Exhalando su aliento sobre nosotros, nos da Jesús resucitado el Espíritu Santo.  Nos envía, ungidos con el Espíritu, para que colaboremos en la evangelización de los pobres.

Se pone Jesús resucitado en medio de los discípulos, no obstante las tinieblas nocturnas y las puertas trancadas.  Primero, les da el saludo de la paz.  A continuación les asegura que él es el mismo a quien siguieron y con quien convivieron.  Al que crucificaron las autoridades y a quien un soldado le traspasó el costado.  Luego, les confía una misión, lo que lleva entonces a que sean ungidos con el Espíritu Santo.

Así que viene Jesús, en primer lugar, para dar la luz y la paz a los discípulos.  Es que tienen miedo.  Y, seguramente, se sienten culpables y avergonzados por haber huido de él cuando más los necesitaba.

Jesús se presenta, en segundo lugar, para fortalecer la fe, que se está debilitando, de los discípulos.  Su Maestro vive.  Está con ellos de nuevo, de manera aún más maravillosa.  La crucifixión, la muerte, el sepulcro no lo puede vencer.

En tercer lugar, si sigue viviendo Jesús, entonces su misión seguirá también.  Y él cuenta con ellos todavía como colaboradores suyos.  Por tanto, Jesús los envía así como el Padre lo ha enviado.

El Padre ha ungido a Jesús con el Espíritu Santo y lo ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres.  Jesús a su vez comparte con nosotros su unción y su misión.  Somos sus ungidos, sí, y sus enviados.  Así pues, no podemos ser sus seguidores sin que seamos ungidos con el Espíritu Santo y nos hagamos misioneros suyos.

Es decisivo que seamos ungidos con el Espíritu Santo.

Ni siquiera podemos decir:  «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.  Un solo Espíritu también produce la unidad de la diversidad.  Además, solo por el Espíritu Santo que los «galileos» podemos hablar de las maravillas de Dios en diferentes lenguas.  Después de todo, «galileos» connota «no sirve para nada», «no vale para profeta».

Y ungidos al igual que Jesús, llegamos a entender que todos los idiomas sirven para anunciar la Buena Noticia.  Ninguna raza, lengua o nación tiene el monopolio del Evangelio y de la evangelización.

Participando de la unción de Jesús, nos convertimos en instrumentos de paz, perdón, tranquilidad y reconciliación.  Y son pobres también cuantos tienen necesidad de paz, perdón, tranquilidad y acogida.

Oh Espíritu Santo, santifica con tu efusión nuestros dones, de manera que sean para nosotros cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo.  Y haz que, ungidos como él, amemos también de manera infinitamente inventiva (SV.ES XI:65).

20 Mayo 2018
Domingo de Pentecostés (B)
Hch 2, 1-11; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23


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