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¡Bienaventurados!

por | May 21, 2016 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

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Una mañana temprano, en el monte Sinaí, el Señor le reveló a Moisés: “Yahvé es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad” (Éx 34, 6). Durante el exilio en Babilonia, el Señor dice por medio del profeta Ezequiel: “¿Acaso quiero yo la muerte del pecador, y no más bien que se convierta y viva” (18, 23). Otro día, se hallaba Jonás desolado a las orillas de Nínive. Había predicado por sus calles la destrucción y el castigo, pero los ninivitas se arrepintieron de su mala vida, y Dios los perdonó. Jonás no amaba a los extranjeros ninivitas. No quería su conversión, ni la misericordia de Dios para ellos, sino sólo su justicia. Por eso, ahora, se lamentaba desdichado: “¿No lo decía yo, Señor, cuando estaba en mi tierra? Por eso intenté escapar a Tarsis, pues bien sé yo que tú eres un Dios bondadoso, compasivo, paciente y misericordioso”. (Jon 4, 2-3). Dios tiene misericordia entrañable o “de seno materno”. “¿Acaso olvida una mujer a su niño sin compadecerse del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella llegara a olvidarlo, Yo no te olvido” (Is 49, 15-16).

Confía, sábete seguro, te quiero como eres, no necesitas más libros de autoestima, te amo con entrañas de misericordia, no estás sola, eres mi consentida o consentido, fíate, mirando a Jesucristo tienes más motivos de confianza que de desconfianza mirándote a ti o a tus obras.

La Omnipotencia de Dios se muestra en su misericordia… se hace pequeño, se abaja a tu altura, te mira a los ojos y te dice: Te amo, por ti hice todas las locuras de la vida hasta morir en la cruz. Y, en la medida en que acojamos el amor misericordioso de Dios, en esa medida podremos ser misericordiosos y dar ese amor misericordioso “como el Padre celestial” (Lc 6, 36).

En otro día memorable, en una colina próxima a Cafarnaún, Jesús comenzó a decirles a sus oyentes: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos… Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia…” (Mt 5, 3.7). Y toda la actividad de Jesús está motivada e inundada de la voluntad del Padre que es misericordia para con los pobres y los pecadores. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella (la misericordia) se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret”, nos recuerda el Papa Francisco al inicio de su encíclica “El rostro de la misericordia”.

“Los que están sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos. … Yo no he venido a llamar a conversión a los justos, sino a los pecadores” (Lc 5, 31).

Pero la misericordia hacia los lobos es complicidad con el degüello de las ovejas. Así estaban las cosas ante el pastor luterano Dietrich Bonhoeffer frente al sistema de los nazis de Hitler. En abril de 1943 lo encarcelaron, y 9 de abril de 1945 lo ahorcaron en el campo de concentración de Flossenbürg. Tenía 39 años.

¡Y qué bien entendía la bienaventuranza de la misericordia! En su libro (en español): El precio de la gracia, nos dice:

Estos pobres, estos extraños, estos débiles, estos pecadores, estos seguidores de Jesús… no les basta su propia necesidad y escasez, sino que también se hacen partícipes de la ajena, de la culpa ajena. Tienen un amor irresistible a los pequeños, enfermos, miserables, a los anonadados y oprimidos, a los que padecen injusticia y son rechazados, a todo el que sufre y se angustia; buscan a los que han caído en el pecado y la culpa. Por muy profunda que sea su necesidad, por muy terrible que sea el pecado, la misericordia se acerca a ellos.

El misericordioso regala su propia honra al que ha caído en la infamia, y toma sobre sí la vergüenza ajena. Se deja encontrar junto a los publicanos y pecadores y lleva gustoso la deshonra de tratar con ellos… Sólo una honra y dignidad conocen: la misericordia de su Señor, de la que viven. Él no se avergonzó de sus discípulos, se convirtió en hermano de los hombres, llevó su ignominia hasta la muerte en cruz. Esta es la misericordia de Jesús, de la única que quieren vivir los que están ligados a él, la misericordia del crucificado. Ésta les hace olvidar toda honra y dignidad propia, y buscar solo la comunidad con los pecadores. Si se les injuria por eso, son felices. Porque alcanzarán misericordia. Dios se inclinará alguna vez profundamente hacia ellos descargándolos de sus pecados e ignominias. Dios les dará su honra y quitará de ellos la deshonra. La honra de Dios será llevar la vergüenza de los pecadores y vestirlos de su dignidad. ¡Bienaventurados los misericordiosos, porque tienen al misericordioso por su Señor!.

Y, este año que celebramos el Jubileo de la Misericordia es tiempo propicio para que acojamos mejor la honda misericordia de Dios y la demos con gratitud a quienes la necesitan de nosotros. “¡Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia!”. Gracias a todas las personas que han sido misericordiosos con nosotros, y ojalá tú y yo seamos campo donde florezca la fuerte y delicada misericordia.

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autora: Honorio López Alfonso, C.M.

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