Desierto: prueba y gracia; cruz y resurrección

por | Feb 15, 2018 | Cuaresma, Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

En el desierto, supera Jesús la fuerza satánica.  Así se revela el Primogénito de la nueva creación y la Cabeza del nuevo pueblo de Dios.

El Espíritu empuja a Jesús al desierto.  Allí permanece Jesús cuarenta días, tentado por Satanás, viviendo entre alimañas y servido por ángeles.

Así resume Marcos la experiencia de Jesús en el desierto.  El evangelista omite detalles.  Puede ser que no se detenga en ellos para que lo central no nos resulte olvidado. Y lo central es esto:  la vida de Jesús se resume en su experiencia en el desierto.

Es decir, vive Jesús, en primer lugar, siempre guiado por el Espíritu.  Es el mismo Espíritu que bajó sobre él en el Jordán.

En segundo lugar, el desierto desempeña un papel decisivo en la vida de Jesús.  Allí ora a su Padre; lo escucha y con él habla.  Para Jesús, el desierto quiere decir además cuidado providencial de Dios en medio de pruebas, adversidades, peligros, inseguridades.  Es más que suficiente la gracia de Dios en momentos difíciles; crucifixión significa resurrección.  Esto, sí, lo dan a entender la convivencia con alimañas y el servicio de los ángeles.

En tercer lugar, pues, lleva Jesús una vida de confianza en Dios y de obediencia a su palabra.  A diferencia de Adán, no cae Jesús en la tentación, y así representa él la nueva creación.  Es además el nuevo Noé de la humanidad convertida y renovada.

Tampoco pone a Dios a prueba Jesús ni duda de él, como lo hicieron los israelitas salidos de Egipto.  En el desierto aprende a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios.  Fortalecido por la palabra, se resiste a todo poder opuesto al reino y la justicia de Dios.  Así que Jesús personifica todo lo que busca Dios en su pueblo.

Y, claro, lo que es el desierto para Jesús esto lo quiere él para nosotros.

Señor Jesús, haz que frecuentemos el desierto.  Danos tu Espíritu que nos haga posible seguir paso a paso la providencia de Dios (SV.ES II:176) y la experimentemos.  Que el Espíritu nos devuelva a la vida en la hora de nuestra muerte.  Enséñanos a confiar totalmente en Dios, ciertos de que nos basta con su gracia, que la fuerza se realiza en la debilidad.  Que nos alimentemos de la palabra de Dios, del Evangelio.  Así tendremos la fuerza para vivir lo que celebramos en la Eucaristía.

18 Febrero 2018
Domingo 1º de Cuaresma (B)
Gen 9, 8-15; 1 Ped 3, 18-22; Mc 1, 12-15

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