Tal vez sea una mala alianza la de los católicos con la burguesía vencida; sería mejor apoyarse en el pueblo, que es el verdadero aliado de la Iglesia, pobre como ella, sacrificado como ella, bendecido como ella con todas las bendiciones del Salvador. En esas grandes ciudades industriales del departamento de Nord se dice que los obreros han conservado las creencias y las costumbres cristianas. Hay que dirigirse a esas gentes valientes. Me entero de que hay en Valenciennes una candidatura excelente, la de mi amigo Wallon, actual suplente del señor Guizot en la facultad. Es un republicano sincero y un católico sólido, miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl, y muy celoso por el bien de los pobres.

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Federico Ozanam, carta a Alphonse Ozanam, del 23 de marzo de 1848.

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Reflexión:

  1. Poco más de un mes antes de escribir esta carta, el 10 de febrero de 1848, Federico había publicado un artículo en el periódico Le Correspondant que provocó cierta controversia entre algunos cristianos. En resumen, en este artículo muestra que el paso de los bárbaros al cristianismo entre los siglos VI y IX tenía analogías con el que, en 1848, lleva a Roma a identificarse con las masas populares “tan queridas por la iglesia, porque representan el número, el número infinito de almas que hay que conquistar y salvar; porque son la pobreza que Dios ama y el trabajo que hace la fuerza”. Y concluye con ese grito “Pasémonos a los bárbaros y sigamos a Pío IX”.
  2. A algunos cristianos de su tiempo se sintieron molestos con estas palabras de Federico, puesto que, según ellos, las clases trabajadoras eran las clases peligrosas. Federico se tiene que explicar ante algunos amigos, y así lo hace, por ejemplo, por carta a su amigo Théophile Foisset, cuyo texto ya comentamos hace unos meses. El texto que reflexionamos hoy, dirigido a su hermano sacerdote, Alphonse, sigue en la misma linea.
  3. Escribe esta carta cuando está a punto de publicarse el primer número de L’Ere Nouvelle, nuevo periódico de ideario católico que Federico funda junto con algunos colegas. Es un momento, además, políticamente interesante: las elecciones a la Asamblea francesa lllevan a Federico —y a otros católicos, como vemos en el texto— a presentarse como candidatos, para, desde las instituciones, poder defender los derechos de los trabajadores. A lo largo de los próximos meses Ozanam escribirá un buen número de textos que defienden los derechos sociales y laborales del obrero. Estamos, pues, en un momento vital donde los cristianos defienden los derechos de los pobres, y en general, lo que hoy en día ya definimos como Doctrina Social de la Iglesia, cuyo arranque se pone con la publicación de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, en 1891. ¿Quiere decir esto que antes no había Doctrina Social de la Iglesia? En absoluto. La historia de la Iglesia está llena de obras y palabras a favor de los derechos sociales; 1891 es el inicio de una cierta sistematización de todo lo que, desde el inicio del cristianismo, se había vivido y proclamado.
  4. El “pueblo pobre” es el “verdadero aliado de la Iglesia, pobre como ella, sacrificado como ella, bendecido como ella con todas las bendiciones del Salvador”. El lugar de la Iglesia es con el pueblo, con los pobres. Una “Iglesia pobre y para los pobres” ha sido también el deseo del Papa Francisco, desde su elección a la Cátedra de Pedro. De este modo, hablando a los representantes de los medios de comunicación, el 16 de marzo de 2013, proponía nuevamente el tema antiguo y actual en la Iglesia cercana a los sectores sociales más marginados, a los desterrados, a los indigentes y a quienes sufren la injusticia y la violencia.
  5. La encíclica Rerum Novarum —sobre la condición de los obreros—, que inicia el corpus que hoy conocemos como la Doctrina Social de la Iglesia, del papa León XIII, publicada el 15 de marzo de 1891, hace eco al pensamiento social de Federico Ozanam, sobre la injusticia, las desigualdades, la dignidad del trabajo, el salario justo, los impuestos equitativos, el derecho a la propiedad, la disminución de los sufrimientos de los menos favorecidos. Estas ideas serán retomadas más tarde en las encíclicas Quadragésimo anno de Pío XI (de 1931) y en Centesimus annus de Juan Pablo II (en 1991).

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Cómo buscamos hoy, nosotros vicencianos, el bien de los pobres?
  2. ¿Nos apoyamos en el pueblo pobre, como dice literalmente Federico?
  3. ¿Somos pobres, esto es, vivimos personal y comunitariamente la pobreza? Dicho de otra manera: ¿podemos los vicencianos ser ricos mientras hay pobres en nuestro mundo?

Javier F. Chento
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