Me he preguntado en muchas ocasiones por qué nuestro sistema de prisiones en Canadá se llama Corrections Canada [Correcciones de Canadá] cuando parece que pocas pruebas apoyan que se intente rehabilitar a los prisioneros mientras cumplen su condena. Sería simplificar demasiado el comparar nuestro sistema con el de EE.UU., donde el énfasis parece estar en las sentencias máximas y, en ocasiones, tanto en la venganza como en la justicia. Incluso hay prisiones privadas en los EE.UU. que se basan en un modelo de negocio con fines de lucro, donde cuantos más internos se tienen, más ingresos se ganan.

Aparte de estas observaciones, se encuentra la realidad del crimen y la necesidad de encarcelar a los delincuentes en nuestras instituciones. Si bien ciertamente hay una necesidad en Canadá y otros países de abordar los fallos en el sistema, creo que también debemos enfocarnos en el elemento humano del crimen. Los delincuentes, las víctimas y las familias, tanto del agresor como de la víctima, son aspectos donde hay mucho trabajo por hacer. También podemos extender este esfuerzo en examinar por qué las personas cometen delitos. Las respuestas son variadas, complicadas y desafiantes.

Tampoco hay dudas de que la pobreza y el crimen están muy estrechamente relacionados. Además, el tema del racismo puede ser un factor contribuyente. La capacidad de una persona que vive en la pobreza para poder pagar una fianza, contratar una representación legal competente y recibir un juicio justo puede verse seriamente afectada por el estigma y los efectos que puede tener la pobreza.

Nadie sale bien parado de un crimen. La víctima llevará consigo la memoria del acto criminal para siempre, al igual que sus familias. El sentimiento comprensible de odio y venganza probablemente siempre estará allí, pero en lugar de ayudar en el proceso de curación, solo puede dirigir en la dirección de la desesperación y la desesperanza. La familia del delincuente tendrá que vivir el resto de sus vidas una vida similar, tratando de entender por qué su ser querido recurrió al crimen.

Finalmente, la sociedad debe aceptar cierta culpa por permitir que las causas del crimen existan y crezcan en lo que debería ser una parte del mundo que quiere poco, comparte plenamente con los demás y se respeta mutuamente y reconoce la dignidad humana de todos.

Sobre el autor:

Jim Paddon vive en London, Ontario, Canadá y es ex-presidente del Consejo Regional de Ontario de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Actualmente es presidente del Comité Nacional de Justicia Social de la Sociedad en Canadá. Está casado con su querida esposa Pat y tienen seis hijas y once nietos. Jim ha sido miembro de la Sociedad desde los años 70.

Las opiniones expresadas son las opiniones del autor y no representan oficialmente las de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

 

 

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