Vicente de Paúl: Sólo Dios basta

por | Oct 26, 2016 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

«Dios es un abismo de dulzura, un ser soberano y eterna­mente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes; todo es allí inabarcable. Pues bien, el conocimiento que de Él tenemos, y que está por encima de todo entendimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia y hacernos hablar de su suprema majestad: con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más; y ese aprecio y ese amor nos darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad, un cuidadoso esmero por no hacer nada en contra suya y un gran alejamiento de las cosas de la tierra, despreciando todos sus bienes«.

Vicente de Paúl (SVP ES, XI, 412)

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Reflexión:

  1. La proximidad a Dios no puede hacernos creer que nos situamos a su altura pues, como dice San Vicente, “está por encima de todo entendimiento”. Ante esta imposibilidad sólo cabe una postura: el anonadamiento, el desconcierto, el vacío prometedor de un futuro mejor. Un “despojarse de uno mismo” que no debe ser, por otra parte, obstáculo para apreciarlo infinitamente. Para apreciar su dulzura (abismal), su soberanía (eterna) y su bondad (infinita).
  2. Llegados a esta situación de anonadamiento nos queda, fruto del aprecio, “hablar de su suprema majestad”, es decir, comunicar a los demás la experiencia vivida. Una situación que experimentaron los discípulos de Jesús en la montaña, en la llamada trasfiguración con sus tiendas, parafernalias y demás. Y, para ello, se hace necesario, según san Vicente, practicar tres virtudes, tres claves espirituales: la humildad (que nos hace sentir humanos), la reverencia (que nos hace ser respetuosos) y la sumisión (que nos compromete con el plan de Dios).
  3. Estas tres virtudes que nos llevan al deseo de cumplir su voluntad sólo pueden nacer de un profundo amor a Dios. Sólo desde este amor, sin condicionantes ni fisuras, es posible responder con un “hágase tu voluntad”, “no se haga tu voluntad sino la mía”. Sólo desde este amor podemos comprender la actitud de María y de Jesús. Porque, en definitiva, el auténtico amor (en cualquiera de sus dimensiones) se sustenta sobre dos pilares: “estar junto con” y “dejarse influenciar por” … Todo ello para desplegar (“bajar del monte”) en los demás la experiencia compartida de Dios.
  4. Sin embargo, en este proceso de “experiencia-misión”, debemos estar atentos a la autenticidad del mensaje. Los “ruidos” son más que abundantes y pueden distorsionar (cuando no adulterar) la voluntad de Dios. Puede sonar a tópico, pero es conveniente repetir con san Vicente que la voluntad de Dios no siempre coincide con las cosas de la tierra y sus bienes. Y, quizá, aquí, encontremos la más seria dificultad para ver, juzgar y desplegar la voluntad de Dios. El camino de mejora es amplio pero pasa inexorablemente por una profunda y rigurosa sesión de discernimiento (sólo o, mejor, acompañado).

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Hemos tenido alguna experiencia profunda de encuentro con Dios?
  2. ¿Con qué disposiciones me sitúo para lograr este encuentro?
  3. ¿Soy capaz de superar las cuerdas que me atan a la tierra y a sus bienes?
  4. ¿Es real para nuestras comunidades el hecho de “plantar tiendas”?
  5. ¿Qué forma geométrica tiene nuestra experiencia de Dios? ¿Circular? ¿Triangular? ¿Plana? ¿Helicoidal?…

Mitxel Olabuenaga, C.M.
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Etiquetas: Vicente de Paúl

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