Al decir pasémonos a los bárbaros estoy pidiendo que hagamos como el Papa [Pío IX], que […] nos ocupemos del pueblo, que tiene demasiadas necesidades y pocos derechos, que reclama con razón una parte mayor en los asuntos públicos, garantías para el trabajo y contra la miseria, que tiene malos jefes porque no encuentra buenos, y al que no hay que hacerle responsable ni de la Histoire des Girondins, que no lee, ni de los banquetes, en los que no come. Es en el pueblo donde veo suficientes restos de fe y de moralidad para salvar a una sociedad cuyas clases altas están perdidas. Tal vez no convertiremos a Atila y a Genserico, pero Dios y nosotros tal vez consigamos atraer a los hunos y a los vándalos.

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Federico Ozanam, Carta a Theophile Foisset, del 22 de febrero de 1848.

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Reflexión:

  1. Unos días antes de que se derrumbara la Monarquía de Julio, Ozanam publicó en Le Correspondant un artículo titulado «Los peligros de Roma y sus esperanzas», en el que establecía una especie de paralelismo entre la actitud de la Iglesia en tiempos del Bajo Imperio Romano y la invasión de los bárbaros, y la que tuvo el pontificado de Pío IX ante la sociedad contemporánea, cuando se desmoronaron los imperios bajo las democracias incipientes. El artículo terminaba con estas palabras que hicieron a muchos temblar: «pasémonos a los bárbaros y sigamos a Pío IX».
  2. En este contexto, pocos días después de la revolución de febrero, el 15 de marzo de 1848, Ozanam escribió a su hermano, el abate Alphonse: «Si un número mayor de cristianos […] se hubieran ocupado de los obreros desde hace diez años, nos sentiríamos más seguros sobre el futuro».
  3. A Ozanam llegaron tanto adhesiones entusiastas como críticas virulentas a raíz de este artículo en Le Correspondant. Foisset le trasladó sus miedos a su amigo, sobre todo que se podría establecer una confusión en las mentes de muchos lectores. Ozanam le respondió con el texto anterior.
  4. Es sorprendente lo mucho que dice Federico en unas pocas lineas, y que merece ser desgranado y meditado:
    • «Ocupémonos del pueblo, que tiene demasiadas necesidades y pocos derechos»: Los vicencianos estamos llamados a ocuparnos del pueblo. Otros en la Iglesia se sentirán llamados a tratar con los dirigentes o las clases altas, pero no es nuestro caso. Nosotros hemos sido convocados para vivir entre los pobres, entre el pueblo sencillo que sufre, en las situaciones convulsas, la mayor parte de las carencias. En nuestra sociedad actual, que vive una permanente crisis de identidad y de injusticias, ¿no es así? La actual crisis que vive una gran parte del mundo, ¿a quién ha repercutido con mayor virulencia? La respuesta es sencilla: a los pobres y a la clase trabajadora. Los ricos apenas se han enterado.
    • «Que reclama una parte mayor en los asuntos públicos»: El pobre, el necesitado, el obrero, tiene que ser agente de su propia liberación. El cambio sistémico «intenta transformar una serie de elementos que interactúan, y no ya un solo elemento. Exige sin remedio un cambio en las actitudes que han producido los problemas que un grupo intenta resolver. Y así, usando una frase atribuida con fre­cuencia a Albert Einstein, un pensar centrado en el cambio sistémi­co nos ayuda ‘a aprender a ver el mundo con una visión nueva’» (del muy interesante y recomendable artículo del P. Maloney, «La noción del cambio sistémico«). En esta perspectiva, el pobre, el necesitado, el pueblo es agente activo de esta transformación. Y nosotros, vicencianos, acompañamos el proceso para que se haga realidad.
    • «[Que reclama] garantías para el trabajo y contra la miseria». Como vicencianos no podemos evitar la denuncia de las situaciones injustas. Hemos de estar ahí, no solo para ser la voz, sino sobre todo para dar voz a los necesitados. Si queremos dar un testimonio fiel de nuestra fe, no podemos dejar de lado este aspecto público, político de la fe.
    • «Que tiene malos jefes». Nos quejamos hoy también de una clase política muy mediocre y de unos jefes que oprimen a sus trabajadores, de unos ricos cada vez más ricos y separados del pueblo, absolutamente indiferentes ante el dolor y la muerte de los que están por debajo de ellos.
    • «Es en el pueblo donde veo suficientes restos de fe y de moralidad para salvar a la sociedad». Decía san Vicente de Paúl, ya en 1655: «Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en la miserias, que hay que sufrir, mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores, que nos dan su trabajo; que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos» (SVP XI, 120). Miremos más allá de la teología de su tiempo y aprendamos de san Vicente que son los pobres los que nos revelan la auténtica fe en Jesucristo. ¿No es acaso esta una experiencia que hemos vivido también nosotros, vicencianos, en nuestros contactos con el necesitado? ¿No es acaso una de nuestras creencias más arraigadas que son ellos, los que forman parte del pueblo, los artífices de la historia: los que pueden «salvar la sociedad»? La siguiente frase del mismo texto citado de san Vicente también es sumamente interesante: «Buscamos la sombra; no nos gusta salir al sol; ¡nos gusta tanto la comodidad!». ¡Cuanta verdad, también hoy en día! ¿No nos estaremos aburguesando?
    • «Una sociedad cuyas clases altas están perdidas». Corrupción, abuso de poder, avaricia, desigualdad injusta ante la ley, indiferencia… ¡Qué actuales resultan estas palabras de Federico!

Cuestiones para el diálogo:

  1. Hagamos una reflexión hacia el interior de nosotros, como vicencianos individuales y como comunidades. ¿De quién nos estamos ocupando? ¿De los pobres y necesitados, en exclusividad? ¿Estamos presentes en otras zonas que no inciden tanto en esta llamada vicenciana de servir «solo a los pobres»? ¿Deberíamos estar ahí? ¿Deberíamos marchar a otros lugares con más necesidades?
  2. ¿Se tiene en cuenta la opinión de los usuarios de nuestros servicios a la hora de planificar nuestra acción? ¿Forman parte ellos, los pobres, necesitados, obreros…, de la toma de decisiones?
  3. En la actualidad, hay mucha sensibilidad social de protesta contra las situaciones precarias en el trabajo y en la vida en general. ¿Se nos encuentra ahí también a los vicencianos?
  4. ¿Qué podemos hacer para tener «mejores jefes», mejores dirigentes? ¿Estamos llamados, algunos de nosotros vicencianos, a ocupar estas posiciones? ¿Es compatible ser vicenciano con ser un líder, con trabajar en la política, con ser empresario? ¿Cómo se puede compatibilizar esta tarea?
  5. ¿En qué sentido podemos decir que el pueblo puede salvar la sociedad, hoy en día?

Javier F. Chento
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