Jesús da a conocer a Dios como Padre, Hijo, y Espíritu Santo.  Buscando los intereses de los demás, damos a conocer también a la Santísima Trinidad.

A Dios nadie lo ha visto jamás.  Pero lo da a conocer su Hijo, sin servirse éste, claro, ni ningún escritor neotestamentario, de la palabra Trinidad.

No, Jesús no utiliza Trinidad.  Pero enseña él repetidamente que Dios es nuestro Padre que cuida de nosotros.  Es bondadoso, compasivo, fiel y justo.  Busca él nuestros intereses.  Nos salva con mano fuerte y brazo poderoso.  Así que podemos confiar completamente en él y encomendarle nuestros afanes.

Y de Jesús aprendemos también que, aunque hecho semejante a los hombres, no es un hombre más.  De hecho, nos dice él:

Todo me lo ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Indudablemente, Jesús es Hijo de Dios.  Y así se manifiesta, aun crucificado y muerto, al centurión.  Jesús es realmente de condición divina.  Quienes lo ven, ven al Padre.  Jesús es imagen exacta de Dios invisible.  Y aunque ya no está al alcance de los sentidos corporales, sigue poniéndose en medio de nosotros.

Por medio del Espíritu Santo, está con nosotros aún el Crucificado y Resucitado.  En Espiritu y verdad, pues, le dice el verdadero creyente:  «¡Señor mío y Dios mío!».  Ese Espíritu es el otro Defensor que nos manda el Padre a petición de su Hijo Jesús.  El que nos hace capaces de cargar con sus enseñanzas duras del Evangelio.  Él también nos hace gritar:  «¡Abba, Padre!».

Sin hablar expresamente de la Santísima Trinidad, Jesús nos comunica este misterio.

Más importante que nuestros vocablos humanos, inadecuados y pobres, es la realidad que pretendemos describir.  Nos valdrá, pues, la doctrina de la Trinidad si dejamos a Jesús comunicarnos su experiencia trinitaria.  Y nos manifestamos con semejante experiencia siendo compasivos nosotros como nuestro Padre es compasivo.

Los demás verán también a Jesús en nosostros si nos mostramos comprensivos para con ellos.  Y asistiendo a los necesitados de todas la maneras y haciendo que otras personas los asistan asimismo, reflejamos seguramente a Jesús (SV.ES XI:393).

Queda patente además que nos alienta el Espíritu cuando confortamos a los descorazonados.  Cuando somos pacientes con los que nos parecen torpes para creer.

Santísima Trinidad, no permitas que nos encerremos en nuestros intereses.  Ojalá estemos dispuestos a entregar nuestro cuerpo y derramar nuestra sangre por los demás.  Así seremos fieles a nuestro bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

27 Mayo 2018
Santísima Trinidad (B)
Dt 4, 32-34. 39-40; Rom 8, 14-17; Mt 28, 16-20


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