Organización. El año 1617 es para Vicente de Paúl y para nosotros una signo de lo que significa decir «Yo Soy Vicente». El autor anónimo de esta reflexión en nuestro sitio amigo, Somos Vicencianos, nos dice «…no se adquiere más que lo que se da, la caridad es un don de Dios».

El autor continúa:

La doble experiencia de Gannes y de la misión de Folleville llevarán a Vicente de Paúl a fundar la Congregación de la mi­sión (1625), a organizar las misiones, los ejercicios para ordenan-dos (1628), la asociación de sacerdotes de la «Conferencia de los martes» (1633), los seminarios (1641) para poner en práctica los decretos del concilio de Trento, la reforma del clero y del episcopa­do. La solidaridad y la «subsidiaridad» entre los miembros de la comunidad y de la iglesia y la interdependencia de ministerios y de obras serán para él una exigencia.

La experiencia del sermón de Chátillon (las grandes obras vicencianas han nacido de un discurso ardoroso, ha señalado con exactitud Atonio Rédier) y la experiencia de una caridad mal or­ganizada, conducirán a Vicente de Paúl a fundar las Damas de la Ca­ridad (1617) y la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633).

Con mujeres capaces y perspicaces, concebirá y

en 1638 organizará la obra tan necesaria y urgente de los niños expósitos. De 1639 a 1660 lanzará una campaña de ayuda y orien­tará la acción caritativa en las provincias saqueadas y devastadas por la guerra. Todas estas creaciones serán expresión y prueba de la concientización profunda de Vicente. Esta concientización re­cuerda aún hoy la gran preocupación de este organizador de la ca­ridad: organizar la sociedad en función de los pobres y ayudarles por todos los medios a salir de su pobreza. La interdependencia, la interferencia, entre los miembros de la sociedad y del cuerpo místico exigen solidarizarse con los demás. Las fórmulas vicencianas incisivas y exigentes nos recuerdan el radicalismo de las enseñanzas evangélicas: «Dios no soporta la unión con él, si se to­lera la desunión con sus miembros». La unión y el amor al pró­jimo realizan la unión con Dios: «Si tenemos amor, debemos ma­nifestarlo llevando a los hombres a amar a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo». «Debemos unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucris­to».

A partir de estas dos revelaciones Vicente de Paúl hablará so­bre todo de Dios a través de la «usura de su ser». Trabajará todo el día y una parte de la noche para responder en toda circunstan­cia a las exigencias del «reino de Dios», que se manifiesta siempre en beneficio de los pobres.

Sin ruido de palabras, Vicente nos introduce en el misterio del amor humano y silenciosamente nos confiesa que los pobres nos revelan la verdad del hombre. En él descubrimos cómo una «obra» se encuentra siempre en la convergencia donde se organiza un movimiento del dinamismo humano, una doctrina, una orga­nización ingeniosa y minuciosa de personas y de dones.

Cuando organizamos a las personas y los talentos de una manera ingeniosa y meticulosa, podemos decir que «Yo Soy Vicente».

Extraído de «El descubrimiento de los pobres II»


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