Jesús es el pan vivo que ha bajado del cielo.  Comiendo de él, la Palabra de Dios hecha carne, los hambrientos vivirán para siempre.

Murmuran contra Jesús los que le han oído decir:  «Yo soy el pan bajado del cielo».  Se comportan como aquellos hambrientos que hablaron contra Dios y Moisés:  «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?».

Aquellos hambrientos no podían ni con tener ni pan ni agua ni con estar hartos del maná.  Quizás de mucho sufrir a manos opresivas, llegaron a creerse indefensos del todo.  Ante la situación de apuro desacostumbrada, apenas se acordaban de que se esclavizaban por el alimento perecedero.

Y no soportan tampoco los que desconfían de Jesús la nueva situación que él inaugural.  La idea acostumbrada que tienen de él choca con su enseñanza.

Piensan, sí, los que critican a Jesús que lo saben todo de él.  Por eso, no pueden creer en él.  Satisfechos con su conocimiento, se cierran, por tanto, a la plena satisfacción que él les ofrece.  Sin estar hambrientos para nada, no se sienten con necesidad de abrirse al que da plenitud a la ley y los profetas.

Bienaventurados los que humildemente se confiesan hambrientos; Dios los atrae y los colma de bienes.

Las cosas que deniega el Padre a los saciados, se las concede él a los hambrientos.  Es que así lo quiere él.  Y forma parte de su buena voluntad que los hambrientos reciban de él por Jesús las cosas solicitadas.

A Jesús, sí, le ha entregado el Padre todas las cosas.  Él es el único que ha visto al Padre y quien lo da a conocer.  Por consiguiente, los alimentados e instruidos por Dios no pueden sino acudir a Jesús. Es decir, los atrae también Jesús a los atraídos por el Padre.

Y los que sienten atracción por Jesús se acreditan por su hambre de ser realmente justos.  No andan con pretensiones de superioridad.  No toman, pues, la Eucaristía como «premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (EG 47).

Abandonan además la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad.  Y comprensivos con los demás, perdonan a los que los ofenden, como los perdona Dios en Cristo.  En breve, creyentes sobre todo en Jesús, hacen suyo su modo diferente de amar y vivir.  Por eso, van diciéndole:  «Señor, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías …?» (SV.ES XI:240).  Y saben bien que no lo imitan ni cumplen con su obligación, si proporcionan a los pobres solo sus necesidades corporales (SV.EN IX:917).

Señor Jesús, haz que nos digamos hambrientos para que tú nos sacies, que si no, persistirá nuestra hambre.  Y no viviremos para siempre.

12 Agosto 2018
19º Domingo de T.O. (B)
1 Reyes 19, 4-8; Efesios 4, 30 – 5, 2; Juan 6, 41-51

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