Dios no abandona a Jesús en el sepulcro.  No deja al que le ha sido fiel hasta la muerte conocer la corrupción.   Es un milagro patente, inesperado.

Va al sepulcro de Jesús María Magdalena y se topa ella con algo inesperado.  Es que ve abierto el sepulcro.  Eso es, —según el evangelista Marcos—, lo que menos esperan ver María Magdalena, María la de Santiago y Salomé.  Con amor apasionado, emocionadas por la oportunidad de embalsamar a Jesús, se preguntan quién les quitará la piedra del sepulcro.

Al notar lo inesperado, María Magdalena, —por volver al evangelista Juan—, corre adonde están Pedro y el otro discípulo.  Les comunica lo inesperado:  «Se han llevado del sepulcro al Señor».

Y los discípulos, a su vez, corriendo salen camino del sepulcro.  El otro discípulo llega primero, pero solo se asoma, logrando así ver las vendas en el suelo.  Cede la prioridad a Pedro; no entra hasta después de que haya entrado Pedro.

Entra, pues, Pedro y ve también las vendas en el suelo.  Pero ve además el sudario, no por el suelo con las vendas, sino enrolado en un sitio aparte.

Sin lugar a dudas, a Pedro también le resulta inesperado encontrar vacío el sepulcro.  Pero lo que le interesa a Pedro en este momento es verificar la declaración de María Magdalena.  Y parece concluir él que ella no acierta.  Está vacío el sepulcro, sí, pero no hay evidencia de que alguien se haya llevado el cadáver.  Y esto es todo para Pedro.

Pero no se detiene allí el otro discípulo.  Ve lo que Pedro.  Pero cree además y logra entender lo que no le debe resultar inesperado a nadie.  Después de todo, lo predice la Escritura:  Cristo no conocerá la corrupción.

Así que lo inesperado le abre los ojos al otro discípulo.  Con razón no tiene nombre propio.  Discípulo predilecto simplemente.  Es decir, modelo del verdadero creyente.  Debemos ser él.

Señor Jesús, concédenos la gracia de contarnos entre los verdaderos creyentes.  Haz que vayamos a Galilea.  Ojalá te veamos allí en los pobres, «en su sed, en su hambre, en su soledad, en su desventura».  Que pasemos como tú haciendo el bien, para que un día te oigamos decirnos a cada uno:  «Entra en el gozo de tu Señor, en su reino, en su banquete».  Así nos resultará grata sorpresa lo inesperado:  «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos, más pequeños conmigo lo hicisteis».  Asimismo, apareciendo tú, nuestra vida, apareceremos juntamente contigo, en gloria.

1 Abril 2018
Domingo de Pascua de Resurrección (B)
Hech 10, 34a. 37-43; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9/Mc 16, 1-7


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