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¿Quién es el rico que se salvará? • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Oct 16, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

No hablemos de los que tenían una suerte mejor [en la calle de Lyonnais], esos que tenían dos camas para seis personas, en las que se amontonaban en desorden sanos y enfermos, y chicos de dieciocho años con chicas de dieciséis. No hablemos de lo ruinoso de la ropa que llegaba al punto que en la misma casa una veintena de niños no podía ir al colegio por falta de ropa. Al menos, haría falta que estos desdichados encontraran en algún sitio su comida y que, si se murieran de inanición, no se diga que literalmente se han muerto de hambre en la ciudad más civilizada de la tierra. Algunos viven de los restos que, a través de las rejas del Luxemburgo, les distribuyen los cocineros de la tropa acuartelada en el castillo. Una anciana se alimentó durante ocho días de los trozos de pan que recogía entre las inmundicias y que ella empapaba en agua fría.

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Federico Ozanam, «Aux gens de bien» [A las gentes de bien], en L’Ère Nouvelle, nº 151, del 15 de septiembre de 1848.

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Reflexión:

  1. Sorprende (para mal) ver lo poco que ha cambiado la situación de los pobres en las grandes urbes, desde cuando escribe esto Ozanam, hace más de 150 años, hasta nuestros días. Estoy convencido de que muchísimos vicencianos, y también cristianos y personas de buena voluntad en general, pueden, hoy en día, dar testimonio de situaciones semejantes en su entorno.
  2. Al leer este texto de Federico, inmediatamente vio a mi mente una experiencia personal, en una ciudad donde viví hace algunos años: tuve la gracia de visitar a una familia de emigrantes. Vivían, en un piso de apenas 40 metros cuadros, los seis miembros de la familia: el matrimonio, tres hijos de entre 7 y 16 años, y la abuela, bastante anciana y enferma. La desgracia había hecho que ambos esposos perdieran sus trabajos y se quedasen sin apenas ninguna ayuda social. La abuela dormía en un sillón, en la pequeñísima sala de estar; el matrimonio, junto a la hija pequeña, en una habitación, no menos pequeña; los dos adolescentes también compartían cama y cuarto. Gracias a la ayuda económica y el apoyo de un grupo de vicencianos, podían comer y pagar el alquiler del piso y las facturas de la electricidad, el agua, el colegio y materiales escolares de los hijos, etc… Uno nuevamente se pregunta, al ser testigo de estos casos de personas buenas y trabajadoras, qué es lo que está funcionando mal en nuestra sociedad, que condena al olvido y la miseria a personas que son tan dignas y merecedoras de respeto que cualquiera de nosotros.
  3. Los pobres nos enfrentan a nuestra situación. Nos interpelan, nos confrontan, cuestionan nuestro estilo de vida y nuestro compromiso con el evangelio.
  4. La mala distribución de los bienes es algo que los creyentes vienen denunciando ya desde los primeros tiempos del cristianismo. En la Didaché, también llamada la «Doctrina de los Doce Apóstoles», escrito de finales del primer siglo de nuestra era, dice: «No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar» (Cap. 4); «No rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio. Pues si os comunicáis en los bienes inmortales, ¿cuánto más en los mortales?» (Cap. 4). En varias partes de este documento encontramos formulada, de manera inequívoca, la obligación de compartir los bienes que se poseen.
  5. Los Santos Padres escribieron muchos textos a este respecto. Recordemos uno de san Clemente de Alejandría, en el que indica que la riqueza no es, en sí, mala, sino el uso que hacemos de ella: «Instrumento así es también la riqueza. Si de ella se usa justamente, se pone al servicio de la justicia. Si de ella se hace uso injusto, se la pone al servicio de la injusticia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser ni buena ni mala. La riqueza no tiene culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que de sí y ante sí hace; y esto compete a la mente y juicio del hombre, que es en sí mismo libre y puede, a su arbitrio, manejar lo que se le da para su uso. De suerte que lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las pasiones del alma que no permiten hacer el mejor uso de ellas» (Tratado «Quis dives salvetur» [¿Quién es el rico que se salvará?], nº 14).
  6. Ante la visión de la injusticia y la pobreza, los vicencianos estamos llamados, ante todo, a dos cosas: primera, a aliviarla («Hay que atender a las necesidades de los pobres con la misma rapidez con que se corre a apagar el fuego«, san Vicente de Paúl, SVP XI-4, 724); en segundo lugar, esforzarse activamente en cambiar la sociedad para que el reparto de la riqueza garantice el bienestar de los necesitados y transforme la realidad sistémicamente. Este segundo punto implica, obligatoriamente, que nosotros, a nivel personal, vivamos con sencillez y sin apego a nuestras posesiones.

Cuestiones para el diálogo:

  1. Compartimos con el grupo alguna experiencia personal que nos haya marcado, en la linea de las de Federico. ¿De qué modo cambió mi vida aquella experiencia?
  2. ¿Cómo podemos hacer realidad en nuestras vidas los textos que hemos leído, de la Didaché y de Clemente de Alejandría?
  3. ¿Forma parte de mi revisión de vida el uso que hago de mis bienes personales?

Javier F. Chento
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