Jesús es el Mesías, con misión de evangelizar a los pobres.  No se echa atrás ante la hostilidad de la serpiente.

Luego de confesar acertadamente el portavoz de los discípulos que Jesús es el Mesías, éste les prohíbe decírselo a nadie.  Es que se da cuenta del malentendido popular a que se enfrenta de que el Mesías es un libertador político.  Lógicamente, es la hostilidad de los romanos lo que ha dado paso al malentendido.

Resulta razonable la prohibición de Jesús; los discípulos mismos son capaces de difundir ideas erróneas.  Esto lo deja claro la reacción de Pedro al predecir el confesado Mesías su pasión, muerte y resurrección.  El discípulo, demostrando hostilidad a la idea de un Mesías sufriente, lleva aparte al Maestro para increparle.

Pero Jesús se vuelve de cara a los discípulos para reprender a Pedro de manera igualmente severa.  Le llama Satanás, el tentador que solo busca impedir a Jesús cumplir su misión.  Una vez más se manifiesta la hostilidad de la serpiente antigua.

A continuación, reafirma Jesús su enseñanza.  Es de suponer que él les escandalice aún más a la gente y a los discípulos.  Pues se menciona la cruz, una abominación para quienes buscan expulsar a los romanos.  Expresa la cruz que se ha llegado al colmo de la hostilidad romana.

Y ahora, ¡enseña el pensado Mesías que tendrán que cargar con su cruz los que quieren ser discípulos de él!  No lo dice para restregárselo en la cara a los que piensan como los hombres.  Quiere resaltar, más bien, la importancia fundamental de esta enseñanza.

Le es necesario al Verbo hecho hombre padecer y así entrar en su gloria.  Es consequencia inevitable de la hostilidad entre la maldad y la humanidad.

El Hijo de Dios quiso hacerse hombre, lo que quiere decir que eligió libremente no tener opción alguna. Jesús no puede sino tener parte en la hostilidad entre el maligno y los hombres.

No se debe subestimar jamás el poder de la maldad para promover la injusticia y la codicia.  Nos basta con fijar los ojos en Jesús crucificado.  Él es el destino en persona de los que anuncian la Buena Noticia a los hambrientos y sedientos de justicia.

Los discípulos han de tener claridad sobre esto antes de decidir a seguir a Jesús hasta la entrega del cuerpo y el derramamiento de la sangre.  La entrega, no la posesión, es lo que es capaz de romper el círculo de hostilidad.

De verdad, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo (SV.ES I:320).  De lo contrario, nuestra confesión de él será tan fácil como la declaración de los que solo tienen palabras, no obras, para un hermano o hermana necesitado.

Señor Jesús, ayuda a los pobres, para que se manifieste el triumfo de tu cruz sobre la hostilidad satánica.

16 Septiembre 2018
24º Domingo de T.O. (B)
Is 50, 5-9a; Stg 2, 14-18; Mc 8, 27-35


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