“Siento gran alegría en hacer un regalo a la Congregación de la Misión en la persona del postulante,” escribía un carmelita, el padre Mariano Cacace el 17 de octubre de 1818, al presentar un candidato nuevo a los misioneros vicencianos de la provincia de Nápoles. Se trataba de uno de los grandes regalos de Dios a la Congregación de la Misión.

cinco rostros justino jacobis

Si tuviera que presentar a una sola hija de la cari­dad como modelo para las hermanas, escogería a Rosalía Rendu. Si tuviera que escoger un solo misionero para pre­sentarlo como mo­delo a sus hermanos de congregación, elegiría a Justino de Jacobis.

Pocos misio­neros se han identificado con los pobres como él lo hizo. Estas son las palabras con las que se presentó a la población de Etiopía y de Eritrea:

La boca es la puerta del corazón. El hablar es la llave del corazón. Cuando abro mi boca abro a la vez la puerta de mi cora­zón. Cuando os hablo os estoy entregando la llave de mi corazón. Venid y ved que el Espíritu Santo ha puesto en mi corazón [ …] un gran amor por los cristianos de Etiopía.

Justino nació en San Fele, Italia, en el amanecer del siglo XIX, el 9 de octubre de 1800 Fue ordenado sacerdote en la Congregación de la Misión en 1824, y luego trabajó en varios ministerios en Italia durante 15 años, la mayor parte en la Apulia. Sirvió en dos casas como superior, y fue también director del semi­nario interno. Marchó a Etiopía como Prefecto Apostólico en 1839. Durante los 21 años siguientes se sumergió totalmente en la vida y la cultura de la gente de aquel país, para la que fue ordenado obis­po en 1849. Cuando murió el 31 de julio de 1860 era reconocido por todos como santo. El papa Pablo VI lo canonizó el 26 de octu­bre de 1975.

Justino es un modelo extraordinario de misionero. Sus car­tas están llenas de sabiduría, profunda caridad pastoral, y una gran sensibilidad hacia las gentes a las que dedicó su vida. Espero con­seguir que reviva ante el lector presentándole estos cinco rostros.

I. Etíope para los Etíopes, Eritreo para los Eritreos

Hace unos pocos años iba yo en coche con dos amigos por las montañas no lejos de Roma cerca de Frascati. Descubrimos allí una pequeña iglesia preciosa oculta entre los árboles. Nos decidi­mos a visitarla. Con gran sorpresa mía encontramos en el interior una estatua de Justino de Jacobis. Mientras explicaba a mis amigos quién era y lo que había hecho, un capuchino etíope se nos acercó por detrás y me preguntó: “¿Es que usted conoce a nuestro santo?”

Me sorprendió mucho eso de “nuestro santo”. Pero de seguro que esa es la expresión con la que a san Justino le gustaría ser recordado.

En su discurso a los cristianos de Adwa, Justino les dijo acerca de sí mismo: “¿Quién es el dueño de mi corazón? Dios y los cristianos de Etiopía. Vosotros sois mis ami­gos, vosotros sois mi familia, vosotros sois mis hermanos y herma­nas, vosotros sois mi padre, vosotros sois mi madre. Haré siempre lo que os agrade. ¿Queréis que siga en esta región? Permaneceré en ella. ¿Queréis que me vaya a otro lugar? Me marcharé. ¿Queréis que esté callado? Guardaré silencio… ¿Queréis que celebre misa? Lo haré. ¿No queréis? Pues no celebra­ré. ¿Queréis que oiga confesiones? Lo haré. ¿No queréis que pre­dique? Pues no predicaré.”

Un seminarista etíope con el que conviví en Estados Unidos expresó el homenaje definitivo a Justino. Me dijo que había oído hablar de Justino de Jacobis durante más de 15 años desde que era un niño en su casa y durante el tiempo que estuvo en el seminario menor. Pero que ¡sólo cuando fue a la universidad se enteró de que Justino era italiano! Justino estaba tan profundamente inculturado y tan enraizado en los corazones del pueblo de Etiopía y de Eritrea que aquel joven dio por supuesto que Justino era “uno de nosotros”.

En su misión evangelizadora Justino viajaba de un lugar a otro. Era en verdad un misionero itinerante. Durante los treinta años de predicación en Etiopía y en Eritrea cubrió miles de quiló­metros visitando poblaciones pequeñas y grandes. Una vez conso­lidado un puesto misionero, confiaba su dirección a uno de sus sacerdotes o seminaristas, y él mismo se iba a otras poblaciones para evangelizar a otras gentes. En cuanto llegaba a un nuevo lugar Justino alquilaba una o dos pequeñas viviendas locales para él y para los que le acompañaban en el viaje. Invitaba a la población local a que le visitaran, para hablar con él, y también para rezar con él

Justino predicaba el evangelio de una manera tan sencilla que sus oyentes entendían con facilidad su mensaje. A la vez se daban cuenta de lo bondadoso que era. A dondequiera que iba pre­dicaba de palabra y de obra, mostrando una gran preocupación por los enfermos y por los pobres, y animaba a las pequeñas comuni­dades que fundaba a vivir vidas de fidelidad constante a su fe. Por el testimonio de sus vidas Justino y sus compañeros se ganaron el respeto de muchos creyentes ortodoxos.

II. Formador del Clero

Pío IX, el papa que nombró obispo a Justino, trabajó por promocionar las misiones estableciendo cientos de prefecturas, vicariatos y diócesis por todo el mundo, casi siempre bajo los aus­picios de “Propaganda Fide.” Por desgracia muchos de los misio­neros que fueron a esos territorios nuevos no veían la necesidad de formar un clero nativo. Muchos intentaron transportar a zonas de misión desde sus países de origen un estilo europeo de iglesia, y convencer a sus oyentes para que se hicieran católicos a la manera europea, pero no consiguieron enraizar a la Iglesia Católica en el contexto cultural de las poblaciones nativas. Justino estaba decidi­do a no cometer ese mismo error, y centró sus energías en la for­mación de un clero nativo. Escribió a sus superiores:

Es más útil y más provechoso el valerse de sacerdotes nati­vos que de misioneros europeos, pues estos no están familiarizados con los modos de ser culturales de la población nativa.

Impresionado muy pronto por la capacidad intelectual de los seminaristas y por su conocimiento de las lenguas locales y del contexto social, Justino se dedicó con mucha energía a su forma­ción. Por su parte, los estudiantes veían la dedicación, el amor, la disponibilidad de su formador. Por el gran respeto mutuo que se creó entre él y ellos, muchos seminaristas permanecieron leales a Justino durante toda la vida de éste, venciendo toda clase de obstá­culos e incluso la persecución. El clero nativo preparado por de Jacobis se convirtió en la espina dorsal de la comunidad católica. Justino tenía una altísima estima de su clero nativo. Dejó dicho: “Ellos son mis ojos, mi boca, mis manos y mis pies. Hacen lo que yo no puedo hacer, y hacen mejor que yo lo que hago yo mismo…”

Desde el momento en que Justino puso el pie en el territo­rio de misión se dio cuenta del gran respeto que etíopes y eritreos sentían por el clero. El reforzó ese respeto aún más en todas sus relaciones con ellos.

Los opositores principales de Justino fueron algunos miem­bros del clero ortodoxo, pero sin embargo él siempre los amó y los respetó. La puerta de su residencia les estaba siempre abierta. Tenía un gran interés por la unidad, que él creía ya existente en gran medida. Por eso rehusaba dejarse arrastrar hacia discusiones teoló­gicas inútiles. No permitía que sus propios cohermanos o estudian­tes les criticaran. Cuando el clero ortodoxo se lo permitía, se les unía en su oración y en sus servicios litúrgicos, así como en reunio­nes de carácter social. Por su parte, Justino invitó a varios ortodo­xos a enseñar a sus estudiantes la música y las oraciones litúrgicas. Aún más, por el profundo respeto que tenía a los monjes ortodoxos visitó muchos de sus monasterios para profundizar en el conoci­miento de la formación que recibían y de su forma de vida. Tenía también un gran interés por conocer sus métodos de apostolado.

Intentando resolver el problema de la escasez de sacerdotes católicos, Justino pensó en enviar algunos de sus seminaristas a Egipto para mejorar su formación y prepararles a la ordenación sacerdotal. Pero Guglielmo Massaia, que más adelante llegaría a ser cardenal, acababa de llegar como Prefecto Apostólico de la zona sur de Etiopía. Visitó Guala en 1846 y al año siguiente ordenó a nuevos sacerdotes y recibió en la Iglesia Católica a otros que habí­an estando ejerciendo su ministerio en la Iglesia Ortodoxa. Eran 15 en total. Este hecho dio un tremendo empuje a los esfuerzos apos­tólicos de Justino. Los nuevos sacerdotes católicos fueron destina­dos a diversas poblaciones y la fe católica comenzó a florecer.

Durante los años de ministerio de Justino fueron ordenados 35 sacerdotes etíopes y eritreos, 18 de ellos célibes y 17 casados. Estuvo preocupado por la formación de estos sacerdotes diocesa­nos hasta el final mismo. El 31 de julio de 1860, justamente tres horas antes de morir, reunió a sus discípulos a su alrededor y les dijo:

… Siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor, que dijo adiós a Nuestra Señora y a los apóstoles, os digo adiós a vosotros… Alejad de vuestras casas toda calumnia y toda disensión; amaos los unos a los otros permaneced firmes en la fe, y sobre todo practicad la caridad. Sed la luz de vuestro pueblo.

Luego llamó a los seminaristas al lado de su cama y les dijo:

Como Dios os ha escogido, tened cuidado en seguir el buen camino. Os propongo a los monjes como modelos. Son buenos y son la luz que os ilumina. Seguid su ejemplo. (Kevin Mahoney, The Ebullient Phoenix, Vol. I, pp. 213-215.)

III. Totalmente Inculturado

Un siglo antes de que se hiciera de uso común la palabra “inculturación”, Justino era un maes­tro en ese arte. Decía a sus oyentes: “Si me preguntáis quién soy yo, os diré: ‘Yo soy un católico romano que ama a los cristia­nos de Etiopía.’ Y si alguien os pregunta: `¿Quién es este extranjero?’, le decís: `Es un cristiano ro­mano que ama a los cristianos de Etiopía más que a su madre y más que a su padre; ha dejado a sus ami­gos, a su familia, a sus hermanos, a su padre y a su madre para venir a visitarnos y para mostrarnos el amor que nos tiene.’

Justino escribía con todo cuidado sus impresiones en su diario, y también escribió informes extensos a sus superiores en Roma y en París. Esta documentación nos proporciona una fuente de información preciosa de las costumbres etiópicas de la mitad del siglo XIX, costumbres que describe con detalles que sólo se pue­den encontrar en la pluma de alguien que tiene un gran amor a lo que está describiendo. Da información sobre temas sin número, tales como el vestido, los funerales, los métodos de enseñanza, cas­tigos, e incluso procedimientos de cirugía. Su diario está ilustrado con dibujos de personas, lugares, y de las cosas que ha visto.

Voy a mencionar ahora sólo tres temas en los que su sensi­bilidad hacia su gente le llevó a inculturarse profundamente en sus maneras de ser:

  1. Justino estudió intensamente y consiguió aprender bien las lenguas que hablaban sus gentes. A los tres meses de llegar a Etiopía comenzó a predicar en amharic, con la ayuda de un tutor. Poco a poco aprendió también tigrinya y ge’ez, el lenguaje litúrgi­co. Con mucha ayuda de Ghebra Miguel redactó un catecismo en amharic. Era un comunicador excelente, que preparaba sus confe­rencias muy cuidadosamente. Los grupos a los que hablaba eran a veces muy heterogéneos: sacerdotes diocesanos, monjes coptos, intelectuales laicos que estaban muy apegados a sus propias creen­cias. Al final de una reunión en la que Justino había hablado con mucho calor acerca de su gente, un intelectual anciano que era muy estimado, dijo en una voz muy alta: “Este sacerdote que acaba de hablar merece ser nuestro padre.”
  2. Justino adoptó sin muchas dudas el modo de vestir de los sacerdotes etíopes. Muchos lectores habrán visto imágenes suyas vestido de esa manera. Escribió al padre Etienne a París: “Creo que el principio de la Congregación, qué es el principio del mismo (san Vicente), es que los misioneros vistan hábitos lo más parecidos a los que usan los sacerdotes más ejemplares del país en el que viven. Aquí los sacerdotes visten de esta manera: llevan una cami­sa grande blanca, pantalones amplios, también blancos, los pies desnudos y un turbante blanco en la cabeza, un manto amplio que es también blanco. Yo visto de esa misma manera.”
  3. A diferencia de otros muchos misioneros, él adoptó el rito etiópico. Con la experiencia de haber participado con frecuen­cia en la oración junto con cristianos etíopes ortodoxos, llegó a la conclusión de que su manera de orar se adaptaba muy bien a su cul­tura y por otro lado que no había en ella nada erróneo. Permitió a sus discípulos seguir con sus devociones ortodoxas, incluso des­pués de que habían aceptado la fe católica. No exigía que los sacer­dotes etíopes fueran ordenados por segunda vez según el rito lati­no. Dejó libres a los sacerdotes para celebrar la misa según los libros litúrgicos que habían usado siempre.

IV. Amigo de Ghebra Miguel

Su relación fue extraordinaria.

Ghebra Miguel fue durante su vida un peregrino, un busca­dor incansable de la verdad. Nacido diez años antes que Justino, se hizo monje monofisita a la edad de 19 años, pero siguió preocupa­do por la búsqueda de la verdad. Hizo una larga peregrinación de Etiopía a El Cairo, Roma y Jerusalén y en ella encontró a Justino de Jacobis por vez primera. En Roma se sintió muy atraído a la Iglesia Católica. De vuelta en Etiopía fue perseguido por los orto­doxos por su inclinación hacia el catolicismo, y escapó a Adwa, donde Justino de Jacobis lo recibió con los brazos abiertos.

En 1844 Ghebra Miguel declaró oficialmente su aceptación de la doctrina de las dos naturalezas en Cristo y se hizo católico. Desde aquel momento acompañó a Justino en muchos de sus via­jes, especialmente al famoso monasterio de Gunda Gunde. La visi­ta del Prefecto blanco y del muy respetado monje Abba Ghebra Miguel afectó profundamente a los monjes del monasterio. Por causa de la buena impresión que produje­ron Justino y Ghebra Miguel, unos cuantos monjes decidieron seguirles a Guala. Uno de los monjes sugirió al Prefecto que solici­tara permiso para com­prar alguna tierra a los habitantes de Guala, que era su lugar de nacimiento. De Jacobis compró un pequeño terreno cerca de la igle­sia ortodoxa de San Jorge. En 1845 Justino construyó allí el semi­nario, y trasladó a los seminaristas y a algu­nos de sus sacerdotes de Adwa a Guala. También construyó el Prefecto una casa cerca del seminario para jóvenes y adultos que venían de aldeas cercanas para recibir instrucción catequética.

Ghebra Miguel ayudó muchísimo en la formación del clero. Compuso un diccionario de la lengua ge’ez usada en la liturgia. Escribió un libro básico sobre la fe católica sencillo y claro. Escribió un libro de texto de teología dogmática. Pero estaba des­tinado a sufrir mucho. Le encarcelaron durante dos meses un poco antes de que Justino le ordenara de sacerdote en 1851, a la edad de 60 años.

Más tarde, cuando estalló la persecución una vez más, fue­ron puestos en prisión él y Justino. Por ironías de la vida, Justino fue tratado mejor que Ghebra Miguel, hacia quien parecían sentir un odio especial algunos entre sus antiguos colegas ortodoxos. Ghebra Miguel fue torturado varias veces y urgido a renunciar al catolicismo. Fue conducido de un lugar a otro encadenado y ensan­grentado a fuerza de golpes, y ofrecido a la vista de las muchedum­bres. Le golpearon varias veces para derribarlo, y cuando el pueblo le veía levantarse una y otra vez le aclamaron como a un segundo san Jorge, el santo del que se decía que tuvo siete vidas.

El rey decidió no ejecutarlo por presiones de los ingleses y tal vez también por lo estimado que era Ghebra Miguel por el pue­blo, pero le condenó a llevar cadenas durante el resto de su vida. Caminaba penosamente como en procesión de pueblo en pueblo, siguiendo a soldados en marcha, rechazando solicitaciones para que abandonara su fe. Al fin, agotado totalmente por un tormento que duró 13 meses murió al borde del camino y fue sepultado muy cerca al final de agosto de 1855. Muchos han intentado encontrar su tumba, pero sin éxito. Justino le denominaba con frecuencia “el atleta generoso de Cristo.”

V. Profundamente Humano, Profundamente Santo

Muchos han resaltado las cualidades humanas de Justino; muchos también han escrito acerca de su santidad. Voy ahora a mencionar algunas de las cualidades que impresionaron a sus con­temporáneos.

Calor humano

Tenía Justino una ternura que impresionaba a muchos con gran fuerza. Sentía las cosas muy profundamente. Sus sermones están llenos de compasión. Habló muchas veces del amor que tenía a su gente. En su diario escribe de su madre, de la que estaba seguro que rezaba por él desde el cielo. Men­ciona la soledad que sintió cuando cele­bró la Navidad en 1839 casi solo. Ma­nifiesta su deseo de tener una comuni­dad de hijas de la caridad que le pu­dieran ayudar (IV, 23). Describe el dolor que sintió al ser separado de sus compañeros misio­neros S apeto y Montuori, que deja­ron Adwa para ir a Scioa y a Gondar: “Ved cómo la Pro­videncia nos hace sentir todos los tor­mentos de la separación en vida… Nuestros corazones están hechos para amarnos mutuamente.”

Amistad

Como otros muchos santos, Justino tenía el don de la amis­tad. Se hizo amigo no sólo de sus cohermanos y de los católicos de la misión sino también de muchos ortodoxos. Anudó relaciones estrechas con algunos misioneros protestantes que trabajaban en Etiopía. Sus relaciones eran tan calurosas que Justino fantaseaba en su diario: “… no estamos muy lejos del momento feliz en que podría tener lugar la reconciliación con nuestros hermanos (sepa­rados).”

Obras prácticas de caridad

Cuando estaba aún en Italia, Justino se centró en su minis­terio en los enfermos y los pobres. En 1836 y en 1837 una epide­mia de cólera hizo estragos en Nápoles. Justino trabajó día y noche para asistir a las víctimas. Se olvidó de sí mismo hasta tal punto que con frecuencia se olvidaba de comer y de dormir. Fue encon­trado dormido una mañana, exhausto, tumbado al lado de una víc­tima a la que había asistido hasta la muerte, sin pensar en el posi­ble contagio. En su diario (I, 147) también habla de visitas en Etiopía a viviendas de enfermos a las que la gente tenía miedo de acercarse por temor al contagio.

En la misión Justino convirtió su residencia en un lugar de acogida. A ella acudían con frecuencia a buscarle los enfermos, los hambrientos y los pobres, y él les atendía con gran ternura. Y salía de ella para visitar los que estaban confinados en sus casas y a los ancianos. Las personas a las que visitaba pertenecían a estamentos sociales diversos, pero todos ellas quedaban impresionadas por el trato cálido, humilde y caritativo del Prefecto Apostólico. Como vicenciano que era, estaba convencido de la importancia de predi­car “de palabra y de obra.” Y formó a su clero nativo para hacer también lo mismo.

Devoción a María la Madre de Dios

Durante su primer año en Adwa, Justino repartía medallas milagrosas a todos aquellos con los que se encontraba, diciéndoles cómo María era la Madre de Dios y Madre de todos los que creen en Cristo. Se dedicó a mucha actividad caritativa ministerial en nombre de María. Sus oyentes no sólo oían lo que Justino les decía acerca de María; observaban también cómo la honraba y cómo le rezaba. Por todo esto le llamaban Abba Yakob Zemariam, que sig­nifica Jacob de María.

En una carta desde Gondar del 27 de julio de 1848, sus seguidores le saludaron de esta manera:

Saludos a nuestro padre Justino, de parte de sus hijos que por la divina misericordia fueron trasladados de la oscuridad del cisma y de la apostasía. ¡Que el amor de María, Madre de Jesús, crezca en ti y en nosotros! Amén

Muchos años después de la muerte de Justino, el cardenal Massaia, que le había ordenado, dijo:

Pasados 35 años aún puedo recordar en buena parte los sermones que escuché por aquellos días, tan grande era la impresión que él me había producido a mí y también a otros. Ver a este hombre, serio y agradable a la vez, frugal en la comida, sencillo, modesto y nada llamativo en su manera de vestir, cortés y caritativo en su porte, siempre preparado para decir una palabra de aliento, nunca separado de sus discípulos, a los que trataba con la autoridad mansa de un padre y el afecto familiar de un hermano, siempre con ellos en lo que estuvieran haciendo, en el trabajo, en las comidas, en la oración; verle cuando celebraba misa como si estu­viera en éxtasis, verle presente en la oración común, recogido y parecido a un ángel; en una palabra, verle viviendo una vida que unía la soledad de un eremita con el elo de un apóstol: todo eso era para nosotros un sermón viviente.Ibid., pp. 585-586. (Ibid., pp. 585-586.)

Autor: Robert P. Maloney, C.M.

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