Un punto de vista vicenciano: Devolver

por | Sep 7, 2016 | Formación, Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 comentarios

Imagina un mundo en el que todos tengan todo aquello que necesitan, no demasiado y tampoco demasiado poco. Nadie que pase hambre —siempre con suficiente comida—. Nadie desnudo —ropa adecuada disponible para todos—. Nadie necesitado de refugio —todos con unca casa donde cobijarse—. Nadie solo —todos contando con una familia o un amigo para hacerles compañía—.

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En ese mundo, ¿qué sería la virtud? La generosidad no tendría sentido. No habría ninguna necesidad de compartir con otros, ya que todo el mundo ya tendría lo suficiente. Añadir algo a lo que una persona ya tuviese sólo sería un desperdicio. La caridad no tendría ningún objeto. ¿Qué se puede compartir con alguien que tiene tanto como tú? ¿Con qué propósito? Visitar otros no traería ninguna alegría especial a sus vidas, porque ya tienen amigos y familiares. Mi esfuerzo para estar con ellos no añadiría nada a su contento. El sacrificio no tendría ningún objetivo. ¿Qué podría sacrificar, y para quién o para qué? A nadie le faltaría de nada y, así, nadie se beneficiaría de mi desprendimiento. Sería un gesto sin sentido. En este nuevo mundo, la igualdad y la autosuficiencia siempre describirían el status quo.

¿Qué clase de mundo sería este? ¿Es la perfección de una comunidad cristiana? Parece difícil de mantener esa opinión. Cuando no hay nada que me saque fuera de mí, entonces me convierto en el centro de todo, con todas las necesidades satisfechas y todo deseo respondido. Realmente, no hay virtud, porque no hay nadie más en mi mundo. Todo el mundo está perfectamente situado en su propia existencia cómoda y sin cambios.

Esta reflexión me lleva de nuevo al Evangelio de hace una semana. Jesús está en la casa de un lider fariseo y le habla a su anfitrión:

Cuando des una comida o una cena,
no llames a tus amigos, ni a tus hermanos,
ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos;
no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa.

Ves el problema aquí. Es una suma cero. Me invitan a una cena; los invito a una cena. No hay ganancia o pérdida. Me prestas cinco dólares; yo te pagaré cinco dólares. No soy más pobre o más rico al final de la transacción. Tú limpias mis platos hoy; yo limpio los tuyos mañana. La mesa está limpia al final de los dos días, sin esfuerzo adicional. Al igual que Jesús, no estoy tratando de decir que no debemos tratar a las personas cercanas a nosotros también, pero necesitamos ver un mundo más amplio.

A medida que continúa su instrucción, Jesús le dice a su anfitrión:

Cuando des un banquete, llama a los pobres,
a los lisiados, a los cojos, a los ciegos;
y serás dichoso, porque no te pueden corresponder,
pues se te recompensará en la resurrección de los justos.

La clave aquí, por supuesto, es la incapacidad de pagar por parte de estas personas necesitadas. Esa incapacidad me permite ser generoso y caritativo; me ofrece la oportunidad de hacer una visita y hacer un sacrificio. En serio, ¿no me permite esto la posibilidad de la virtud? ¿No es un regalo la incapacidad de otros para responder a nuestra atención de manera semejante? ¿No deberíamos estar agradecidos a aquellos que necesitan nuestras cosas y que nunca pueden responder a nuestra acción? Podríamos pensar que somos una bendición para ellos, pero ellos no son menos bendición —¡probablemente más!— para nosotros. Ellos nos guían a lo mejor de nosotros.

Cuando oramos por las necesidades de los pobres entre nosotros, también debemos orar en agradecimiento por su presencia. Nos guían a ser desinteresados y a movernos hacia fuera de nosotros mismos. No hay una «devolución», sino, como algunos podrían decir, un «pago adelantado». Esto es cierto no sólo en nuestro mundo en general, sino también en nuestra comunidad local.

El mundo en el que vivimos no permite, y probablemente nunca lo haga, la distribución equitativa de los bienes y oportunidades. Eso tendrá que esperar a las circunstancias particulares del Cielo. Ahora, sin embargo, algunas de las brechas que existen entre nosotros tienen que cerrarse por nuestra voluntad y deseo de ser mujeres y hombres virtuosos. El cuidado de «lo nuestro» no es suficiente; también hay que atender a los que, como Lázaro, se encuentran fuera de nuestra puerta. Afortunadamente, estos mismos pensamientos y acciones son lo que nos prueban dignos del Reino de Dios.

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