Te pido que pienses en un jefe en particular en uno de los trabajos que has tenido a lo largo de los años y también que recuerdes las diferentes maneras en que te sentiste respecto a aquel jefe. ¿Sentías que él o ella era indiferente hacia ti, era desconfiado y controlador, o estaba básicamente de tu parte?

  • Indiferente. No tenía ningún interés o apego personal real y estaba satisfecho si hacías tu trabajo, la relación era estrictamente profesional y si llegaba el día vino que no producías en el trabajo, eso sería el fin.
  • Desconfiado. Tenías la sensación de que te observaba por encima del hombro, esperando un error para poder atracarte e incluso deshacerse de ti. Este hombre no estaba de tu parte, incluso quizás te temía como a un rival.
  • De tu parte. Estaba interesado en que tuvieses éxito y salieses adelante, estaba preocupado por ti y tu familia, te daba el beneficio de la duda, y trabajó para superar los malentendidos porque tenía confianza en ti.

Estas actitudes sobre el jefe se registran más como sentimientos e intuiciones que como temas demostrables, en razones y hechos.

En el lugar de este jefe, te pido que pongas la persona de Dios. Y luego, por un momento, deja que afloren los sentimientos más profundos que tienes acerca de Dios. No las definiciones del catecismo o los muchos testimonios que has escuchado de que Dios es amor, sino tu sentido interior y reacciones instintivas, las semillas imaginativas que fueron plantadas durante la infancia y se arraigaron entonces.

Y así, nuestras tres categorías:

El Dios Indiferente: el que lo creó todo y lo vigila, pero de lejos. En lo cotidiano este Dios no está muy involucrado en su creación, algo así como un relojero que construye el reloj, lo pone en marcha y luego retrocede para dejarlo funcionar por sí mismo.

El dios inspector: el que mira encima de tu hombro esperando ese primer error que él pueda registrar en el libro. Este es el Dios del “Mejor que tengas cuidado”, la deidan que anota puntuaciones, lista para atacar.

El Dios de tu lado: el que trabaja para que crezcas y florezcas y seas lo mejor que puedas. El que te aprecia tanto que puedes sentir la holgura en su línea cuando pierdes el norte. Aquel cuyos ojos sonríen y animan, y cuyos palabras de ánimo puedes sentir. Sabemos que así es como Dios expone su propia identidad al pueblo judío, “Yo soy el que soy. ¡Yo soy para ti!”

Por supuesto, es este tercer Dios a quien todas las Escrituras proclaman. Leemos en el Libro de la Sabiduría, “Porque aunque eres el maestro del poder, juzgas con clemencia. Con mucha indulgencia nos gobiernas. Por tu amabilidad enseñas a tu pueblo a ser bondadoso”. Y entonces el salmista que estalla con: “Tú, oh Señor, eres un Dios bueno y misericordioso”.

Sospecho que la mayoría de los cristianos adultos sostienen que es el tercer Dios al que adoran, el misericordioso y gracioso. Pero profundos psicólogos sacudírían sus cabezas y apuntarían a trazos de los otros dos tipos que también flotan adentro. Es decir, aquellas respuestas reflexivas, bajo presión, la primera reacción: “Dios realmente no importa. Sólo soy otro número en el libro de la creación. El Todopoderoso está observando y una buena parte de lo que Dios hace es marcar en ese gran libro mayor al que me enfrentaré en la cuenta final”.

No es facil admitir tales agitaciones, pero sí que se levantan de vez en cuando. Y es por eso que la mayoría de nosotros, por más embarazoso que nos parezca, tenemos que trabajar en la creencia, no en la creencia de si Dios existe, sino en qué tipo de Dios creemos. Una y otra vez los cristianos son desafiados a custodiar más profundamente en sí mismos la verdad de que nuestro Dios es un Dios misericordioso que abunda en misericordia y favor, que el carácter central de Dios es el amor mismo.

Tras todas las actividades y proyectos visibles de san Vicente se encontraba su proyecto general para llevar a casa sólo esta creencia interior. Se dispuso a convencer a los pobres de su tiempo de que Dios estaba de su lado y quería lo mejor para ellos. Y él haría esto, como él dice a menudo, por palabra y obra. La tarea de convencer a alguien, y más a alguien en los márgenes, de que él o ella es amado es realmente desalentadora. Necesita el respaldo sólido del cuidado amoroso dado a largo plazo. Vicente sabía que la afirmación de que la Buena Nueva es la noticia de que Dios nos ama por siempre, nos suena hueca a menos que el amor se manifieste en un servicio amoroso y activo. Sus seguidores hacen hoy su mejor esfuerzo para operar fuera de esa misma mentalidad, esa motivación idéntica. Al fin y al cabo, todo lo que decimos y hacemos los vicencianos se propone comunicar (“proclamar”) la naturaleza de ese “tercer Dios”, el que nos ama hasta el fin.

Y no es una de las mejores razones para volver a la mesa eucarística cada semana. Es decir, “conseguir” y seguir recibiendo el mensaje que ofrece. Este es el Dios que, en Jesús, da todo su ser, entregando su cuerpo y derramando su sangre por nosotros. Es un mensaje que en palabra y obra debe seguir penetrando, o en las palabras de la Biblia debe seguir perforando nuestros corazones.

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