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Integridad y unidad del Cuerpo de Cristo

por | Sep 28, 2018 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Jesús nos da dones espirituales a los congregados en su nombre.  Espera que nosotros guardemos la integridad y la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

Nada más caer Adán y Eva en la tentación serpentina, se les comienza a corroer la integridad personal.  Pues, ya no se sienten como antes, cómodos consigo mismos, aun desnudos.  Descubriendo ahora su desnudez y avergonzados, entrelazan hojas de higuera y se las ciñen.

Y la respuesta de Adán, al echarle en cara Dios su desobediencia, indica que el pecado causa desunión social también.  El hombre culpa, sí, a la mujer.  Lo que dice él dista mucho, claro, de su exclamación anterior:  «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!».  Así que resulta desmentida la integridad de la pareja hecha una sola carne.

Jesús quiere que mantegamos la integridad y la unidad; todos somos uno en él.

Ha derribado Jesús, entregando su cuerpo y derramando su sangre, el muro que nos separa unos de otros.  El que es nuestra paz nos quiere recobrando la integridad que ha deseado para nosotros desde el principio.  Todos somos unos en él, por tanto, ya no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer.

Esto quiere decir, entre otras cosas, que no hay que ver enemigos en todas partes.  Después de todo, los que no están contra nosotros están a favor nuestro.  Incluso los quejosos y los descontentos pueden ser, por la gracia de Dios, colaboradores nuestros (SV.ES II:319).

No, no podemos prescindir de la integridad que supone la colaboración de los demás.  Porque nos cuesta a los adultos admitir esto, con razón se nos exhorta a que seamos como niños.

Efectivamente, los niños aceptan su dependencia de los otros.  Los adultos, en cambio, nos inclinamos a hacernos la ilusión de que todo lo podremos solos.  Fácilmente nos olvidamos de que Dios salva a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo (LG 9).

Y no hay que anteponer nuestra búsqueda egoísta del reconocimiento, —para nosotros mismos o para nuestro grupo—, a la proclamación del Evangelio.  Ni a la protección de los indefensos tampoco.  De hecho, anunciar la Buena Nueva a los pobres no solo quiere decir asistirles nosotros de todas las maneras, sino procurar también que los demás les asistan asimismo.  (SV.ES XI:393).  Obviamente, no podemos proteger a los indefensos ni prevenir escándalos y fraudes por propia cuenta solo.

La proclamación de la Buena Noticia a los pobres y a los indefensos requiere sacrificios también.  Irónicamente, tiene que estar dispuesto uno a sufrir desmembración para ser instrumento de integridad.

Señor Jesús, envías el Espíritu Santo para que nos congregue a los disgregados por el pecado.  Ayúdanos a ser, en el mundo, fermento de integridad, de unidad y de paz.

30 Septiembre 2018
26º Domingo de T.O. (B)
Núm 11, 25-29; Stg 5, 1-6; Mc 9, 38-43. 45. 47-48

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