Cuando Vicente de Paúl era niño, los hugonotes de religión protestante habían logrado autorización para vivir según su religión; cuando ya era sacerdote, estuvo cautivo en Túnez y aprendió a convivir con sus amos musulmanes; cuando fue párroco en Châtillon se hospedó en casa de un hugonote; finalmente, cuando se estableció en Paris y comenzaba a ser famoso, hizo bolsa común con el vasco Saint-Cyran, que será un dirigente de los jansenistas. Todas estas circunstancias hicieron de san Vicente un hombre tolerante. Puede ser ejemplo para respetarse los nativos y los venidos de otras autonomías o de otros países, con lengua, cultura y religión diferentes.

En el siglo XVIII el liberalismo declara que los derechos de los ciudadanos se derivan de la dignidad de la naturaleza humana. Pero el poder debe vigilar las teorías que sean una amenaza para la seguridad del Estado (Locke). El poder debe examinar si los nobles o plebeyos son capaces de tener el mismo grado de autonomía. Y llega el despotismo ilustrado que restringe la libertad individual y la tolerancia (J. Stuart Mill).

La tolerancia es la salvaguardia de la libertad, y, cuando la libertad está en peligro, la tolerancia debe convertirse en intransigente. No se puede permitir el fanatismo, el integrismo o el fundamentalismo. Pues la tolerancia sería aniquilada (Popper).

En la actualidad

Vivimos un Estado de Derecho, en el que el Estado no puede identificarse con los intereses de un determinado partido con intolerancia hacia otros grupos. Pero puede favorecer, en algunas circunstancias, ciertas dimensiones de una cultura que está en peligro de desaparecer. El Estado debe ser Estado de Derecho también con los grupos diferentes al suyo, con los inmigrantes o minorías étnicas.

Sólo con la tolerancia se alcanza la paz. Es la razón que exponen los movimientos pacifistas. Los derechos fundamentales no están garantizados en muchos países y se margina a otras personas por ser diferentes o pensar de otra manera. Urge la tolerancia en estos tiempos en los que aumenta el sentimiento de soberanía de los pueblos y el derecho a emigrar a otras naciones en busca de trabajo y bienestar. El intolerante se cree poseedor de la verdad y utiliza la fuerza para imponerla. Si es verdad religiosa puede convertirse en fundamentalista, si es patriótica, en terrorista y si es estatal, en dictadura.

Hay que vivir la tolerancia y considerar un insulto tachar a otro de intolerante. Para no ser xenófobos hay que acoger a los inmigrantes como a hermanos. Para no ser racista no puede repugnar el color distinto de la piel ni aislar a nadie porque sea de otra raza. Para no ser fanáticos hay que respetan las ideas de los otros. La sociedad no permitiría ir contra los derechos humanos, declarados intocables por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Los cristianos tienen el motivo de que todos somos hijos del mismo Padre, hermanos redimidos por Jesucristo y acogidos por el único Espíritu del Padre y del Hijo. Y los continuadores de san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y el beato Federico Ozanam sienten que todos ellos suelen ser de la clase pobre.

La tolerancia

Santa Luisa entiende la tolerancia como fuerza sobrenatural del Espíritu de Jesús. Es el sentido que le da cuando escribe: “Estoy segura que es para ayudaros a tener tranquilidad después de las tormentas pasadas y a renovarse en el espíritu de unión y cordialidad que las Hijas de la Caridad deben tener, mediante el ejercicio de esa misma caridad, que va acompañada de todas las demás virtudes cristianas, particularmente de la tolerancia de unas con otras, nuestra querida virtud”.  La llama nuestra querida virtud porque es absolutamente necesaria, ya que lleva a no ver las faltas del otro con acritud, sino a disculparlas con humildad (c. 315). Pero se hace incómoda, porque empuja a luchar por los derechos humanos (c. 114).

Tolerar es la virtud que lleva a soportar las discrepancias y las debilidades de las personas para una convivencia agradable. Hace las veces de pilar en el edificio familiar y social. El intransigente rompe la caridad no permitiendo al otro ser él mismo y actuar según desea, sin dañar a nadie, aunque sea de forma extraña. La persona intolerante no tiene sociabilidad.

La gran tarea a realizar es la de fundamentar la convivencia en la tolerancia, respetando las diferencias dentro de la igualdad, para formar una familia o sociedad que no sean un monolito, sino un mosaico “con un solo corazón y una sola alma”.

La tolerancia contradice la tendencia de la naturaleza humana, intolerante en sí misma que ya descubrió santa Luisa: “La tolerancia de unos con otros hace fácil lo que la naturaleza encuentra difícil” (c. 571). Descubrió también que la antipatía es un sentimiento natural que aleja a las personas. Pero la gente, en especial la autoridad, se ve obligada a superarlo por medio de la tolerancia (c. 116). A la autoridad le exige una tolerancia que puede parecer demasiado radical: Considerarse el mulo de la casa que debe soportar toda la carga y tolerar de tal manera los fallos de los ciudadanos que se los oculte a sí misma ante la vista de los suyos propios (c.118). 

La autoridad, el absolutismo y el dogmatismo

La autoridad pertenece a las estructuras de la sociedad. La organiza y la dirige, pero también es un carisma que da el Espíritu a quienes gobiernan (1Co 12, 28), y suele olvidarse, convirtiendo el carisma en poder, y el poder fácilmente degenera en absolutismo, en intolerancia. W Churchill dijo, tomado de  E. Dahlerg, que, si “el poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y también santa Luisa escribió que las compañeras “bastante trabajo tienen con soportar la autoridad, unas veces por nuestro mal humor y otras por la repugnancia que les causa la naturaleza” (c. 331).

La autoridad debiera tener presente lo que dijo Luisa de Marillac a una superiora: “Yo la creía a usted por encima de esas pequeñas debilidades. ¡Pues qué!, ¿pensamos que no se nos debe contradecir? ¿Creemos que todo el mundo debe ceder y estar obligado a encontrar bueno todo lo que decimos o hacemos y que podemos hacer lo que queramos sin dar cuenta a nadie? ¿No va contra la obligación que tenemos de imitar la forma de vida y de obrar de nuestro Señor que siempre estuvo sujeto, que dijo que estaba en la tierra no para hacer su voluntad, para servir y no para ser servido?” (c. 129).

En los grupos vicencianos también hay que diferenciar los tres poderes que indicó Montesquieu: La autoridad del que preside, el poder legislativo de todo el grupo, cuando se reúne para hacer o revisar con intención de obligarse a cumplirlo, y el judicial, o la obligación que tiene cada miembro de avisar. Hay que dialogar y escucharse unos a otros, pues al confrontar se esclarece la verdad.  

En ocasiones aparecen los poderes fácticos que asumen poderes. Puede ser el poder originado por el prestigio de una persona. Nadie se atreve a oponérsele debido a su prestigio, pero otros sufren al no poder influir en las decisiones del grupo o de la familia. Puede ser su carácter impositivo que cohíbe a los compañeros, que sufren y se consideran incapaces de oponerse, a causa del temor que impone su temperamento. También la sociabilidad para gran­jearse amigos le da un poder que, sin intentarlo, logra imponer lo que desea. Es fácil que otros sientan el dolor de no poder decidir.

La verdad cree que la suya es la única verdad y es fácil que degenere en dogmatismo, la intransigencia que rompe las amistades y enfría las relaciones de esposos, padres e hijos, amigos y familiares. La verdad no puede imponerse por la fuerza, sino por la razón. El Concilio Vaticano II ha propugnado que las ideas deben subordinadas a la persona, que los derechos son de las personas, piensen lo que piensen, buscando criterios para discernir en lo posible la verdad. A pesar de vivir en el siglo del absolutismo santa Luisa defendía el derecho que tenían sus Hermanas a defenderse y a no ser condenadas sin antes haberlas escuchado (c. 201).

La tolerancia y la convivencia

En la calle tropezamos con personas diferentes en infinidad de aspectos, inmigrantes de otra nacionalidad, de etnias diferentes, de diversas religiones, de otros colores, culturas, idiomas, y no es raro que provoquen enfrentamientos con los nativos. Es complicado saber respetar los derechos de los pueblos que acogen y las libertades de los inmigrantes, pues la sociedad acogedora también tiene derecho a exigir el respeto a su cultura e impedir la división social. Los inmigrantes tienen derechos, pero también la obligación de respetar la civilización que los acoge, afirmaba santa Luisa y concretaba que debemos aprender a escuchar, “a no ser obstinadas en nuestras opiniones y ceder ante cualquier persona aun en cosas de poca monta” (E 62).

La tolerancia no significa que valga lo mismo lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, no se identifica con el conformismo o la resignación ni con el relativismo que conduce a la intolerancia, dejando en manos del más fuerte la imposición de su voluntad. Hay que declarar la verdad y condenar la mentira en un mundo de falsedades.

            Hoy lo que preocupa a las personas es la falta de armonía en casa o en la calle. Después de un trabajo duro, al volver a casa, todos ansían encontrar alegría y unión, para sobrellevar las dificultades. Ser tolerante no supone callarse o resignarse, sino comprender que nadie tiene el monopolio de la verdad, a no ser Dios. Todas las diferencias y defectos de las persona en el fondo enriquecen y complementan la amistad. La tolerancia pide escuchar y dialogar, creando un ambiente de sinceridad, pues la búsqueda de la verdad une, si están dispuestos a admitir que pueden estar equivocados. 

Si estamos de acuerdo en permitir que todos puedan tener distintas ideas o practicar otra religión, también hay que estarlo en el modo de ser de las personas. La tolerancia no anula las propias convicciones, lo que pretende es hacer posible la convivencia, intentar ser feliz y esforzarse por hacer felices a los demás.

La tolerancia y los necesitados

Los pobres necesitan la solidaridad y la acogida cordial, pero también piden tolerancia, pues viven un ambiente que les ha empapado de una contracultura repugnante para algunos. Es difícil tolerar el engaño, las trampejas, el desorden, que muchos indigentes consideran medios naturales para lograr ayudas. Son contravalores que forman parte de su cultura de excluidos. Y la intransigencia nos hace odiosos ante la debilidad del pobre que nos ve sobre un pedestal y por su inferioridad se siente obligado a tolerarnos. ¿Hay que tolerar a los pobres o son ellos quienes nos toleran? Santa Luisa se dio cuenta, y afirma que a los pobres no se los tolera, se los acoge con cariño.

P. Benito Martínez, CM

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