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Esperanza en el porvenir… ¡pero trabajando! • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Abr 30, 2018 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Creo en el progreso de los tiempos cristianos. No me espantan las caídas y las desviaciones que lo puedan interrumpir: las frías noches, que siguen a los ardientes días, no impiden que el verano siga su curso y que los frutos maduren. […] Cuando los bárbaros derribaban los templos de la vieja Roma, no hacían otra cosa que desprender los mármoles con que la Roma de los papas construirían sus iglesias. […] He ahí el porqué doy gracias a Dios por estos años turbulentos; porque, en medio del pánico de una sociedad que cree perecer, me he empeñado en estudios en los que encontré seguridad, y donde aprendí a no desesperar de mi siglo, volviendo los ojos a épocas todavía más amenazadas, y contemplando los peligros por los que atravesó la sociedad cristiana, cuyos discípulos somos, y cuyos campeones, si fuere menester, seremos. No soy de los que cierran los ojos a las tormentas del tiempo presente; bien sé que puedo perecer en ellas, y conmigo esta obra, a la que no prometo mayor duración. Escribo, no obstante, porque, no habiéndome concedido Dios la fuerza precisa para conducir un arado, he de obedecer, sin embargo, a la ley del trabajo y completar mi jornada.

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Federico Ozanam, «La civilización en el siglo V», prefacio.

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Reflexión:

  1. Los dos primeros tomos de las Obras completas de Federico Ozanam (que se comenzaron a publicar en 1855, dos años después de su muerte) están dedicados a las clases que Federico pronunció en la Universidad de la Sorbona, los años 1850 y 1851. El título general de esta obra es «La civilización en el siglo V», y era parte de un enorme proyecto que, desde joven, se propuso acometer: encontrar, a través de la historia antigua y hasta la actualidad, en las culturas del mundo las semillas del cristianismo, que él considera el fundamento del progreso de la sociedad, de todo lo bueno y noble que hay en el hombre. Así, ya con 17 años, les escribía a sus amigos Hippolyte Fortoul y Claude Huchard (que ya estaban estudiando en París): «Este es el plan que me he trazado […] y que os aconsejo adoptéis también […] Igual que vosotros, siento que el pasado se derrumba, que los cimientos del viejo edificio se conmueven y que una terrible sacudida ha cambiado la faz de la tierra. Pero, ¿qué deberá salir de entre esas ruinas? ¿La sociedad deberá permanecer sepultada bajo los escombros de los tronos derribados, o habrá de reaparecer más brillante, más joven y más hermosa? ¿Veremos nosotros ‘nuevos cielos y nueva tierra’? […] La herencia, transmitida desde lo alto hacia el primer hombre y del primer hombre a sus descendientes, es lo que estoy ansioso por investigar» (Carta a Hippolyte Fortoul y Claude Huchard, del 21 de febrero de 1831). Con el tiempo, Federico tuvo que reconocer que quería abarcar demasiado, y concretó sus investigaciones en algunas épocas y culturas determinadas.
  2. Federico no es una persona pesimista ni taciturna. Afronta valientemente la convulsa época que le ha tocado vivir, y «el gran espectáculo al cual hemos sido llamados; es hermoso asistir a una época tan vasta, tan solemne. La misión de un joven en la sociedad es, hoy en día, muy grave y muy importante. ¡Fuera de mí las ideas de desaliento! […] Me alegro de haber nacido en una época en la que quizá esté llamado a hacer mucho bien, y entonces experimento un nuevo ardor por el trabajo, continúo mis investigaciones todo lo posible; me preparo para mi obra» (Carta a Hippolyte Fortoul y Claude Huchard, del 21 de febrero de 1831).
  3. Federico cree en el progreso por el cristianismo, y no se asusta por los vaivenes de la historia. Vivió en una época sumamente difícil, pero sabe que «los frutos madurarán». La visión cristiana de la Historia es, ante todo, una visión optimista: el hombre está llamado por Dios a superar toda dificultad y pecado, a ser protagonista de la historia, continuando la obra de Dios y construyendo su Reino. A pesar de los tiempos difíciles, de las situaciones de pecado, de los horrores de la guerra, la desigualdad, el hambre, la corrupción… los cristianos tenemos una poderosa razón para creer que los tiempos mejorarán: es una promesa de Dios.
  4. Pero Federico no permanece estático en ese optimismo: sabe que está en sus manos (y en la de todos) el realizar esta tarea, y para hacerla hay que ponerse manos a la obra; y lo hace desde sus capacidades, sus talentos, como profesor en la Sorbona, como escritor, como servidor de los pobres en su labor en la Sociedad de San Vicente de Paúl, incluso desde un fracasado proyecto político. Trabajar es ley: no se puede permitir permanecer ocioso, porque eso es ir en contra de la voluntad del Padre.

Cuestiones para el diálogo:

  1. «Creo en el progreso del cristianismo». ¿Que significa esto para nosotros?
  2. ¿Creemos que el cristianismo es una fuerza de progreso para los pueblos del mundo? ¿En qué sentido lo es?
  3. ¿Qué valores del cristianismo están presentes en la sociedad en donde vivo? ¿Que situaciones deben aún ser iluminadas por el cristianismo?
  4. Federico era una persona inteligente y cultivada, y decidió poner sus cualidades al servicio de la reconciliación y el progreso de la sociedad en la que vivió. ¿Somos nosotros conscientes de nuestras propias cualidades y capacidades? ¿Para qué las utilizamos?
  5. ¿Es el trabajo una bendición o una maldición? ¿Trabajamos solo por nuestro propio beneficio, o por el beneficio de los demás también?
  6. Y el servicio, el voluntariado, ¿forma parte de nuestra labor?«Nadie hace nada por nada, y menos gratis. Y quien lo hace es mirado con sospecha». Frases similares se oyen frecuentemente. ¿Qué opinas? ¿Será cierto?
  7. En la última frase del texto, Federico indica que ha de trabajar de acuerdo a sus capacidades: «no habiéndome concedido Dios la fuerza precisa para conducir un arado, he de obedecer, sin embargo, a la ley del trabajo». La ociosidad no es, ni para él ni para cualquier cristiano, una opción. Todos tenemos un papel que jugar y una labor que cumplir. ¿Lo hacemos? Y, más aún, ¿nos conformamos con «hacer lo mínimo», o nos esforzamos por ir «más allá»?

Javier F. Chento
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