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Carisma y vocación de Hija de la Caridad

por | Ago 17, 2017 | Benito Martínez, Formación, Hijas de la Caridad | 0 comentarios

Nacemos con un objetivo personal

Toda persona nace con una inclinación natural a alcanzar un objetivo concreto a lo largo de su vida y en el disfrute de ese objetivo logra la felicidad en este mundo y en la eternidad. Esa inclinación natural hacia un objetivo concreto no está expresada claramente y puede quedar alguna duda de si esa era en concreto la voluntad de Dios. Dios respeta la decisión que toma una persona, sea la que sea, si la toma en libertad y según la razón, desde la situación en que viven ella y su familia. Es una respuesta racional, de acuerdo con el modo de pensar en cada época, sabiendo a qué se compromete y con la decisión de cumplir las obligaciones que entraña la vocación que haya elegido. Dios admite como buena esta respuesta, porque este género de vida, de acuerdo con las situaciones personales, familiares y sociales, es apropiado para que encuentre la felicidad, la santidad y pueda anunciar el Reino de Dios. Es, pues, una respuesta razonable.

De este modo, la inclinación natural hacia un objetivo determinado se convierte en una llamada de Dios, invitándole a una forma de vida determinada y permanente, apropiada para alcanzar el objetivo al que se siente llamado. Y junto con la llamada, Dios le da las gracias necesarias para alcanzarlo. Son los carismas del Espíritu Santo.

La invitación a seguir a Jesús es clara, pero genérica: “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). Unos le escuchan y le siguen, y otros, no. La respuesta de quienes le siguen no puede ser una respuesta desencarnada; debe tener en cuenta una serie de circunstancias y situaciones personales, familiares y sociales de las que Dios se vale como mediaciones para llamar a una persona a una vocación determinada. Es decir, “la vida es una vocación dada por Dios para una misión concreta” (PP, 15). Para lograrla san Vicente y santa Luisa piden a las Hijas de la Caridad vivir célibes, pobres y en obediencia, con un espíritu de humildad, sencillez y caridad. 

Hay “vocaciones” que son llamadas explícitas y claras de Dios a una persona, como lo hizo a Moisés, a María, a los Apóstoles, a san Pablo. Así mismo hay llamadas a una persona concreta para entrar en una determinada Institución Religiosa, como aparece en la vida de santa Catalina Labouré o de santa Luisa de Marillac. Pero lo ordinario es que Dios manifieste su voluntad a través de las circunstancias de la vida.

La consagración

Si la inclinación natural hacia un género de vida la asume Dios como una llamada suya, la mujer que la sigue como Hija de la Caridad se convierte en una mujer consagrada a Dios, obligada a la oración para vivir con mayor profundidad en la sociedad del ruido, en un mundo en el que el secularismo gana terreno y, de modo sutil, reduce el espacio que le corresponde a Dios.

El carisma de la vocación que Dios da para ser Hija de la Caridad tiene por base un cuadrado perfecto: entrega a Dios, comunidad, servicio y espíritu, y ninguno de los cuatro lados debe prevalever sobre los otros tres, aunque tenga­mos la costumbre de dar la primacía al servicio. Pero la identidad de la Hija de la Caridad no puede reducirse al servicio a los pobres, que es obligatorio para todos los cristianos, o mejor aún, para todos los hombres. Si sirve a los pobres como Hija de la Caridad es porque se ha consagrado, se ha entregado a Dios en la Compañía. Por mucho que una mujer ame a los pobres y les sirva denodadamente, si no entra en la Com­pañía o se sale de ella, no es Hija de la Caridad. Lo esen­cial en las Hijas de la Caridad es la entrega a Dios, la consagración que hace en el mo­mento de entrar en el seminario. Lo dice la C. 7: “Las Hijas de la Caridad, en fidelidad a su Bautismo y en respuesta a una llamada de Dios, se entregan por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los Pobres, sus hermanos y hermanas, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad”. Es decir, que una mujer se hace Hija de la Caridad para servir a Cristo en los pobres. Se entrega y se consagra a Dios para. El servicio es el motivo por el que, o el fin para el que se consagra a Dios. Y nunca el motivo o el fin pueden suplantar ni ser superiores al ser. Lo esencial es la entrega a Dios que la convierte en algo sagrado exclusivo de Dios. En ti está Dios, y el pobre que quiere encontrar a Dios lo puede encontrar en ti. Se confirma lo que os decía santa Luisa: que los pobres, al verte a ti, vean Cristo (E 105).                                                                                                                                  

Se aclara la relacción entre servicio y entrega: “El Servicio es para ellas la expresión de su entrega total a Dios en la Compañía y comunica a esa entrega su pleno significado” (C. 16). Con esta frase parece que las Constituciones po­nen el servicio en lo más alto de la vida de una Hija de la Caridad. Pero no es así. Tan sólo indica que el servicio es una expresión, una manifestación de lo esencial, la entrega a Dios en la Compañía. Cierto, sin servicio no hay entrega, pero no de una manera exclusiva, pues excepcionalmente una Hermana puede vivir fuera de la co­munidad por un tiempo y seguir siendo Hija de la Caridad, y puede servir a los pobres sólo indirectamente por medio de sus oraciones y enfermedades o dirigiendo a sus compañeras y sigue siendo Hija de la Caridad, pero nunca lo será si no se entrega a Dios en la Compañía. Lo que dice es que el servicio es el ropaje de la entrega, que la entrega sin servicio está desnuda, le falta vestirse. El servicio le comunica a la entrega, su “pleno significado”. Si le da pleno significado, quiere decir que ya lo tenía, que lo esencial es la entrega a Dios en la Compañía, que sin servicio la entrega de las Hijas de la Caridad no es completa.

Este el el primer principio dinamizador de la vida y el servicio de la Hija de la Caridad: La consagración que hace a Dios no por los votos ni por los consejos evangé-licos, sino por la entrega que le hizo en el momento de entrar en la Compañía.

Utilidad personal y común 

La Hija de la Caridad está acostumbrada a considerarse para servir a los pobres. Pero esto hay que entenderlo bien. Pues se puede caer fácilmente en una concepción ‘utilitarista’ y hasta meramente ‘funcional’ del carisma vocacional, entendiéndolo como un simple servicio en favor de los pobres. Y esto es seriamente peligroso, además de inexacto, ya que hay pasajes en san Pablo señalando que, el carisma -la vocación- tiene que servir también para utilidad de la misma persona que lo recibe, pues es una gracia personal que le da el Espíritu Santo de la que debe responder. De ahí que todas las Hermanas son responsables de santificarse en su vocación, aportando sus propios dones y talentos a la edificación de la comunidad y al servicio de los pobres. Las Hijas de la Caridad son unas mujeres a quienes Jesús da un carisma vocacional para el desarrollo de su Reino entre los pobres y, por este medio, alcanzar la santidad y la felicidad, pero sólo si los sirven con vocación de consagradas (Mt 25, 14). 

El carisma vocacional de consagrada no es nunca un don exclusivamente para los otros, sino, ante todo, es una gracia para las personas a las que Dios ha llamado a la vocación de Hija de la Caridad, aunque redunde siempre y necesariamente en bien de los pobres, pues en sentido cristiano, no existe gracia tan particular, que beneficie exclusivamente a quien lo recibe; no existen privilegios para la persona llamada. Aunque existen dones, gracias y carismas, que ciertamente no todos reciben, y que «ni siquiera todos entienden, sino sólo aquellos a quienes les ha sido dado» (Mt 19, 11).

La diferencia está en el Espíritu propio

El fin por el que se consagra una mujer es para servir a los pobres, y Dios la llamó y le da el carisma-vocación de Hija de la Caridad para que, mediante un seguimiento específico a Cristo, haga avanzar la salvación de los pobres con su actividad, su testimonio y su estilo de vida. De ahí que el número de vocaciones sea proporcional a las necesidades que los pobres tienen de la Compañía y a las situaciones sociales de cada época. Convendría, por ello, analizar la escasez de vocaciones en la actualidad a la luz de dos preguntas: ¿Necesitan los pobres hoy día a las Hijas de la Caridad? ¿Las necesita la Iglesia? Una respuesta breve sería: El objetivo de ayudar a los necesitados acaso lo abarquen ya otras instituciones civiles y religiosas, pero el modo de servirlos en humildad, sencillez y caridad es un estilo propio de las Hijas de la Caridad, que no suele estar en otras instituciones ni en los seglares.

Lo que las distingue de las seglares y de las demás instituciones de vida consagrada es el Espíritu con que sirven a los pobres. El Espíritu de humildad, sencillez y caridad es la característica de la Compañía y lo que te constituye a sus miembros verdaderamente en Hijas de la Caridad. Porque ayudar a los pobres, modernamente lo están haciendo las personas particulares y hasta los gobiernos de cualquier ideal político, dando leyes sociales a favor de los débiles. Exagerando, se puede decir que está de moda.

Lo original de la consagración en bien de los pobres empuja a una Hijas de la Caridad a ser audaz, buscando nuevos lugares, nuevos pobres y nuevas formas de ayudarlos, pero también la lleva a ser creativa en la manera de entender el mensaje vicenciano de vaciarse de ella misma y revestirse del Espíritu de Jesucristo. ¿Es audaz al interpretar la humildad como tolerancia, la sencillez como vivir sin doblez y la caridad como cordialidad?

La caridad supera a todos los carismas 

San Vicente os decía que, al consagraros a Dios, vosotras no entráis en el estado de perfección -se refería a ser religiosas-, sino en el estado de caridad, porque os consagráis por amor, servís a los pobres por amor y con amor y vivís en comunidad como amigas que se aman. La caridad contiene y condensa todos los carismas, aún la misma vocación. El más alto de los dones comunicados por el Espíritu es el amor cristiano, la caridad. El amor hace que cualquier otro don, carisma o vocación, actividad o compromiso, tenga valor o sea nada. San Pablo lo expresa en el canto a la caridad (1Co 13,1-8).

Si todo carisma brota de la caridad y ha de servir a la caridad, el carisma vocación nunca puede provocar la desunión, aunque puede manifestar no pocas veces amor dolorido, que valientemente pone el dedo en la llaga para evitar que se cierre en falso.

Exigencias de tu consagración

La llamada que te hace Dios es, primero, para que seas santa y luego para que santifiques a los demás, y tú respondes al aceptarla o rechazarla. Si la rechazas, tendrás que responder ante Dios, por qué has rechazado cumplir su voluntad. Intentar desviar de su vocación a una Hermana, es querer oponerse a los designios de Dios y poner en peligro la salvación de un alma, decía santa Luisa (c. 14). Si la aceptas y vives animada por su dinámica, seguirás a Jesucristo tal como Él te lo pide y avanzas por el camino de la santidad.

Segundo, encontrará la felicidad, viviendo contenta en ese género de vida, porque sientes que es la forma de vida más apropiada para ti. La vocación siempre va unida a las capacidades personales, familiares y sociales de cada persona. Dios ni quiere ni exige a una persona vivir un estilo de vida antinatural. Dios es un Padre que quiere que seas feliz, viviendo como Hija de la Caridad. Al vivir por un ideal y trabajar con un objetivo, ya eres feliz.

Tercero, todo carisma, aún la vocación, es para utilidad de los demás, y en ti, para servir a los pobres. Cierto que actualmente ha cambiado mucho la mentalidad sobre la acción social, pero aún vale lo que decía santa Luisa: Abandonar la vocación es privar de socorro a los pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades que realmente sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos (c. 14).

Autor: P. Benito Martínez, C.M.

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