Elevado sobre la tierra, Jesús atrae a todos hacia sí.  Nos quiere a todos nosotros muriendo con él en la cruz, para que tengamos vida eterna.

Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que buscamos todos la autorrealización.  Quizás no podemos definirla ni especificar los medios propios para su consecución.  Pero, sí, nos esforzamos todos por alcanzarla.

Por eso, nos entrenamos, nos empeñamos en tener una buena carrera o nos comprometemos a un negocio, trabajo o proyecto.  Y tomamos nuestros logros al respecto como indicación de la autorrealización.

Pero pese a todos nuestros éxitos, y la felicidad que nos traen, aún sentimos que algo nos falta.  Por lo visto, ninguna experiencia humana de alegría, éxito, seguridad o bienestar puede darnos plenitud.

Es que tal experiencia se manifiesta muy limitada.  Ella nos resulta bien pasajera; fácilmente la disipan nuestras miserias y fracasos.  Así pues, acabamos deseando algo más de lo que tenemos.  Por último, realmente, inquietos y descontentos permanecemos hasta que descansemos contentos en Dios (Confesiones I, 1, 1).

Solo Dios nos basta a todos y a cada uno de nosotros.

Dios es el único que puede dar cumplimiento al deseo que todos abrigamos, consciente o inconscientemente, en el fondo de nuestro ser.  Y nos revela, mediante el que lo dar a conocer, los propios medios para la consecución de la plenitud.

Jesús crucificado, sí, es la revelación en persona de la autorrealización que desea Dios para nosotros.  Por eso, el levantado en alto, el que aprende, sufriendo, a obedecer, atrae a todos hacia sí.  Es decir, se constituye el Iniciador y Consumador glorioso de la plenitud que se espera de todos.

Se trata, desde luego, de la fecundidad del grano del trigo que cae en tierra y muere.  Significa esa fecundidad, esa plenitud, la plena autorrealización que brota del vivir y morir para los demás, no para nosotros mismos.  Del vivir y morir por causa del reino de Dios y su justicia.

Y ese nuevo vivir y morir quiere decir la venida de la nueva alianza.  Con la nueva alianza, judíos y samaritanos, griegos y gentes de toda raza y nación, dan culto verdadero a Dios.  Sirven a los pobres, y no se manchan las manos con este mundo codicioso e injusto.  Y ayunan auténticamente, luchando por la justicia y compartiendo sus posesiones con los necesitados.

Señor Jesús, haz que, todos vivamos y muramos unos para otros.  Bendecimos el mismo cáliz y partimos el mismo pan, y te contemplamos en la cruz.  Haciendo esto, que nos acordemos de que vivimos en ti por tu muerte y que morimos en ti por tu vida (SV.ES I:320).

18 Marzo 2018
Domingo 5º de Cuaresma (B)
Jer 31, 31-34; Heb 5, 7-9; Jn 12, 20-33


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