La Verdad no tiene necesidad de mí, pero yo sí tengo necesidad de ella. La Causa de la ciencia cristiana, la Causa de la fe, está en lo más hondo de las raíces de mi corazón […]. Como ella está amenazada, como las letras son el campo de batalla en el que tiene lugar la querella, como la enseñanza ocupa en ella una gran parte, como París es la ciudad de Francia, y puede que del mundo, en la que parecen decidirse los debates del pensamiento, como la Providencia […] me ha puesto en la brecha, no me retiraré de ella. Aquí se puede hacer un bien que no se podría hacer en ningún otro lugar. Usaré ese poder de la palabra pública con la que se me quiere honrar, me esforzaré por asegurar y prolongar su eficacia reuniendo, dirigiendo a los cristianos jóvenes por el camino de los estudios buenos. También escribiré para no perder en discursos fugitivos lo poco que se me habrá dado para darlo a conocer a los hombres.

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Federico Ozanam, carta a su mujer, del 13 de octubre de 1843.

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Reflexión:

  1. Para poder conocer en profundidad las motivaciones intelectuales de Federico Ozanam, es fundamental la carta larga que dirige a Amélie en octubre de 1843. Repasando en su memoria catorce años de recuerdos, buscaba lo que podía darle luz sobre sus «deberes futuros». La primera inspiración del joven, en 1829, fue la de «consagrarse a la propagación de la verdad», después de «haber tenido la dicha de conocerla en medio de las dudas con las que mi espíritu y los de mis amigos jóvenes habían sufrido tan cruelmente». Unos maestros excelentes, y luego «la hospitalidad del señor Ampère [en su primera época de universitario en París], las conferencias literarias, la Sociedad de San Vicente de Paúl» le ayudaron a conservar su juventud, excitar su inteligencia y animarle en sus estudios.
  2. En 1843 Federico lleva dos años casado con Amélie, trabaja como profesor de Literatura en La Sorbona y parece tener una vida asentada. En la década de 1840 se veía a una corriente de ideas católicas, renovada y rejuvenecida, enfrentarse al racionalismo surgido de las Luces a la francesa. ¿Convenía, ante esta última corriente, responder punto por punto, dejándose inevitablemente arrastrar por la polémica? ¿O era más bien preferible otra forma de actuación: privilegiar la persuasión a largo plazo, y eso en la actividad ordinaria y habitual de la enseñanza? Esta segunda manera fue la escogida por el joven profesor. No excluía tratar de los papas, de los monjes y de los sacerdotes, a propósito de los cuales surgían furiosas controversias, pero lo hacía en las lecciones dedicadas a la civilización entre los germanos, en la literatura italiana, o bien, como en 1846, al tratar de los orígenes de la literatura inglesa cuando aborda en detalle el papel de los monjes irlandeses a partir de Beda el Venerable.
  3. La educación es, pues, el campo donde Federico defiende las bondades del cristianismo, sin provocar enfrentamientos ni hostilidades innecesarias. En una carta del 21 de octubre de 1841 le comenta a su amigo Foisset: «Creo que importa mucho para el bien de la juventud […] que nuestras lecciones no sean vistas por nuestros colegas como provocaciones que exigirían una respuesta, y que si muchos son extraños a la fe, no los convirtamos en enemigos de ella». Federico realmente se preocupa de que los jóvenes universitarios tengan una visión adecuada de la labor de la Iglesia a lo largo de los siglos y en las diferentes culturas y civilizaciones, sin caer en fanatismos banales.
  4. Federico se pone al servicio de la Verdad, al servicio de la evangelización, allí donde sus capacidades le han dispuesto a trabajar.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Estamos dando una educación cristiana adecuada a nuestros niños y jóvenes?
  2. ¿Defiendo los valores de mi fe, lo que creo, también en espacios y lugares que pudiera parecer extraño hacerlo, como puede ser mi lugar de trabajo?
  3. ¿Somos los cristianos, por querer defender nuestra fe, en ocasiones motivo de enfrentamientos en la sociedad? ¿Creamos hostilidad hacia la Iglesia?

Javier F. Chento
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