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Los pequeños placeres de la vida • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Ago 14, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

No me gustan nada y no comparto en manera alguna las doctrinas rigoristas de algunos cristianos, que sin siquiera darse cuenta tienen en esos temas la arrogancia y el falso pudor protestante, y se alejan del verdadero espíritu de la fe. Jamás fueron proscritas las alegrías inocentes. Ciertamente, esas asambleas tumultuosas en las que la aglomeración misma contribuye a dar una libertad peligrosa, en las que el descaro de los adornos provoca la insolencia de las miradas, en las que se intercambian conversaciones equívocas en el frenesí tormentoso del baile, sin duda alguna no conseguirían la aprobación de los hombres serios. Pero ante los ojos de una madre, en una sociedad escogida, en un círculo de parientes y de amigos, un poco de música y de baile para animar la monotonía de una velada, para alegrar a los jóvenes con un ejercicio gracioso, todo eso es en mi opinión la cosa más natural y la menos reprensible. No me faltan ejemplos […]. A mi tía y a mamá les gustaba ese tipo de diversión cuando eran jóvenes, y no por eso han dejado de llegar a ser santas.

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Federico Ozanam, carta a Amélie Soulacroix, del 28 de mayo de 1841.

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Reflexión:

  1. Pongamos, antes que nada, en contexto el párrafo anterior:
    • El 24 noviembre de 1840 se había celebrado el compromiso matrimonial de Amélie y Federico, programándose la boda para junio de 1841. Casi todo el lapso del noviazgo lo pasaron separados, pues Amélie vivía en Lyon con sus padres y hermanos, y Federico tuvo que trasladarse (a mediados de diciembre de 1840) a París para comenzar a trabajar como profesor suplente de la cátedra de Literatura extranjera en La Sorbona. De diciembre de 1840 a junio de 1841 tan solo se volvieron a ver dos semanas, durante las vacaciones de Pascua de 1841. La relación se mantendrá, pues, fundamentalmente por correspondencia.
    • Entre las cosas que comentan por carta están, evidentemente, todos los preparativos del día de la boda; y entre ellos, la fiesta y el tema del baile a celebrar en aquel gozoso día.
    • Federico, que en su vida previa no había tenido experiencia alguna en salones de baile y teatros, reconoce que no sabe bailar y que «si hay que bailar, tiene que abrir usted la escena, y yo haré el ridículo por igual baile mal o no baile en absoluto» (cf. carta a Amélie Soulacroix, 13 de mayo de 1841). A Amélie sí le gustaba bailar, y era habitual que lo hiciera en las fiestas familiares que se organizaban en casa de sus padres. Además, tocaba el piano con destreza, así que podemos imaginar que esas fiestas estarían bañadas de mucha música y alegría.
    • No hay que entender, sin embargo, que Ozanam fuese un puritano: sus objeciones al baile provienen, más bien, de su incapacidad personal y la de sus hermanos.
  2. Me viene a la memoria una experiencia que tuve, hace ya bastantes años, durante una de las misiones vicencianas en las que participé, en mis primeros tiempos como misionero seglar vicenciano. Reunimos a los jóvenes del lugar, para tener con ellos algunos encuentros y animarles a profundizar en la fe y la vida según el carisma de san Vicente de Paúl, y como siempre hacíamos en la primera reunión preguntamos a los jóvenes qué temas les gustaría tratar a lo largo de las reuniones que tendríamos con ellos. Esto nos servía, además, para tomar el pulso a la realidad del lugar y hablar desde la experiencia, y no desde la teoría. Una de las cuestiones que se plantearon me llamó muchísimo la atención: «¿Es pecado bailar?», preguntaron algunos. Recuerdo mi asombro: yo tendría entonces unos 25 años y ni por un momento se me había ocurrido pensar que esto pudiese ser un problema o una cuestión que preocupase a algunos jóvenes católicos.
  3. La respuesta a la pregunta nos la da el mismo Federico en este texto, pues el asunto es idéntico al que plantearon los jóvenes en la misión. Hay una cierta visión de algunas ramas protestantes que tienden a ver peligro en cualquier manifestación que pueda considerarse equívoca y pueda poner en peligro la buena relación entre las personas de distinto sexo. Esas «doctrinas rigoristas», como las llama Federico, acaban desvirtuando el auténtico mensaje evangélico, llevando a confusión y, como vemos, desvirtuando también el auténtico sentido cristiano de la fiesta y de la alegría.
  4. Porque hay que decirlo con claridad: «jamás fueron proscritas las alegrías inocentes». Podemos recordar a Jesús festejando, en las bodas de Caná (ver Juan 2, 1-11) por ejemplo, bebiendo vino y procurando que la fiesta lo tuviese. Pero también podemos recordar la frase de san Pablo: «Todo es lícito, pero no todo es conveniente; todo es lícito, pero no todo es constructivo» (1 Cor 10, 23). Y lo explica el apóstol añadiendo: «Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10, 31). Y es fácil de entender con un ejemplo: compartir una copa de vino o un botellín de cerveza con los amigos, no tiene nada de malo… otra cosa es emborracharse.
  5. Con la fiesta y el baile pasa igual. Dice Federico: «en una sociedad escogida, en un círculo de parientes y de amigos, un poco de música y de baile para animar la monotonía de una velada, para alegrar a los jóvenes con un ejercicio gracioso, todo eso es en mi opinión la cosa más natural»; sin embargo, «esas asambleas tumultuosas […] en las que el descaro […] provoca la insolencia de las miradas, en las que se intercambian conversaciones equívocas […] sin duda alguna no conseguirían la aprobación de los hombres serios».
  6. Prácticamente todo puede llevarse al exceso: la bebida, la diversión, el uso de Internet… no por ello vamos a decir que, por ejemplo, Internet sea malo; lo malo será, en todo caso, el abuso que hagamos de su uso. Lo mismo hemos de decir con otros asuntos semejantes.
  7. Ser creyentes no nos convierte en personas aburridas. Al contrario: la alegría forma parte de la esperanza cristiana. Y la alegría, cuando se comparte, se multiplica. Evitemos, pues, las poturas maximalistas y los prejuicios, a ejemplo de Federico.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Soy excesivamente severo en mis juicios de valor ante determinadas actitudes de los jóvenes?
  2. ¿Ofrecemos a los jóvenes lugares adecuados de esparcimiento sano?
  3. ¿Qué lección podemos aprender de los pensamientos de Federico en este texto?

Javier F. Chento
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