Jesús proclama el Evangelio del Reino y asiste a los necesitados de toda clase.  Herederán el Reino y sus bienes y riquezas quienes, dejándolo todo, sigan a Jesús.

Mientras se está poniendo en camino Jesús, un hombre no identificado se le acerca corriendo.  Resulta que es uno de los que todo lo han hecho según los mandamientos.  En particular, el amor a Dios del desconocido llega a ser amor efectivo para con el prójimo (véase SV.ES XI:733).  Con todo, no se siente seguro de heredar la vida eterna.

Y no pone en duda Jesús la observancia, por parte del hombre, de todo lo que exigen los mandamientos.  Lo mira, más bien, con cariño al que, por su prisa y su gesto de respeto y humildad, se manifiesta sincero.  Claramente, el hombre no lo está poniendo a prueba, como hicieron aquellos que preguntaban del divorcio.

Así que el Maestro, quien da plenitud a la ley y los profetas, no quiere que algo le falte al hombre, sino que le desea lo mejor en todo.  Por tanto, le hace una invitación.  Le pide que venda todo lo que tiene, dé el dinero a los pobres, para que así tenga un tesoro en el cielo.  Y, lo que más importa sobre todo, Jesús le dice además:  «Y luego sígueme».  Pues, se entra en el Reino por Jesús, no por la pobreza de uno.  Pero, ciertamente, la riqueza se convierte con frecuencia en obstáculo.

Indudablemente, la invitación de Jesús revela que él ama mucho y verdaderamente al hombre.  Y nos invita y nos ama Jesús también.

Ahora la decisión está en nuestras manos.  ¿Estamos listos para dejarlo todo por Jesús y el Evangelio?

¿Reaccionamos nosotros con tristeza como el hombre con una pregunta urgente?  ¿Acaso hay algo que anteponemos a Jesús?  ¿Nos restringe nuestra codicia de dinero, de poder y dominio sobre los demás?  ¿No nos hace esa codicia tracionar a la Iglesia?  ¿Acudimos nosotros a Jesús con prisa?  ¿Nos llena él de emoción como lo hace el amor de nuestra juventud, de modo que hagamos el voto de permanecer fiel hasta el fin?  ¿Hasta someternos a la muerte por el amor, el amor total que se recuerda en la Eucaristía?

Está de más decir que tenemos que cuestionarnos a nosotros mismos dura y honestamente.  Hemos de confrontarnos con la Palabra viva y eficaz de Dios.  Esa Palabra es, además, la sabiduría, en cuyas manos hay riquezas incontables.  A Jesús debemos acudir para que encontremos el tesoro escondido en el campo o la perla de gran valor.  Para obtener tal tesoro o perla, uno vende todo lo que tiene.

Señor Jesús, haz posible que nosotros lo dejemos todo para que heredemos el Reino.  Ayúdanos a comprender que no podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos, para seguirte a ti (SV.ES III:359).

14 Octubre 2018
28º Domingo de T.O. (B)
Sab 7, 7-11; Heb 4, 12-13; Mc 10, 17-30


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