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Ser sencillos • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Feb 26, 2018 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Quiera Dios conservarnos en la sencillez de nuestros comienzos y san Vicente de Paúl nos reconocerá como discípulos suyos, si mantenemos ese carácter.

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Federico Ozanam, al Consejo General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, 10 de julio de 1953.

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Reflexión:

  1. En un discurso al Consejo General de la Sociedad de San Vicente de Paúl, en el año 1853, Ozanam les pide que conserven la sencillez que les unió en los humildes comienzos de la Sociedad. Federico estaba llegando al fin de su estancia en la tierra. La enfermedad le limitaba enormemente y consumía su vida. Como sabemos, murió el 8 de septiembre de 1853, apenas dos meses después de pronunciar estas palabras.
  2. La sencillez es una de las virtudes vicencianas. San Vicente llega a decir: “¿Dónde habita nuestro Señor? En los sencillos de corazón” (IX, 726). «El Sr. Vicente quiso que la sencillez fuera la primera virtud de la Compañía de sacerdotes que él fundó, la primera que tendría que practicar y por la que se la reconocerá, porque, dijo: ‘La doblez es la peste del misionero’ (XI, 587)» (cf. VV.AA., «San Vicente de Paúl y las Virtudes: la sencillez», En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy).
  3. Federico insta al Consejo General a no perder aquella sencillez inicial, que hizo que un grupo de siete estudiantes universitarios comenzasen un movimiento de caridad que, ya en tiempos de Federico, traspasó fronteras y creció con rapidez: sencillez personal y comunitaria para servir al pobre afectiva y efectivamente, y reconocerle como uno de los rostros privilegiados de Cristo en nuestro mundo. Ojalá sepamos, en nuestro convulso siglo XXI, seguir viviendo esta virtud con fidelidad al espíritu que guió a Vicente de Paúl y a Federico Ozanam.
  4. Hay muchos textos de san Vicente que nos invitan a reflexionar y vivir esta virtud. Reflexionemos algunas de sus palabras:
    • «Dios es infinitamente simple, es la misma simplicidad; por tanto, donde hay simplicidad y sencillez, allí está Dios. Como dice el sabio, el que camina con sencillez, camina seguro; por el contrario, los que recurren a cautelas y artimañas están en un miedo continuo de que descubran su artificio y de que, al verse sorprendidos en su doblez, nadie quiera fiase de ellos» (XI, 740).
    • «Dios ha prometido comunicarse a los pequeños y a los humildes y manifestarles sus secretos. Así pues, ¿por qué no vamos a creer que lo que se dice es de Dios, si lo dicen los pequeños y lo dice también a unos pequeños? Sí, Hermanas mías, Dios se goza tanto en esto, que hasta se puede decir que su mayor contento es darse a conocer a los humildes. A Él no le gusta la pompa y el ornato exterior; se complace en el alma humilde, en el alma que es instruida por Él solo y que no hace caso de la ciencia de este mundo» (IX, 367).
    • «Como nuestro Señor pide de nosotros la sencillez de la paloma, que consiste en decir las cosas con toda sencillez, como se las piensa, sin reflexiones inútiles, y en obrar buenamente, sin artificios ni complicaciones, mirando solamente a Dios, por eso cada uno se esforzará en hacer sus actos con este mismo espíritu de sencillez» (XI, 459-460).
    • «¿A quiénes se la da entonces? (la penetración de las virtudes cristianas). Al pueblo sencillo, a las buenas gentes. Podemos comprobar esto en la diferencia que se advierte en la fe De los campesinos y la nuestra. Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva; ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. Lo ordinario es que sepan conservar la paz en medio de sus penas y calamidades. ¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos, Dios hace abundar en ellos las gra­cias que les niega a los ricos y sabios del mundo» (XI, 462).
    • «Y si miramos a nuestro prójimo, cómo hemos de asistirlo corporal y espiritualmente, ¡Dios mío!, hemos de evitar parecer cautelosos, taimados, astutos y, sobre todo, no decir nunca una palabra de dos sentidos. ¡Qué lejos ha de estar todo eso de un misionero!» (XI, 586-587).
    • «Os diré, pues, mis queridas Hijas, que el espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de finuras, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar, porque la sencillez les hace creer simplemente lo que se les dice. De esta forma, Hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Caridad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sencillas, si no sois obstinadas en vuestras opiniones, sino sumisas a las de los demás, cándidas en vuestras palabras, y si vuestros corazones no piensan en una cosa, mientras que vuestras bocas dicen otra. Mis queridas Hermanas, quiero creer esto de vosotras. ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios, hijas mías!» (XI, 92).
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Cuestiones para el diálogo:

  • En mis relaciones, ¿soy sencillo, veraz, hablando sin rodeos ni dobleces?
  • ¿Me muestro siempre como soy, sin importar quién sea la persona o grupos con los que me relaciono?
  • ¿Qué he aprendido de mi trato con los pobres?
  • Personalmente, ¿qué estilo de vida he escogido? ¿con qué criterios? ¿por qué?
  • En familia, en grupo, en comunidad, ¿tenemos un estilo de vida sencillo?
  • ¿Cómo debemos planteamos la sencillez en nuestra realidad actual, hoy en día?

Javier F. Chento
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