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La fe, un acto de voluntad • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Ago 28, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Querido amigo, usted se mete en fatigas prolongadas que no dejan de tener su peligro para una salud puesta a prueba tan cruelmente. Soporte, pues, mi inquietud. Usted está buscando, así lo dice, crearse intereses nuevos, y con ese espíritu especial que Dios le ha dado remueve todos los estudios, y ahora va a recorrer medio mundo para encontrar novedades que le atraen. Y, sin embargo, existe un interés soberano, un bien capaz de atraer y de satisfacer a su excelente corazón, y me temo, querido amigo, tal vez esté equivocado, que no piensa usted en él lo suficiente. Es usted cristiano por las entrañas, por la sangre de su padre incomparable; usted cumple todos los deberes del cristianismo hacia los hombres, pero, ¿no hay que cumplir los deberes hacia Dios? ¿No hay que servirle? ¿No hay que vivir en una relación estrecha con él? ¿No encontraría usted en ese servicio consuelos infinitos? ¿No encontraría en él la seguridad de la eternidad?
Usted me ha permitido intuir más de una vez que esos pensamientos no estaban lejos de su corazón. El estudio le ha dado a usted a conocer a tantos grandes cristianos; ha visto usted a su alrededor a tantos hombres eminentes acabar cristianamente sus vidas; esos ejemplos le están reclamando, pero las dificultades de la fe le detienen. Sin embargo, querido y excelente amigo, jamás he hablado de esas dificultades con usted porque usted tiene infinitamente más saber y más inteligencia que yo. Pero permítame que le diga: no hay más que filosofía y religión. La filosofía tiene ideas claras, ha conocido a Dios, pero no lo ama, ni jamás ha hecho correr una de esa lágrimas de amor que un católico encuentra en la comunión, y cuya dulzura incomparable valdría por sí sola el sacrificio de toda la vida. Si yo, débil y malo, conozco esa dulzura, ¿qué sería de usted, cuyo carácter es tan elevado y cuyo corazón es tan bueno? Encontraría ahí la evidencia interior ante la cual se disipan todas las dudas. La fe es un acto de virtud, por consiguiente un acto de voluntad. Un día hay que decidirse, hay que entregar su alma y entonces Dios da la plenitud de la luz.

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Federico Ozanam, Carta a Jean-Jacques Ampère, del 24 de agosto de 1851.

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Reflexión:

  1. Jean Jacques Ampère, a quien va dirigida esta carta, era hijo de André Marie Ampère, el célefre físico. André Marie fue un profundo creyente e influenció muy positivamente en Federico Ozanam, quien vivió en su casa durante dos años: «La estancia en casa del señor Ampère fue, para Federico, de gran provecho en muchos aspectos. El patriarca de los matemáticos, como se le conocería más adelante, sintió enseguida un paternal afecto hacia su joven huésped y profesó, a sus virtudes y talentos, ese generoso tributo de admiración que solo saben prestar los que son verdaderamente grandes» (Kathleen O’Meara, Federico Ozanam, profesor en la Sorbona, Barakaldo: Somos Vicencianos, 2017, capítulo V). Federico le ayudó en algunos de sus estudios científicos: «El señor Ampère conversaba frecuentemente con Federico que, entonces, tenía dieciocho años. Le llevaba aparte a su oficina y le exponía su filosofía de las ciencias. Incluso le hacía trabajar, y conservo las tablas de su clasificación de las ciencias, escritas mano a mano por ambos. Estas conversaciones siempre terminaban con un retorno a Dios, el Autor de todas las cosas. Algunas veces, tomando su gran cabeza entre sus manos, exclamaba: ‘¡Cuán grande es Dios, Ozanam, cuán grande es Dios! ¡Nosotros no sabemos nada!'» (Cf. Amélie Ozanam-Soulacroix, «Notes biographiques sur Frédéric Ozanam», en Frédéric Ozanam. Actes du colloque des 4 et 5 décembre 1998, Lyon: 2001, pp. 313.)
  2. La fe del sabio fue una positiva influencia para Ozanam: «El ejemplo de la fe fuerte y sencilla del anciano fue, para Federico, una constante lección y, con frecuencia, un gran apoyo. Su propia fe era sólida y ferviente, mas no exenta de periodos de desaliento y hundimiento emocional, que son consistentes con la más firme convicción intelectual. Durante toda su vida sufrió ambos, y entonces, sobrecargado de trabajo como estaba, cansado a veces del esfuerzo continuado que parecía traer pocos resultados mientras que a su alrededor campaban el egoísmo y la infidelidad, ocasionalmente le asaltaba un sentimiento de amargura, casi de resentimiento, en contra de la fe que, aunque guiaba su corazón, se demoraba en retribuir el constante sacrificio que demandaba. Un día, preso de este sentimiento, salió de paseo, y dirigiendo sus pasos hacia la iglesia de Saint Etienne du Mont entró al templo, más por rutina o por impulso inconsciente que por un acto deliberado de piedad. Avanzó mecánicamente por su santuario favorito, donde había, como era habitual, un grupo de humildes devotos, principalmente mujeres y niños; de rodillas en medio de ellos, en arrobada devoción, vio al señor Ampère. Este cuadro y la lección que transmitía se grabaron a fuego en el corazón del joven; llorando, se arrodilló, arrepentido de haber albergado deslealtad, aunque solo fuera mínimamente, hacia esa fe ante cuyo misterio su gran y venerable maestro estaba arrodillado en humilde y gozosa adoración» (Kathleen O’Meara, Federico Ozanam, profesor en la Sorbona, Barakaldo: Somos Vicencianos, 2017, capítulo V).
  3. Sin embargo, el hijo del sabio, Jean Jacques, que también fue amigo íntimo de Federico, fue una persona que vivió dudas de fe toda su vida.
  4. En esta carta, enviada cuando ya estaba bastante enfermo, Federico se propone hacer un último esfuerzo para atraer a su amigo a la luz de la fe. Como vemos, le dice que le ve labrarse la vida metido en inumerables esfuerzos y trabajos, sin tener en cuenta en su vida a Dios. Es un cristiano tibio, aunque ha vivido el gran ejemplo de su padre en su propia casa, además de haber conocido a otros grandes cristianos de su tiempo.
  5. La última frase resume el sentido de la fe para un creyente: es un acto de amor hacia un Dios que nos ha conocido primero y se ha acercado a nosotros. «Es un acto de voluntad», una decisión personal en el que aceptamos la misericordia de Dios en nuestra vida que, aunque indigna, es tan querida para Él.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Cómo es mi fe en Dios? ¿Cómo llegué a creer? ¿La he asumido personalmente en mi vida, o sigue habiendo una fuerte carga de «tradición y costumbres» en ella?
  2. ¿Cómo podemos ayudar a las personas de nuestro entorno, que pueden estar alejadas de Dios, a acercarse a la fe?

Javier F. Chento
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