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Responsables de anunciar la Palabra de Dios • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Sep 4, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Querido amigo, no tenemos la fe suficiente, siempre estamos queriendo el restablecimiento de la religión por medios políticos, soñamos con un Constantino que, de golpe y con un solo esfuerzo, lleve a los pueblos al redil. Es que conocemos mal la historia de Constantino, cómo él se hizo cristiano precisamente porque ya era cristiana más de la mitad del mundo, cómo la muchedumbre de los escépticos, de los indiferentes, de los cortesanos que le siguieron y entraron en la Iglesia, no llevaron a ella más que la hipocresía, el escándalo, la relajación. No, no, las conversiones no se consiguen a través de las leyes, sino por las costumbres, por las conciencias que hay que convertir una a una […]. No pidamos a Dios malos gobiernos, pero no intentemos darnos uno que nos descargue de nuestros deberes encargándose él de una misión que Dios no le ha confiado en relación a las almas de nuestros hermanos.

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Federico Ozanam, Carta a Alexandre Dufieux, del 9 de abril de 1851.

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Reflexión:

  1. La relación Iglesia-Estado siempre ha sido un tema candente. También lo fue en tiempos de Ozanam. Muchos, en aquellos momentos, abogaban por un estado manifiestamente católico, que apoyase efectivamente a la religión católica, situada esta como «religión del estado».
  2. Federico, en esta carta, pone las cosas en su sitio. La historia de Constantino es conocida, aunque quizás mal interpretada, como el mismo Ozanam dice: el sociólogo Rodney Stark sugirió que el edicto de Milán (en el año 313, en el que se establecía la libertad de religión en el Imperio romano, dando fin a las persecuciones dirigidas por las autoridades contra ciertos grupos religiosos, particularmente los cristianos) no fue la causa del triunfo del cristianismo, sino una respuesta astuta de Constantino frente al crecimiento exponencial del número de cristianos en el Imperio romano. Quizás fue una jugada política de Constantino, que no se hizo bautizar hasta el lecho de muerte. De todos modos, la historia posiblemente haya malinterpretado este episodio, dándole al cristianismo carácter de religión de estado en el Imperio Romano, cuando en realidad las conversiones eran ya abundantes entre el pueblo.
  3. Otro tema, muy distinto, es la necesidad de que en los foros públicos los cristianos se hagan presentes para mejorar la sociedad. No solo es un derecho, sino una obligación para todos nosotros.
  4. Pero «las conversiones no se consiguen a través de las leyes». No es ni derecho ni obligación del Estado hacer esto. Sería una aberración. Nuestra fe se trasmite en el tú a tú, en el encuentro cercano y amable con las personas.
  5. Resaltemos el último pensamiento de Ozanam: es una obligación de los creyentes el proclamar el Evangelio. Parece tan sencillo de decir, pero, ¿de hacer? Y, sin embargo, es la misión que el mismo Jesucristo nos confió, en sus últimos momentos en la tierra: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Luego vendría san Vicente y a nosotros, sus seguidores, nos enseñaría cómo se proclama de verdad el Evangelio: de palabra y de obra. Solo uniendo estas dos facetas construimos verdaderamente el Reino de Dios.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Cómo es la presencia vicenciana en los foros sociales y políticos?
  2. ¿Nos preocupamos de evangelizar «de palabra», a nuestros conocidos y personas cercanas?
  3. ¿Nos preocupamos de evangelizar «de obra», con nuestras manos y esfuerzo, construyendo una sociedad más humana?

Javier F. Chento
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