mayor. Es el final de la conversión, es una transformación, una trasmutación en algo, como el hielo se transforma en agua y, por la consagración, el pan y el vino se transmutan en el cuerpo y la sangre de Cristo y, por la conversión, el hombre pecador, en hijo del Padre Dios.

San Vicente decía que para llegar a la santidad había que vaciarse de uno mismo y revestirse del Espíritu de Jesucristo. Y añadía: Nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar del espíritu de Jesucristo para vivir y obrar como vivió nuestro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la compañía y en cada una de las Hermanas, en todas sus obras en general y en cada una en particular (XI, 410). Para las Hijas de la Caridad, convertirse es dejar al Espíritu Santo que ponga en ellas la misma oración que Jesús, su misma confianza en el Padre, su compasión, sus virtudes especialmente la humildad, la sencillez y la caridad.

Revestirse del Espíritu de Jesucristo es más que imitarle o seguirle. Imitar es copiar algo externo, y seguir es ir al lado o detrás de otro. Es ser como Cristo. Mientras que revestirse de su espíritu es transformarse en Cristo, es ser otro Cristo. Es la llamada que hacía la Asamblea General de 2009 de las Hijas de la Caridad: “¡Dejémonos sorprender por el Espíritu que quiere hacer nuevas todas las cosas, que quiere renovar nuestros corazones en profundidad, curar nuestras heridas y las de toda la humanidad!”

Para convertirse en Cristo a una Hija de la Caridad no le vale convertirse a un programa de vida cristiana o a una simple reforma de actitudes y costumbres, ni siquiera, hacer lo que Cristo dijo o hizo. Tiene que experimentar al Espíritu Santo dirigiendo su mente y su voluntad para ver las cosas y quererlas desde Jesucristo.

San Vicente sintetiza el cambio de mente, de voluntad y de actuar, sencillamente en vaciar la mente de la autosuficiencia e intenciones terrenas que impiden pensar como Jesús, y trabajar en revestirnos del Espíritu Santo, incorporarnos a la Humanidad de Jesucristo y transformarnos en otro Cristo. Y así, la conversión para los vicencianos se resume en dejar nuestro modo de pensar, querer y actuar según las máximas del mundo y pensar, amar y vivir según las máximas de Jesucristo (XI. 415-428).

Si el Espíritu Santo transforma la mente y la voluntad, sólo si experimentas que él actúa en tu interior, obrarás por la fuerza del Espíritu de Jesús. Lo importante en la vida espiritual es experimentar, sentir al Espíritu divino, incitando a cambiar las actitudes y a abandonar una vida espiritual mediocre. Doctrina actual, de acuerdo con sistemas modernos que afirman que sólo vale aquello que se experimenta.

Perseverancia y sacrificio

Las conversiones repentinas, como la de san Pablo, no son frecuentes. Durante el proceso de conversión, el Espíritu divino anima a perseverar sin exigirse más de lo que él pide. Nos toca a nosotros discernir lo que el Espíritu nos pide en cada momento, porque si nos exigimos más de lo que podemos, nos exponemos a luchar solos y sin fuerzas. Ello exige sacrificio, lo que se llama ascesis, ese esfuerzo doloroso que se siente, cuando el Espíritu Santo nos empuja a dejar nuestros gustos y seguir a Jesús hasta la cruz. Siempre que el evangelio habla de conversión, habla de abandonar la comodidad: Los pájaros tienen nido… El Hijo del hombre no ha venido a ser servido… Dejar padre y madre… Y si es un proceso largo, hay que poner las mediaciones más apropiadas

Los dos apoyos de la con­versión son confiar en Dios y en el esfuerzo personal. Pero sin pensar que, por haberse entregado a Dios, por pertenecer a la Compañía de las Hijas de la Caridad y servir a los excluidos, por llevar la Medalla Milagrosa o, como decían los judíos, por ser hijos de Abrahán, ya se ha convertido. Porque lo que nos salva es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. 

La conversión, encuentro de Navidad

La conversión durante el adviento conduce al encuentro con Jesús en la fiesta de Navidad. La explosión de gracia y de luz que tiene lugar el día de Navidad es el punto culminante del cambio de vida. En el punto culminante de esta expectación se halla la Virgen María. Todas aquellas esperanzas culminan en ella. Y pensando en ella los padres del décimo concilio de Toledo (656), presidido por san Eugenio y al que asistió también san Ildefonso, instituyeron la fiesta de la Expectación del Parto, ocho días antes de la Navidad, el 18 de diciembre. Fue llamada también “día de Santa María”, y de Nuestra Señora de la O, por empezar las antífonas de las vísperas del 17 al 23 de diciembre con la exclamación que dice María ¡Oh!

Autor: Benito Martínez, CM

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