Lucas Sánchez es un joven científico y escritor que recientemente contaba en su Twitter una experiencia personal que vivió en el metro de Madrid:

Acabo de vivir uno de los momentos más bonitos e intensos de mis 17 años de vida madrileña en el Metro de Madrid.

Vuelvo de un concierto y entra un yonki en el vagón. Yo sigo relamiéndome, escuchando a la banda que vengo de ver, aisladito con mis cascos. Pero el yonki se echa a llorar, me sorprende la situación y me quitó los cascos para enterarme.

El yonki llora porque un chico marroquí, que está en nuestro vagón, le dice que ánimo. Que él ha estado en su situación. Que se sale. Que luche.

Le abraza. Se sienta a su lado. Le da palmaditas de ánimo. El yonki sigue llorando y se levanta. Antes de la siguiente parada, el marroquí saca la cartera y le da 10€. El yonki se vuelve a desplomar llorando. Coge el dinero, le da un abrazo y se va.

Parece que nunca [nadie] le había dedicado tanto cariño, tantas palabras. El dinero es solo un añadido. El marroquí se queda una y dos paradas al borde del llanto, con los ojos llorosos.

Yo estoy alucinado. Vivo todo el momento totalmente paralizado. Lo pienso dos y tres veces, pero le digo al marroquí que es lo más humano que he visto en 17 años en el metro. Él me cuenta que ha estado ahí. Que durante una época se drogó. Que lleva 20 años en Madrid, pero que tiene trabajo y que, gracias a la ayuda de otros y de ese trabajo, ALGUNOS días ya NO DUERME EN LA CALLE.

Que sabe que casi seguro esos 10€, que ni de coña le sobran, van a terminar en drogas. Pero que igual no. Y que alguien le tenía que ayudar. Que ayudar a los demás es algo que Dios siempre recompensa. Que a él, si no le hubieran ayudado, no hubiera podido hacer lo mismo. Y repite que igual no ha ayudado a nadie y que el yonki se lo gastará en drogas. Pero tenía que hacerlo.

Yo tengo un billete de 20€ en la cartera y se lo doy. No lo quiere coger y le digo que ojalá se los hubiera podido dar al anterior chico, pero que por lo menos valgan para ayudarle a él y que no duerma en la calle por ayudar a otro. Me dice que no los quiere. Insisto hasta que los coge. Me dice que vale, pero si me puede dar un abrazo. Nos abrazamos. Salgo por la puerta y me quedo en el andén. Aturdido. Emocionado. Y todavía estoy así.

Decimos mucho de otras culturas, pero acabo de ver a un tío darle dinero a otro que no estaba tan lejos. Dinero que no le sobraba, no como a mi. Y quedarse jodido luego, no por él, por el otro.

El testigo concluye su relato con la siguiente reflexión:

Aquí solemos dar lo que nos sobra. De lejos. Para sentirnos mejor. Y he visto a un tipo dar lo que le falta.

Cuando leí este relato, me vino a la mente la maravillosa frase de Federico Ozanam: “nadie socorre mejor a los pobres que los mismos pobres” (en el artículo “A las gentes de bien”, publicado en el periódico l’Ère nouvelle, el 15 de septiembre de 1848). Federico instaba entonces a todos los estamentos sociales a trabajar y ayudar a los pobres y necesitados de la ciudad de París. Esta frase de Federico está muy ligada al cambio sistémico, al cambio de todas esas estructuras que fomentan la pobreza, al necesario empoderamiento de los que la sufren, y al fundamental protagonismo que tienen las personas asistidas en nuestras obras vicencianas. Ozanam es, de nuevo, un adelantado a su tiempo e invita a tener muy presente una idea que es clave.

Kathleen O’Meara, biógrafa de Ozanam, cuando habla de la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl, dice:

A menudo, parte de la grandísima miseria de los pobres procede de no saber cómo ayudarse a sí mismos a salir de una dificultad, toda vez que han caído en ella; se hunden en la aflicción, sea por circunstancias accidentales, por propia culpa o por la de otras personas, y no están lo suficientemente informados como para discernir la manera de salir de ella. Con frecuencia, la ley les ofrece un remedio para su situación, pero no lo saben y nadie hay que les informe. En esta situación de angustia, su única idea es extender la mano para pedir limosna, método que habitualmente resulta tan ineficaz como desmoralizante.
El señor Bailly sugirió a sus jóvenes amigos que se debía tratar de remediar este lamentable estado de cosas poniendo al servicio de los pobres su propia educación, su inteligencia, sus estudios de la ley o de la ciencia, y su conocimiento general de la vida; que, en lugar de llevarles solamente una pequeña ayuda material, debían esforzarse en ganar su confianza, en conocer con profundidad su situación y, después, ver cuál sería la mejor manera de ayudarles a ayudarse a sí mismos. El señor Bailly continuó diciéndoles: «La mayoría de ustedes estudian para ser abogados; otros, para ser médicos, etc.; vayan a ayudar a los pobres, cada uno con sus especiales dotes; dejen que sus estudios sean tan útiles a los demás como lo son para ustedes mismos; es una manera fácil y buena de comenzar su apostolado como cristianos en el mundo» (Kathleen O’Meara, Federico Ozanam, profesor en la Sorbona, Barakaldo: Somos Vicencianos, 2017, capítulo VII).

¿Qué podemos aprender de la experiencia vivida por Lucas en el metro de Madrid? Quizás la primera y más importante es que hay razones para la esperanza, y que las personas son buenas y solidarias (pensamiento que vemos también en Federico, en su artículo mencionado). También que, más alla de creencias o ideologías, todas las personas somos capaces de reconocer a los demás en su dignidad, a pesar de sus problemas y dificultades, y tender una mano. Finalmente, que no importa en qué situación personal esté uno, lo mucho o poco que tenga, siempre podemos actuar para provocar cambios en las situaciones de pobreza o injusticia. El primer paso, siempre, es acercarse a la pobreza con las manos abiertas y el corazón dispuesto a ayudar.

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