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Sacerdotes entregados a los pobres y necesitados • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Nov 20, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Sacerdotes, no os ofendáis por la libertad de unas palabras laicas que hacen una llamada a vuestro celo […]. Desconfiad de vosotros mismos, de las costumbres de una época más apacible, y dudad menos del poder de vuestro ministerio y de vuestra popularidad. Se os debe esta justicia, que amáis a los pobres de vuestras parroquias, que acogéis con caridad al indigente que llama a vuestra puerta, y que no os hacéis esperar si él os llama a la cabecera de su cama.

Pero ha llegado el momento de que os ocupéis más de esos otros pobres que no mendigan, que normalmente viven de su trabajo y a los que nunca se asegurará su derecho al trabajo ni el derecho a la asistencia, que están necesitados de socorro, de consejo y de consuelo.

Ha llegado el momento de ir a buscar a aquellos que no os llaman, que, confinados en los barrios de mala fama, quizá no hayan conocido nunca ni la Iglesia, ni al sacerdote, ni el dulce nombre de Cristo.

No preguntéis cómo os recibirán, o más bien preguntadlo a los que les han visitado, a los que se han aventurado a hablarles de Dios, que no les han encontrado más insensibles que los demás hombres a una palabra buena y a las buenas acciones.

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Federico Ozanam, «Aux gens de bien» [A las gentes de bien], en L’Ère Nouvelle, nº 151, del 15 de septiembre de 1848.

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Reflexión:

  1. En este artículo, publicado en el periódico L’Ere Nouvelle, Federico anima a diversos grupos sociales a que asuman con valentía sus responsabilidades en la sociedad que les toca vivir, compleja y convulsa, y con muchas cuestiones que reclamaban soluciones, como es el caso de la cuestión social, de la que ya hemos hablado en otras ocasiones (por ejemplo, aquí y aquí).
  2. En este párrafo se dirige a los sacerdotes. Ya en un texto anterior animaba a su hermano Alphonse, también sacerdote, a que saliese del reducido ámbito de su parroquia para ir a encontrarse con los pobres y los obreros, «una inmensa población a la que no conocen».
  3. Los obreros, trabajadores de las primeras industrias, eran auténticos marginados en el tiempo de Federico: mal pagados, viviendo en condiciones infrahumanas, pocos se preocupaban de sus intereses y derechos. Ozanam reclama a los sacerdotes que se ocupen también de ellos, «a los que nunca se asegurará su derecho al trabajo ni el derecho a la asistencia, que están necesitados de socorro, de consejo y de consuelo». Es una verdadera llamada a salir a las periferias, a los «barrios de mala fama», a encontrarse con todos aquellos que «quizá no hayan conocido nunca ni la Iglesia […] ni el dulce nombre de Cristo».
  4. Entonces, como ahora, una llamada de este tipo puede provocar inseguridad, por obligarnos a salir de nuestras zonas de confort y experiencias pasadas y afrontar situaciones nuevas y desconocidas, que necesitan respuestas que no se van a encontrar en experiencias previas. Federico pide a los sacerdotes dos cosas que también podemos pedir hoy: (1) «desconfiad […] de las costumbres de una época más apacible»; (2) «dudad menos del poder de vuestro ministerio». En una sociedad secularizada, como la de hoy, el ordenado puede dudar incluso de la utilidad de su ministerio o, no dudando de ella, replegarse en el pequeño grupo de los que le son afectos, de los cercanos a la parroquia, y desentenderse del resto. Pero ya no vivimos los tiempos en que ser cristiano era lo habitual, incluso lo virtuoso. Hay muchos, hoy en día, como en tiempos de Federico, que no conocen a Jesucristo; mucho más que, en su situación de desamparo, nadie aboga por ellos. ¿Estaremos nosotros, cristianos, y especialmente los sacerdotes, también a su servicio?
  5. Termina Federico diciendoles —y diciéndonos tambien a nosotros— que no tengan miedo; que no se pregunten si les recibirán bien o mal, o qué pensarán de ellos por ir a barrios de mala fama. Porque los pobres, los necesitados, también son sensibles a «una palabra buena y a las buenas acciones». De esto trata, a mi modo de ver, eso que en la tradición vicenciana está tan presente: anunciar al Dios vivo con el esfuerzo de las manos y el sudor de la frente, no solo con la palabra piadosa.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Qué parecidos encontramos entre la situación de los obreros que nos dibuja Ozanam y la actual?
  2. ¿Cómo estamos actuando los vicencianos para combatir estas pobrezas?
  3. ¿Estamos «saliendo a las periferias», como nos pide Federico y el papa Francisco, para encontrarnos con los necesitados?
  4. Si soy laico vicenciano: ¿cómo puedo ayudar a vivir este compromiso a nuestros consagrados en la Familia Vicenciana?
  5. Si soy sacerdote vicenciano: ¿estoy viviendo estas actitudes y compromisos en mi existencia personal?

Javier F. Chento
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