“El mandamiento que Dios nos ha dado de amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro pen­samiento, etcétera, no significa que Él quiera que nuestro cora­zón y nuestra alma sientan siempre ese amor. Se trata de una gracia que su bondad concede a quien le parece. Lo que Él quiere es que, por un acto de la voluntad, todas nuestras accio­nes se hagan por su amor. Al entrar en la Compañía, habéis vis­to cuáles eran esas obligaciones; os habéis entregado a Dios pa­ra cumplirlas en su amor, y todos los días habéis renovado este acto. Estad seguras, hermanas mías, de que, aunque no gocéis del consuelo de sentir la dulzura de ese amor, no dejáis de tenerlo, cuando hacéis lo que hacéis por ese amor” (IX, 435).

Vicente de Paúl

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Reflexión:

  1. “El amor todo lo puede”, podríamos sintetizar. Sorprende la argumentación que emplea el sr. Vicente para consolar a quienes (en este caso hijas de la Caridad) se sienten mal por no actuar continuamente pensando en la voluntad de Dios. Bien claro lo expresa: “Lo que Él quiere es que, por un acto de la voluntad, todas nuestras accio­nes se hagan por su amor”. Un acto… porque “el amor de Dios” no deja de ser una gracia que el mismo Dios concede a quien le parece bien.
  2. Un punto de partida (“amar a Dios”) que nace del primero de los Mandamientos y debe estar en el despliegue de nuestras acciones y que es la otra cara de la moneda: “el amor de Dios” a todas sus criaturas. Desde esta perspectiva sale el sr. Vicente al paso de la “sequía espiritual” que puede sentir la criatura en determinados momentos de su vida: “no significa que Él quiera que nuestro cora­zón y nuestra alma sientan siempre ese amor”.
  3. Que el mandamiento de “amar a Dios” es clave para el sr. Vicente no tiene la menor duda y es la obligación fundamental: “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro pen­samiento”; así se lo recuerda: “Al entrar en la Compañía, habéis vis­to cuáles eran esas obligaciones; os habéis entregado a Dios pa­ra cumplirlas en su amor, y todos los días habéis renovado este acto”.
  4. Cosa diferente es el sentimiento de que Dios reconozca nuestra diaria renovación del compromiso de amarlo. Una persona, es lo más natural, espera reciprocidad en una relación. Sin embargo, previene el sr. Vicente de que no siempre, respecto a Dios, somos conscientes de esta reciprocidad: “Estad seguras, hermanas mías, de que, aunque no gocéis del consuelo de sentir la dulzura de ese amor, no dejáis de tenerlo, cuando hacéis lo que hacéis por ese amor“. Dar sin esperar siendo conscientes de que el amor de Dios es permanente.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Es permanente nuestra relación con el Dios de Jesucristo?
  2. ¿Traslucimos en nuestro actuar, personal y comunitario, este amor?
  3. ¿Estamos “armados” suficientemente para salir adelante cuando sentimos el abandono de Dios?
  4. ¿Somos explícitos en el anuncio de un Dios que nos ama?
  5. ¿Reflejan nuestras obras el amor de Dios a la humanidad?

Mitxel Olabuenaga, C.M.
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