Hoy, 22 de agosto de 2017, se cumplen 20 años de la beatificación de Federico Ozanam. Con esta ocasión, recuperamos un artículo que el ex-presidente internacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl, señor Amin A. de Tarrazi escribió pocas semanas después del la celebración que elevó a Federico a los altares, que tuvo lugar dentro del marco de la Jornada Mundial de la Juventud de 1997, en París.

Beato Federico Ozanam, un laico santo para nuestro tiempo

La vida, la obra, el testimonio, el mensaje de Federico Ozanam son de tan gran riqueza y diversidad que uno no sabría resumirlos en unas pocas páginas.

Con todo, podemos intentar desplegar los trazos más significativos que ayuden a descubrirlo, amarlo, y hasta inspirarnos en él, como tantas generaciones de “Vicentinos” que, desde 1833 hasta nuestros días, han hallado en él un mentor, como él mismo lo había encontrado en San Vicente de Paúl: “una vida que es preciso continuar, un corazón en el que hay que calentar el propio corazón, una inteligencia en la que encontrar luces, un modelo sobre la tierra y un protector en el cielo”.

Antonio Federico Ozanam nació el 23 de abril de 1813 en Milán. Sus padres, oriundos de la región de Lyon, se habían establecido provisionalmente en Milán por razones profesionales, en la época de las guerras napoleónicas.

Su familia, profundamente cristiana, le comunicó desde la infancia el amor a Dios y a los desheredados, enseñándole a buscar y a encontrar a Cristo en la persona de todos los que llevan el pesado fardo de los sufrimientos humanos y de las injusticias sociales.

Una juventud feliz marcada por la fe

El joven Federico conoció las alegrías de una infancia serena. Alumno del Colegio Real de Lyon, se distingue por una inteligencia viva y penetrante, afectado en ocasiones por esa especie de incertidumbre que engendra el primer contacto con los sistemas filosóficos. Pero su maestro, el abate Noirot, un santo sacerdote, de quien Sarcey pudo decir que era “un gran modelador de almas”, hizo todo lo posible por ayudarle a salir del laberinto de las opiniones contradictorias y confirmarle en la fidelidad a la Iglesia.

Así Ozanam le confiará : “he conocido las dudas del presente siglo, pero toda mi vida he estado convencido de que no hay reposo para el espíritu y el corazón más que en la fe de la Iglesia y bajo su autoridad”.

De esta crisis de adolescencia, permanecerá intacta su apertura de espíritu, que toma como regla de vida y que se traduce en un ardiente deseo de ayudar a las almas inquietas a beber en las fuentes de la fe. A este objetivo, al que permanecerá fiel durante toda su vida, no le empuja sólo su experiencia personal, sino también los acontecimientos que pronto se encargarán de subrayar su imperiosa necesidad.

Cuando deja el Colegio, al concluir los estudios secundarios, y cuando dócil a la voluntad de su padre se dirige a París para estudiar Derecho, Ozanam se enfrenta a una sociedad presa de grandes trastornos. Las jornadas revolucionarias de julio de 1830 han oscurecido la antigua realeza de los Borbones que había soñado afianzar el trono apoyándolo sobre el altar.

El choque de la gran ciudad

Triunfa el escepticismo con las doctrinas sansimonianas que invaden la universidad. Federico Ozanam, solo, desanimado, escribe el 18 de diciembre de 1831 a su amigo Falconnet: “París no me agrada porque no hay vida, ni fe, ni amor: es como un inmenso cadáver, al que he sido atado joven y lleno de vida; su gelidez me enfría, su corrupción me mata”.

Pero no tarda en recobrarse; encuentra en Andrés M. Ampère, el gran sabio a quien siente placer en llamar “el buen señor Ampère” o “papá Ampère”, un amigo que le abre su corazón paternal, le arranca de la soledad de la pensión para instalarlo en la habitación de su propio hijo, Juan Santiago, y le descubre todas las tardes, en conversaciones familiares, los horizontes de la verdadera ciencia para llegar a esta conclusión: “¡Ozanam, cuan grande es Dios!, ¡cuan grande es Dios!”.

Federico se ve reconfortado con este trato; supera la aversión que le inspiraba la gran ciudad; recupera la esperanza en un futuro mejor; le agrada trazar los planos de la Ciudad de Dios que se edificará sobre las ruinas de la Babilonia terrestre y puede escribir gozoso al amigo confidente de sus tristezas y temores: “la ciencia y el catolicismo: ¡ahí están mis únicos consuelos!”. Su línea de comportamiento está en lo sucesivo marcada por una certeza inconmovible: el cristianismo es el único remedio para curar los males de la sociedad contemporánea; hace falta demostrar la verdad científica e histórica del cristianismo. Es indispensable reconciliar la religión y la ciencia.

Antes de emprender el camino a París, este adolescente de menos de 18 años ha pergeñado ya una vasta obra que pretende titular: “Demostración de la verdad y de la religión católica por la antigüedad de las creencias históricas, religiosas y morales”. El título sufrirá sucesivamente modificaciones, pero estudiante, y más tarde profesor, permanecerá fiel a su proyecto de colegial.

Sed de cultura histórica y religiosa

Ozanam quiere compartir con sus amigos esta pasión por la historia, fuente de la creencia. No contento con trabajar quince horas diarias, aprender idiomas, iniciarse en los secretos de las religiones no católicas, se asegura colaboradores entre los estudiantes de la Sorbona. Con ellos se dedica a un incansable trabajo, respondiendo a los profesores de la facultad que ponen en duda sus convicciones, atreviéndose a refutar sus argumentos en plena universidad y exigiendo a dos de ellos (uno Jouffroy) a explicarse, e incluso a retractarse.

Testigo de la verdad, siente intensamente la necesidad de sus contemporáneos jóvenes de alimentar y profundizar su fe. Por ello se pone a la cabeza de la delegación que, por su empeñosa obstinación, llevará finalmente a Monseñor Jacinto Luis de Quelen, arzobispo de París, a decidirse a renovar la predicación. Después de numerosos intentos que dejan insatisfechos a los estudiantes, el prelado confía en 1835 la cátedra de Notre-Dame al abate Enrique Lacordaire. El futuro dominico les ofrece “una predicación que, nueva en su forma y bajando al terreno de las controversias actuales, disputa cuerpo a cuerpo con los adversarios del cristianismo para responder a las objeciones diariamente enseñadas en las plazas y reproducidas y popularizadas por libros y periódicos”. Las célebres Conferencias de Notre-Dame, cuya prolongación son las actuales Cuaresmas, han respondido a la sed de espiritualidad de numerosos jóvenes contemporáneos.

Animado por los resultados obtenidos, Ozanam va a multiplicar sus esfuerzos para generalizar este movimiento a la vez intelectual y religioso. La obra no dejaría de tener dificultades. Tras la revolución de 1830, los católicos franceses están muy divididos. Muchos no ven salvación más que en la restauración del régimen derrocado. Otros, entre los que se coloca Ozanam, piensan por el contrario que hay que superar resueltamente esta cuestión de régimen para dedicar los esfuerzos a lo esencial: la promoción de los valores espirituales y humanos sobre la base del amor fraterno y de la justicia social.

La revolución ante las miserias…

Dotado de una intuición, sensibilidad y delicadeza precoces, Ozanam se siente conmovido desde su juventud por las condiciones duras e inicuas que afectan a las categorías sociales más humildes. Cuando tenía 16 años (diecinueve años antes del decreto del Gobierno Provisional para la abolición de la esclavitud en las colonias y posesiones francesas, promulgado el 27 de abril de 1848 a propuesta de Víctor Schoelcher, diputado de La Martinica) Ozanam denuncia con vigor la inhumanidad de la trata de negros:

“¡Qué triste y deplorable es la condición de estas desdichadas víctimas de la barbarie europea!; siempre será motivo de indignación y de lágrimas para el auténtico filósofo y para el verdadero cristiano, la horrible crueldad de estos hombres que se llaman civilizados y que, en nombre de una religión santa, se presentan en tierras extranjeras como bandidos raptores para quitar el hijo a su madre, el padre a sus hijos.

¡Lloremos la vergüenza de nuestros hermanos opresores! ¡Lloremos los males de nuestros hermanos oprimidos! Pero, vosotros que los deploráis conmigo, volved vuestros ojos de estas calamidades para remontarnos a su causa. Escuchad y admirad el efecto de la maldición de un padre, la venganza del Dios todopoderoso, de quien procede toda paternidad, y que castiga la osadía del hijo culpable hasta la última generación.

La Sagrada Escritura nos revela el origen de todos estos horrores: lo dictó el espíritu de luz al historiador sagrado para instrucción de las razas futuras”.

… y las injusticias

Doce años antes del famoso manifiesto de Karl Marx de 1848, Ozanam deploraba el creciente abismo entre fuertes y débiles dentro de la sociedad, que le hacía presentir proféticamente los terribles e irremediables enfrentamientos entre ricos y pobres:

“La cuestión que divide a los hombres de nuestro tiempo no es una cuestión de formas políticas, es una cuestión social: saber quién le arrancará del espíritu de egoísmo o del espíritu de sacrificio; si la sociedad no será más que una gran explotación en provecho de los más fuertes o la entrega de cada uno para el bien de todos y particularmente para la protección de los débiles”.

Estas son las ideas que profesa, en concreto, la Tribuna Católica, gaceta del clero, fundada en enero de 1832 por Manuel Bailly, cuyo artículo programático contiene esta frase significativa: “No se nos verá apasionarnos por las formas políticas, pasajeras y cambiantes, cualesquiera sean”. A la Tribuna Católica está anexado una especie de círculo literario, la Sociedad de los Buenos Estudios, cuyo fin es promover entre los católicos el gusto por las investigaciones filosóficas, históricas y religiosas.

Es la organización soñada por Ozanam, “la reunión de amigos que trabajan juntos en el edificio de la ciencia”, a la luz del pensamiento cristiano. En este círculo penetra Ozanam con sus compañeros y se apasiona por la historia de las religiones; habla de la mitología de la India, Lallier del mahometismo, Lamache de la arquitectura de la Edad Media y Le Taillandier de las órdenes religiosas. La Sociedad de los Buenos Estudios llega a ser así la Conferencia de Historia, abierta a todos y donde hay libertad de discusión: los jóvenes filósofos increyentes pueden acercarse y preguntar al catolicismo por sus doctrinas y sus obras; se les responde desvelando su historia y explicando el alcance científico y social del Evangelio. A menudo la demostración es tan convincente que los adversarios se reconocen vencidos.

La fe sin obras es una fe muerta

Pero no siempre es así. De vez en cuando los compañeros de Ozanam, fogosos pero inexpertos, llevan desventaja en las discusiones, por lo demás muy breves, para las que se encuentran insuficientemente armados. Una pregunta les molesta sobre todo: se reconoce que la obra social de la Iglesia a través de los siglos merece estima y respeto, pero ¿por qué acciones, por qué instituciones caritativas se señala la Iglesia en el momento actual? Se encuentran en una situación muy embarazosa para responder a esta lacerante pregunta.

Les parece, pues, que para revitalizar la fe no será suficiente con la controversia; es urgente, siguiendo la expresión de Le Taillandier, traducir esta fe en obras, evangelizar como los apóstoles, no sólo con la palabra, sino sobre todo con el testimonio, por medio de una caridad auténtica. Tanto que un día de invierno, a la salida de una reunión amistosa en la que Le Taillandier ha mostrado una vez más a sus amigos la insuficiencia de una acción meramente intelectual, Ozanam, que había guardado silencio hasta entonces, exclama con entusiasmo: “La bendición de los pobres es de Dios… vayamos a los pobres”. Y dicho esto, acompañado por Le Taillandier, va a llevar a un pobre de su barrio la madera que le quedaba para calentarse.

Nacimiento de la Sociedad de San Vicente de Paúl

Se trata ahora de desarrollar esta nueva concepción del apostolado. Después de aconsejarse del buen consejero Bailly, el 23 de abril de 1833, día en que cumple 20 años, Ozanam reúne en la oficina de la Tribuna Católica a algunos de sus compañeros, animados por la misma voluntad de servicio a los más desfavorecidos. Son siete. Aunque no poseemos ningún acta de la reunión, se puede reconstruir exactamente lo que allí ocurrió con la ayuda de algunas alusiones directas de los participantes.

El joven Federico y sus amigos convienen, con una humildad conmovedora, en que sus esfuerzos no han logrado hasta el presente todos los frutos que cabía esperar; y después de haber afirmado su convicción común de que el catolicismo debía manifestarse en las obras que testimonien su verdad, mucho más que en los razonamientos, consideran la sociedad que les rodea y constatan dolorosamente que la miseria y la injusticia están lejos de haber desaparecido en el mundo.

Al contrario, las nuevas condiciones económicas han multiplicado los sufrimientos de todo género. Ante tantas situaciones angustiosas, ante tantas inmerecidas calamidades, ante tantas familias minadas por el hambre, el frío y la enfermedad, estos jóvenes toman la resolución de responder a la llamada de Cristo consagrándose a los pobres.

Piden a Sor Rosalía, Hija de la Caridad del barrio Mouffetard, la dirección de algunas familias que están sufriendo, a las que llevar un poco de pan y sobre todo mucha amistad. Sus recursos provienen de sus solos bolsillos de estudiantes. Tal es el origen de la primera Conferencia de San Vicente de Paúl. La Conferencia de Historia pasa a ser Conferencia de Caridad.

Paralelamente, Ozanam se realiza a nivel cultural y profesional. Doctor en Derecho en 1836, desempeña sin demasiado entusiasmo una corta carrera de abogado; ocupa después la cátedra de Derecho Comercial en Lyon. Doctor en Letras en 1839, obtiene la plaza de primer agregado en el nuevo concurso establecido por Víctor Cousin en 1840 para las facultades de Letras. Sustituto del profesor Claudio Fauriel en 1841, Ozanam llega a ser titular de la cátedra de Literatura Extranjera en La Sorbona en 1844.

Entre tanto, ha contraído matrimonio con Amelia Soulacroix el 23 de junio de 1841, en la Iglesia Saint-Nizier de Lyon. Su hogar se llena de luz con el nacimiento en 1845 de su hija María, a la que amará tiernamente.

Su existencia, en lo sucesivo, está repartida entre su familia, la enseñanza, la investigación histórica, su obra literaria y sus diversos compromisos cívicos, sociales y religiosos.

La erudición es la pasión de Ozanam. Se ha rendido un merecido homenaje a la valía literaria y científica de sus libros y se ha podido encontrar en su Tesis sobre Dante, en sus Poetas Franciscanos y en sus Estudios Germánicos, esta emoción contenida, este fuego de apóstol que hacen el encanto de su estilo. Se debe reconocer igualmente el carácter moderno de su método y tras él su atractivo por la tradición, su intuición de la evolución de la crítica histórica.

La enseñanza vivida como un sacerdocio…

Erudito, es también un destacado pedagogo, dotado de una agudizada conciencia del deber profesional, así como de las obligaciones y sacrificios que impone.

Lo que llama la atención en seguida en el Ozanam profesor, es tal vez su incomparable conciencia. Nos ha sido presentada en una bellísima página de Juan Santiago Ampère, que dibuja un cuadro vivísimo del profesor de la Sorbona. Muestra cómo el sentido del deber profesional podía llevarle en ocasiones hasta el sacrificio. Se pregunta cómo este hombre frágil, endeble, padre delicado, esposo atento, escritor y profesor escrupuloso, teniendo a su cargo una hermosa familia, dándose en cuerpo y alma a una Sociedad que había fundado con sus amigos, ha podido hacer frente a tan pesadas responsabilidades.

Ampère afirma que quienes no han asistido a los cursos de Ozanam no pueden descubrir lo que había de personal en su talento: no era, como lo eran tan frecuentemente los profesores de su época, un hombre que daba cursos “en migajas”. Hasta 1867 la enseñanza superior, antes de la creación de la Escuela de Altos Estudios, era una enseñanza destinada sobre todo a un público mundano. Los profesores brillaban, preparaban bachilleratos o licencias, pero descuidaban quizás la investigación erudita. Ampère, hablando de Ozanam, hace notar: “Resulta raro reunir en el mismo grado los dos méritos del profesor, el fondo y la forma, el saber y la elocuencia”. Federico preparaba sus cursos como un benedictino y los dictaba como un orador.

… y un don total de sí

Un pequeño suceso ilustra este elogio: en 1852, al día siguiente del golpe de Estado, hubo una especie de motín en la Sorbona: habiendo encontrado los estudiantes las puertas cerradas, comienzan a alborotar (¡esto ocurre algunas veces en esta venerable institución!) gritando: “¡Los profesores no dan sus cursos y, sin embargo, son pagados por el Estado!”. Estos gritos llegaron a oídos de Ozanam, ya gravemente enfermo. Se levanta, a pesar de los ruegos de sus amigos, las lágrimas de su esposa y la orden del médico que le conmina a permanecer en la habitación: “Quiero honrar mi profesión”, repite. Corre a la Sorbona y sube a su cátedra. Viéndole aparecer, más amarillo, más desfallecido, más extenuado que de ordinario, llevando en su rostro las señales visibles de su mal, y por decirlo todo, casi parecido a un espectro, los estudiantes, embargados de compasión y de remordimiento, lo acogieron con aplausos frenéticos. Estos aplausos volvieron a reproducirse muchas veces durante la clase y se convirtieron en una verdadera ovación cuando el joven profesor, respondiendo directamente a los gritos injuriosos que acababan de turbar su alma, se expresa así, con voz agotada: “Señores, se reprocha a nuestro siglo ser un siglo de egoísmo y se asegura que los profesores participan de la epidemia general. Sin embargo, es aquí donde alteramos nuestra salud. Es aquí donde empleamos nuestras fuerzas. A mí no me sobran. Nuestra vida, mi vida, os pertenece, os la debemos hasta el último suspiro y la tenéis. En cuanto a mí, señores, si muero será a vuestro servicio”.

El testimonio de Hersart de Villemarqué confirma el de Ampère: “Sólo Dios sabe el inmenso bien que hizo en sus clases, que le costaban tanto trabajo y tan grandes fatigas. ¡Qué coraje en el trabajo, cuántas resoluciones firmes, cuántos trabajos útiles, cuántas hermosas vocaciones ha sabido inspirar a la multitud de jóvenes que le escuchaban! Era aplaudido con pasión; más aún era amado. Cuando salía de clase, todos se precipitaban para obtener una palabra suya, para escucharle todavía; se le hacía así un cortejo a todo lo largo del paseo de Luxemburgo que atravesaba para volver a su casa. Estaba agotado, pero recogía con frecuencia alegrías que estimaba por encima de los más enardecidos aplausos”.

El combate por la verdad …

Otra característica importante del comportamiento de Federico Ozanam en su enseñanza y, en general, en todas sus relaciones con los medios intelectuales, es el respeto a los demás: la tolerancia.

Su bondad natural, unida a su esencial probidad, le empuja a acoger con estima y benevolencia la opinión del otro, aunque sea contraria a la suya: “Aprendamos a defender nuestras convicciones sin odiar a nuestros adversarios, amando a quienes piensan distinto que nosotros… Quejémonos menos de nuestro tiempo y más de nosotros mismos”.

sin complacencia hacia los intolerantes…

Si es severo, lo es justamente ante los intolerantes, que se consideran detentadores exclusivos de la verdad: “… los gruesos bonetes de la ortodoxia, los padres conciliares en frac y pantalón largo. Doctores que predican entre la lectura del periódico y las discusiones del mostrador…, personas para quienes los recién venidos son siempre mal acogidos,… que hacen de su opinión política un decimotercer artículo del credo, que se apropian las obras de caridad como cosa suya y dicen poniéndose modestamente en lugar de Nuestro Señor: quien no está con nosotros está contra nosotros”.

pero respetando la opinión del otro…

La pasión que pone en la defensa de sus convicciones va siempre acompañada de una apertura hacia quienes no las comparten.

No pronunció jamás una sola palabra que pudiese herir a los oyentes que no compartieran sus ideas y, si no ceja en su voluntad bien afianzada de exponer la verdad y sólo la verdad, tiene sumo cuidado de hacerlo sin la menor agresividad. Prefiere la persuasión a cualquier otro procedimiento que no respete escrupulosamente la opinión y la libertad del otro.

Esta constante de su comportamiento le permite afirmar al atardecer de una existencia demasiado breve: “Si alguna cosa me consuela al dejar la tierra sin haber hecho lo que hubiera deseado, es que no he trabajado jamás para las alabanzas de los hombres, sino al servicio de la verdad”.

sin dejar jamás de ser humilde

Con la profunda humildad que le caracteriza, él mismo define lo que ha sido su vida en una carta del 14 de julio de 1850 a su amigo Dufieux: …“Si Dios ha querido concederme ardor en el trabajo, no he asumido jamás esta gracia con arrogancia de genio. Desde la clase inferior de donde procedo, he querido consagrar mi vida al servicio de la fe, pero considerándome como un siervo inútil, como un obrero de la última hora a quien el dueño de la viña ha recibido sólo por caridad. Me parece que mis días se verán colmados si, a pesar de mi poco mérito, consiguiera retener en torno a mi cátedra una juventud numerosa y restablecer ante mis oyentes los principios de la ciencia cristiana, haciéndoles respetar todo lo que desprecian: la Iglesia, el Papado, los monjes. Hubiera deseado recoger estos mismos pensamientos en libros, más duraderos que mis clases, y todos mis deseos se habrían visto colmados si algunas almas equivocadas hubieran encontrado en esta enseñanza una razón para abjurar de sus prejuicios, esclarecer sus dudas y volver, con la ayuda de Dios, a la verdad católica. Eso es lo que he querido hacer desde hace diez años sin ambicionar un destino más grande, pero también sin que haya tenido la desdicha de desertar en el combate”.

La irradiación de Federico Ozanam continúa extendiéndose más allá de los límites de la Universidad. La fundación de las Conferencias de San Vicente de Paúl le lleva a tomar contacto con el medio obrero y a constatar los sufrimientos reales de las clases trabajadoras, surgidas de la gran transformación industrial que se había producido durante la primera mitad del siglo XIX. Los cristianos y la Iglesia ¿pueden desentenderse de la suerte tan angustiosa de las víctimas de situaciones inhumanas de las que son testigos, so pena de convertirse en cómplices?

Estudia el problema con la minuciosidad y la conciencia que pone en todos sus trabajos. Su correspondencia permite seguir sus sucesivos estados de ánimo desde el 5 de noviembre de 1836 en que hace partícipe a Lallier de sus reflexiones sobre la “cuestión social” hasta el momento en que, en una carta del 22 de febrero de 1848 a su amigo Foisset, completa su pensamiento de esta manera:

“Pido que nos ocupemos del pueblo que tiene tantísimas necesidades y no tantos derechos, que reclama con razón una parte más cumplida en los asuntos públicos, garantías para el trabajo y contra la miseria”.

Una breve incursión en la política

A tiempos nuevos, ha de corresponder un programa nuevo. Ozanam, con la plena aprobación del arzobispo de París, Monseñor Dionisio Affre -que moriría en las barricadas de la revolución de 1848-, se encarga de establecer este programa y preparar su aplicación. No sabríamos entrar ahora en el detalle de sus intuiciones tan clarividentes. Basta señalar que, entre los católicos sociales del siglo XIX, Ozanam es uno de los primeros en formular la idea del “salario natural” (antepasado del salario mínimo interprofesional), reivindicar medidas contra el paro forzoso y los accidentes, exigir que se asegure un retiro a los trabajadores. Su llamada a los electores del departamento del Rhône del 15 de abril de 1848 se hace eco de estas ideas generosas y audaces, muchas de las cuales se encuentran en la encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891.

Pensador, Ozanam es también hombre de acción.

Quiere el establecimiento de la democracia en justicia y caridad. En esta perspectiva cuenta con la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuya oportunidad han demostrado los acontecimientos.

Espontáneamente expresa cuánto debe a este movimiento tan querido para su corazón. Escribe el primero de mayo de 1841 a su novia, Amelia Soulacroix: “Un día sabrás cuánto debo a esta Sociedad que fue el apoyo y el hechizo de los años más peligrosos de mi juventud”.

Está convencido de que el encuentro de los que tienen con los que no tienen es la mejor prenda de comprensión mutua. Por eso la regla de los vicentinos hace del contacto personal con los que sufren y del servicio directo a los desheredados su deber esencial, permaneciendo como objetivo final la promoción espiritual, moral y humana de cada uno.

Un himno al Amor

La labor abrumadora que se impone y la disponibilidad total con la que está empeñado dan muy pronto razón de una salud delicada. A fines de 1852 tiene que decidirse a ir en busca de reposo a Italia. La cura no tiene el resultado deseado y sus fuerzas van declinando. Melancólico y resignado, se siente llamado a la eternidad. El pensamiento de los seres queridos que va a abandonar no hace más que ensombrecer sus últimas semanas; no le impide, sin embargo, formular en Pisa el 23 de abril de 1853, día en que cumple cuarenta años (cuatro meses y medio antes de su muerte) el “fiat” por el que se abandona a la voluntad de Dios, ofreciéndole su vida:

“‘Repasaré ante ti todos mis años en el dolor de mi corazón’. Es el comienzo del cántico de Ezequías: no sé si Dios permitirá que pueda aplicarme el final. Sé que cumplo hoy mis cuarenta años, más de la mitad del camino de la vida. Sé que tengo una mujer joven y muy querida, una hija encantadora, hermanos excelentes, una segunda madre, muchos amigos, una honrosa carrera, trabajos llevados con precisión hasta el punto que podrían servir de fundamento a una obra largo tiempo soñada. Pero en este momento he sido presa de un mal grave, pertinaz y tanto más peligroso cuanto esconde probablemente un agotamiento completo. ¿Es preciso, pues, dejar todos estos bienes, que tú mismo, Dios mío, tú mismo me habías dado? ¿No quieres, Señor, contentarte con una parte del sacrificio? ¿Qué parte de mis afectos desordenados hace falta que te inmole? ¿No aceptarás el holocausto de mi amor propio literario, de mis ambiciones académicas, de mis proyectos de estudio donde tal vez se mezclaba más el orgullo que el celo por la verdad? Si vendiera la mitad de mis libros para entregar el importe a los pobres y limitándome a cumplir los deberes de mi estado consagrara el resto de mi vida a visitar a los necesitados, a instruir a los aprendices y a los soldados, Señor, ¿estarías satisfecho y me concederías la dulzura de envejecer junto a mi esposa y concluir la educación de mi hija? ¿Puede ser, Dios mío, lo quieres? Tú no aceptas estas ofrendas interesadas; rechazas mis holocaustos y mis sacrificios. Me pides a mí mismo. Está escrito al comienzo del libro que debo hacer tu voluntad y yo digo: Aquí estoy, Señor. Aquí estoy si me llamas, y no tengo derecho a quejarme. Me has regalado cuarenta años de vida… Si repaso delante de ti mis años con amargura, es a causa de los pecados con que los he manchado; pero cuando considero las gracias con que tú los has enriquecido, repaso mis años ante ti, Señor, con reconocimiento. Aunque me encadenes a un lecho por los días que me queden de vida, no serán suficientes para agradecerte los días que he vivido. ¡Ah!, ¡si éstas son las últimas páginas que escribo, que sean ellas un himno a tu bondad!”.

Abandono en el Señor

De regreso, al desembarcar en Marsella, se agrava su estado y parece inminente su fin. Ozanam lo afronta con la mayor serenidad y, cuando el sacerdote que le asiste le invita a confiar en Dios, responde simplemente: “¿Y por qué iba a desconfiar de él? ¡Lo amo tanto!”. Pocos instantes después se apaga dulcemente, sin la menor sacudida, musitando: “Dios mío, Dios mío, ten piedad de mí”.

Es la conclusión de una vida excepcionalmente densa consagrada al solo servicio de Cristo y de los hombres, el 8 de septiembre de 1853, fiesta de la Natividad de la Virgen, a la que había profesado una gran devoción.

Fue inhumado en la cripta de la Iglesia de San José de los Carmelitas, en el Instituto Católico de París, en medio de la juventud estudiosa a la que había dedicado lo mejor de sí mismo.

Una resplandeciente santidad

La causa de beatificación de Federico Ozanam, principal fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl, fue introducida el 15 de marzo de 1925 en la diócesis de París y el 12 de enero de 1954 en Roma.

El Papa Juan Pablo II lo ha proclamado venerable, mediante la promulgación del decreto de la heroicidad de sus virtudes, el 6 de julio de 1993.

Tres años después, el 25 de junio de 1996, firmaba el decreto reconociendo el milagro obtenido el 2 de febrero de 1926, por la intercesión de Ozanam, en favor de un muchacho de dieciocho años afectado de una difteria fulminante. El agraciado por el milagro, Fernando Luis Benedetto Ottoni, de nacionalidad brasileña, vive todavía.

El Santo Padre procederá a la beatificación el viernes 22 de agosto de 1997 en Notre-Dame de París, con ocasión de su viaje para la Jornada Mundial de la Juventud.

Federico Ozanam, venerado ya en el mundo entero, será así propuesto como modelo a los laicos, en particular a los jóvenes de hoy, que buscan puntos de referencia sociales, morales y espirituales.

Juan Pablo II ha declarado en su mensaje a la Sociedad de San Vicente de Paúl en 1983, año del 150 aniversario de su fundación, que era necesario “agradecer a Dios el regalo que había hecho a la Iglesia en la persona de Ozanam. ¡Uno queda maravillado por todo lo que ha podido emprender en favor de la Iglesia, en favor de la sociedad, en favor de los pobres, este estudiante, este profesor, este padre de familia, de ardiente fe y de caridad inventiva, en el transcurso de su vida tan rápidamente consumida! Su nombre permanece asociado al de san Vicente de Paúl, que dos siglos antes había fundado las Damas de la Caridad, de las que no se había establecido todavía el equivalente para hombres. ¿Y cómo no desear que la Iglesia coloque también a Ozanam en el rango de los bienaventurados y de los santos?”

Este deseo, unánimemente compartido, ha sido atendido por el Señor que había marcado con el sello de las Bienaventuranzas el maravilloso destino de este cristiano de excepción, laico santo para nuestro tiempo.

Autor: Amin A. de Tarrazi
Traductor: Corpus Juan Delgado, C.M.
Fuente: Vincentiana, 1997.

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