A principios del siglo pasado, un niño llegó a casa de la escuela para contarle a su madre cómo había arrojado pelotas de nieve a un vagabundo que yacía ebrio en la calle, en invierno. Llevándolo aparte, le mostró por qué nunca debería humillar a la gente, especialmente a un vagabundo: no sabes cómo lo había tratado la vida, era uno de los hijos de Dios, cualquier cosa que le hagas a alguien como él se volverá contra ti con el tiempo. Esas palabras se quedaron muy impresas en el muchacho, tanto que en su vida posterior demostró ser amigo de los pobres por lo que dijo y por lo que hizo. Aún más, logró sembrar las palabras de su madre en los corazones de sus propios hijos, quienes continuaron defendiendo a los desfavorecidos. Una rica verdad plantada en una época, recibida, cultivada y actuada en la siguiente, floreciendo en nuevos frutos en las generaciones por venir.

Las Escrituras se ciñen a «La Palabra» como el vehículo para que la presencia de Dios se arraigue en los humanos. Esa cercanía personal se nos dirige como una Palabra que ha de residir profundamente en nuestros corazones. Es esta expresión, la ofrenda del propio Ser de Dios, que salva y sana y nos devuelve a la relación correcta con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

La Carta de Santiago comenta sobre los ingredientes que tiene este proceso de la Palabra que viene a residir en nuestros corazones. La Palabra salvadora de Dios ya está dentro de nosotros, dice, y lo que tenemos que hacer es darle hospitalidad plena y abierta. «Acoja con humildad la Palabra que ha sido plantada en usted y que puede salvar». Pero luego continúa enumerando formas de mejorar e incluso buscar esta acogida.

En primer lugar, escúchala. Dejemos que el Ser de Dios (en la Palabra de Dios) nos hable. Tomemos conciencia de ello no solo abriendo nuestros oídos a esa Palabra que viene del exterior a través de las Escrituras, las enseñanzas de la Iglesia y los llamados de los profetas modernos. Igualmente, escuchemos lo que está sucediendo en nuestro interior a través de los movimientos en nuestros corazones y en nuestra conciencia. Santiafo nos dice que escuchemos, que agudicemos nuestro oído externo e interno. Es lo que hace una persona, por ejemplo, cuando se prepara leyendo el evangelio del domingo de antemano, o cuando se lleva algo a casa que le tocó la fibra sensible durante la celebración, con lo que reflexiona durante toda la semana.

Santiago agrega otro requisito: debes ir más allá de escuchar la Palabra, para hacer esa Palabra. Con el tiempo, estos enunciados de los que te das cuenta se han de realizar y asumir la carne de la acción concreta. Su ejemplo clásico es el cuidado que se le da a los vulnerables e indefensos en su sociedad, las viudas y los huérfanos. Este segundo paso, él enfatiza, es el sello de una religión que es pura, genuina y sana. Hacer justicia y no solo hablar de justicia es lo que te lleva a la presencia del Señor. Si alguna vez hubo un rasgo de familia en nuestra propia compañía vicenciana, Santiago lo indica aquí.

Finalmente, la Carta presenta una imagen para describir los resultados de esta escucha y acción. Es la semilla plantada que se nutre y crece como un árbol saludable que luego derrama su primera cosecha jugosa de manzanas. Cuando la semilla de la Palabra de Dios eche raíces en nosotros, en nuestras personas, producimos estos primeros frutos. Nosotros mismos nos convertimos en la Palabra de Dios de nuevo hablada en nuestro mundo.

La convicción que la madre le dio a ese joven sobre la dignidad del borracho fue ingerida, actuada y luego replantada. Todavía florece en las actitudes y acciones de las generaciones siguientes. Que la Palabra (la cercanía amorosa de Dios) arraigue en nosotros mientras escuchamos sus susurros en el interior y escuchamos sus gritos provenientes del mundo exterior. Plantada allí, que nos estimule a actos de bondad y generosidad hacia los huérfanos y las viudas y todos los desposeídos de nuestro tiempo.

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