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Tejiendo la obra de Dios • Una reflexión semanal con Ozanam

por | Jul 3, 2017 | Federico Ozanam, Formación, Javier F. Chento, Reflexiones | 0 comentarios

Todos nosotros somos como los tejedores de los gobelinos que, siguiendo el patrón de un artista desconocido, se esfuerzan en emparejar hilos de diversos colores en el lado reverso de la trama, no viendo el resultado de su trabajo. Solo cuando se completa la textura pueden admirar aquellas hermosas flores y figuras, esos espléndidos cuadros dignos de los palacios de los reyes. Igual ocurre con nosotros, amigos míos: trabajamos, sufrimos, y no vemos ni el fin ni el fruto. Pero Dios lo ve, y cuando nos libera de nuestra tarea, ante nuestra mirada maravillada muestra lo que Él, el gran artista, presente en todas partes e invisible, ha tejido de esos trabajos que ahora nos parecen tan estériles; entonces Él se dignará a colgar en su palacio de oro la tela endeble que hemos hilado.

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Federico Ozanam, texto citado en Kathleen O’Meara, Frederic Ozanam, professor at the Sorbonne: his life and works, Edimburgo: Edmonston & Douglas, 1876, capítulo XVIII.

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Reflexión:

  1. Expliquemos primero la referencia a los gobelinos: en el siglo XV, Jehan Gobelin abrió su taller de teñidos en el barrio Saint Marceau de París. Décadas más tarde, sus descendientes adquirieron vastas parcelas a orillas del Bièvre, y construyeron grandes talleres. A comienzos del siglo XVII, el rey Enrique IV estableció un programa de desarrollo, parte del cual se centraba en minimizar la importación de productos manufacturados, entre ellos tapices y alfombras usados en las instalaciones reales y gubernamentales, para lo cual instauró talleres de tapicería en los edificios alquilados a los descendientes de los tintoreros gobelinos, propiedades que fueron más tarde compradas por orden de Luis XIV en 1662. En ellas se instalaron no sólo pintores y tapiceros, sino también orfebres, forjadores, grabadores y ebanistas. Sus trabajos adquirieron una reputación internacional, por su magnificencia.
  2. A mediados de la década de 1840, Federico está en el punto álgido de su desarrollo profesional. Escribía mucho, tanto trabajos literarios como cartas; trabajaba como catedrático en La Sorbona, mientras la Sociedad de San Vicente de Paúl seguía creciendo a un asombroso ritmo.
  3. Sabemos que, el 15 de marzo de 1848, tuvo lugar en su casa una reunión de profesores para estudiar «un plan para abrir clases públicas para obreros, con la ayuda de los carmelitas» (carta a Alphonse Ozanam, del 15 de marzo de 1848). La biógrafa O’Meara da más detalles de estas clases a un grupo de obreros, en la cripta de San Sulpicio, que no se hallan en documentos anteriores, posiblemente conseguidos de las conversaciones que O’Meara tuvo Amélie Soulacroix, viuda de Federico, cuando O’Meara comenzó a escribir su biografía de Federico, hacia 1875.
  4. Así, ella nos cuenta que Federico dijo a los obreros en cierta ocasión: «Amigos míos, cada uno de nosotros tiene su oficio en la vida. El mío es bucear entre libros antiguos; puedo asegurarles que, bajo el polvo de estos viejos folios, descubro lecciones que el pasado nos ha legado bajo la forma más fascinante». El trabajo, obligación de todos, es una de las fuerzas regeneradoras del mundo. Y es obligación de todos: nadie debe quedar ocioso. En una de sus obras (La Civilisation au Cinquième Siecle), dice que «el cristianismo rehabilitó [al trabajo] por el ejemplo del Cristo y de los Apóstoles, por el de San Pablo, que quiso trabajar con sus manos y se asoció en Corinto con el judío Aquila para fabricar tiendas de campaña, antes que comerse un pan que no hubiese ganado con el sudor de su frente».
  5. Así pues, para Federico, la ley universal del trabajo se aplica con idéntica fuerza a los trabajadores que aran la tierra y extraen agua del río, y a aquellos que cultivan en los campos de la ciencia, el arte o la literatura.
  6. El texto de arriba nos habla de que, con nuestro trabajo, construimos la obra de Dios, de una forma que a veces no comprendemos, no llegamos a ver la imagen global, y a veces los sufrimientos son muchos, sin ver «ni el fin ni el fruto». Pero eso no nos ha de desanimar. Hay un viejo dicho que dice que «unos plantan la semilla, otros recogen la cosecha». Cumplamos con nuestra labor y seamos fieles a la obligación (y el don) de trabajar, pues con ello colaboramos con Dios para completar su plan en la tierra.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Cumplo con mis obligaciones en el trabajo? ¿Lo considero como una forma de colaborar con Dios?
  2. ¿Gasto demasiados momentos en mi vida en cuestiones ociosas, que no aportan demasiado a mi crecimiento personal?
  3. ¿Me preocupo de seguir formándome, día a día?
  4. Si, hoy en día, un obrero dedica de promedio 8 horas diarias al trabajo, ¿dedico yo al menos la misma cantidad de tiempo a trabajar?

Javier F. Chento
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