«¡Ah! ¡qué hermoso título! Hijas mías, ¡Qué hermoso título y qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer esto? Sirvientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo, ya que Él considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros (Mt 25,40), ¿Y qué hizo Él en este mundo, sino servir a los pobres? ¡Ah! mis queridas hijas, conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener» (IX, 302).

Vicente de Paúl

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Reflexión:

  1. 1.- En una sociedad que medía su posición por los títulos, no sorprende que el sr. Vicente se hiciese eco del ambiente y motivara a su “grey” con el parrafito anterior. Un título que el gasconés matiza y pone en la pirámide poblacional por debajo de lo más bajo: “sirvientes de los pobres”. Más aun: las sitúa fuera del orden social si tenemos en cuenta que los “pobres” no ocupaban sitio alguno y se consideraban como un “añadido” al que era preciso atender.
  2. Y no sólo es un “hermoso título” sino una “hermosa cualidad”. Es decir, al sustantivo se añade, por si fuera poco, el adjetivo. Y lo es porque conlleva un significativo reverso: “sirvientes de los Pobres”-”sirvientes de Jesucristo”. Una afirmación que tiene nada de teórica sino que marca el carisma tanto personal como institucional del sr. Vicente. La cara permanentemente actual de la presencia de Jesucristo entre la humanidad son los pobres.
  3. “Ser servidores de los pobres” obliga, desde esta perspectiva, a ubicarse “al lado de los pobres” no sólo para “acompañarles en su pobreza” sino para animarles a “salir de ella”. Es claro, con ello, que a la “pobreza personal” se añade la “pobreza estructural” y que al “acompañamiento personal” se debe añadir la “denuncia de las estructuras” que generan pobres en vez de churros. No calló el sr. Vicente ante Richelieu cuando éste le acusaba que “sacar los pobres de debajo de las piedras”… Los “pobres” existen porque los “ricos” crean estructuras de poder injustas.
  4. “Ir” a los pobres, “servir” a los pobres, “evangelizar” a los pobres… no es, por tanto, sino una de las caras de la moneda del carisma vicenciano (en nada, por supuesto, exclusivo o superevangélico); la otra es la “denuncia profética” de cualquier estructura injusta que genere pobres o  ahogue cualquier intento por mejorar sus condiciones de vida. Y, aquí, la apertura a otras perspectivas que trabajen en ello debe ser absoluta y sin condiciones. ¡Tarea que tenemos por delante!

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Somos servidores de los pobres a tiempo completo?
  2. ¿Está presente en nuestras Instituciones la denuncia profética?
  3. ¿Acompañas a algún pobre a mejorar sus condiciones de vida?
  4. ¿Tiene hoy día alguna “traducción” el “servidores de los pobres”?
  5. ¿Cómo combinar la “pobreza” con la “significatividad”?

Mitxel Olabuenaga, C.M.
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