El Espí­ritu Santo es la fuerza que nos capacita para la misión de evangelización.

Se salvan cuantos confiesan por la fuerza del Espíritu:  «Jesús es Señor», y creen que Dios lo resucitó de entre los muertos.  La confesión con la boca y la fe en el corazón son decisivas, pues, para nuestra justificación.

Pero nadie puede hacer tal confesión y tener tal fe si no es bajo la fuerza del Espíritu Santo.  Así­ que queda claro además que es decisivo el Espí­ritu Santo para la proclamación salvadora del Evangelio.  De hecho, somos capaces de ser testigos de Jesús por la fuerza del Espíritu.

Claro, evangelizar requiere que seamos hombres de Evangelio, siguiendo a Jesús de cerca y guardando sus enseñanzas.  Y podemos serlo por la fuerza del Espí­ritu Santo que nos guíe a toda verdad.  Él nos recordará además a Jesús, sus enseñanzas y la Escritura.  Así­ quedaremos capacitados para toda obra buena.

Y afirma Jesús de otra forma esa imprescindiblidad del Espíritu Santo.  Pues confiando la misión de paz y perdón a los discípulos, él exhala su aliento sobre ellos.  A continuación les dice:  «Recibid el Espí­ritu Santo …».  Es la fuerza del Espíritu la que saca a los temerosos de la casa del temor.

Por tanto, no quiere Jesús que los que pretendemos ser cristianos nos encerremos en nuestros intereses, nuestro bienestar, nuestras seguridades.  Tampoco nos quiere contentos con el círculo cerrado de allegados y conocidos.  Por eso, nos da la fuerza del Espí­ritu para proclamar el Evangelio de reconciliación en las periferias.

Y la evangelización de los que viven en las periferias han de ser de palabra y de obra (SV:ES XI:393).  Es decir, hay que asistir a los pobres de todas la maneras, y procurar que los demás les asistan asimismo.

Por la fuerza del Espí­ritu también podemos reflejar, evangelizando a los pobres, la presencia especial de Jesús entre nosotros.

Después de la resurrección, Jesús va apareciéndose sin más a los discípulos, aun penetrando en las puertas cerradas.  Y sin más también va desapareciendo.  Esto indica claramente que su presencia está más allá de lo fí­sico.

Reflejaremos, sí, esa presencia especial si la búsqueda de lo celestial aviva nuestra preocupación de perfeccionar lo terrenal (GS 39).  Así­ pues, aun ahora se anticipa de alguna manera un vislumbre del siglo nuevo.

Verdaderamente pues, se espera de nosotros que, aun estando en el mundo, no seamos del mundo.  Vivimos aquí­ ahora, pero realmente, es Cristo quien debe vivir en nosotros.

Y para que contemplemos ahora su misterio pascual por la fuerza el Espíritu, nos ha dado la Eucaristía.  Esa memoria viva del misterio «entraña un compromiso en favor de los pobres» (CIC 1397).

Concédenos, Señor, la fuerza del Espíritu Santo, para que logremos pasar haciendo el bien.

4 Juno 2017
Pentecostés
Hech 2, 1-11; 1 Cor 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23


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