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Cristianos en la vida pública • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Sep 10, 2018 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Sabrá usted que en París, igual que en Lyon aunque por motivos mucho más plausibles, están prohibidas las procesiones; pero, porque guste a algunos perturbadores encerrar al catolicismo en los templos en el seno de las grandes ciudades, eso no es una razón para que jóvenes cristianos, a quienes Dios ha dotado de un alma viril, se vean privados de las conmovedoras ceremonias de su religión. Por eso, se han encontrado algunos que pensaron tomar parte en la procesión de Nanterre.

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Federico Ozanam, carta a su madre, del 19 de junio de 1833.

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Reflexión:

  1. En esta carta, Ozanam le describe a su madre una excursión que, aproximadamente dos semanas después del nacimiento de la primera Conferencia de Caridad (precursora de la Sociedad de San Vicente de Paúl), sus miembros —junto con otros amigos creyentes— hicieron a Nanterre, para asistir a las procesiones del Corpus, el 6 de junio de 1833.
  2. Un brevísimo contexto histórico: Francia vive desde 1830 en el periodo denominado «Monarquía de Julio». La Monarquía de Julio comenzó con «Las Tres Gloriosas Jornadas Revolucionarias de París», los días 27, 28 y 29 de julio de 1830, contra el gobierno del rey Carlos X, que llevaron al trono francés a Luis Felipe de Orléans, último rey de Francia. El ambiente social era contrario a la Iglesia Católica y a cualquier manifestación religiosa en el ámbito secular. De hecho, varias autoridades habían prohibido procesiones religiosas (por ejemplo, en París y en Lyon) o habían ordenado la retirada de crucifijos de las escuelas.
  3. Federico y sus amigos, creyentes, sin miedo a manifestar públicamente su fe, encuentran la alternativa de participar en las procesiones de Nanterre (en donde las procesiones no estaban prohibidas), organizando una excursión, medio festiva, medio religiosa, a esta ciudad, situada a unos 13 kilómetros de París.
  4. El laicismo negativo no es una novedad de nuestros tiempos. Ya vemos, en el escrito de Federico, argumentar que «porque guste a algunos perturbadores encerrar al catolicismo en los templos en el seno de las grandes ciudades», no es razón suficiente para que los creyentes «se vean privados de las conmovedoras ceremonias de su religión». Hemos de notar que el laicismo es una corriente de pensamiento que defiende la existencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, de forma independiente o ajena a las confesiones religiosas. Esto no es negativo y, más aún, es recomendable. Un Estado laico es aconfesional, lo cual no implica que no reconozca el valor de la trascendencia, sino que se mantiene imparcial ante cualquier religión, y colabora con todas.
  5. Pero existe un laicismo extremo que niega la dimensión espiritual del hombre y lucha por erradicar cualquier presencia pública que la manifieste. Casos extremos se viven en países totalitarios que cualquiera de nosotros sabe fácilmente identificar. Este laicismo lo vivió Federico y lo vivimos muchos de nosotros en nuestras sociedades.
  6. Es este un tema complejo y que necesitaría mucho más espacio para desarrollarlo. Sin embargo, quedémonos con dos ideas: (1) Los creyentes no nos debemos sentir avergonzados de nuestra fe y, desde ella, tenemos el deber de aportar a la comunidad social, con humildad, los valores que vivimos y defendemos; y (2) la sociedad debe de acoger y reconocer la dimensión espiritual del hombre, que vive de una u otra forma la inmensa mayoría de la población mundial; sin identificarse con ninguna, es deber del Estado el colaborar con todas las confesiones, pues en todas hay valores permanentes y semillas del Reino de Dios.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Tiene una dimensión pública mi fe? Esto es… ¿me avergüenzo de ser cristiano?
  2. ¿De qué maneras colaboramos desde nuestras instituciones y grupos en la mejora social?
  3. ¿Respetamos las creencias de los demás, de igual manera que deseamos que se respeten las nuestras?
  4. ¿Es nuestra presencia en la sociedad una presencia «de gestos» o más una presencia «de acciones»? Por decirlo de otra manera: ¿nos quedamos sencillamente en una mera manifestación de actos religiosos en los espacios públicos o nos lleva nuestra fe a participar activamente en la sociedad y su mejora?
  5. ¿Participamos, de alguna manera, en el diálogo fe-cultura?
  6. ¿Nos preocupamos de formarnos para saber «dar razón de nuestra fe»?

Javier F. Chento
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