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Hace bastantes años me contaron un cuentecillo breve que a continuación reconstruyo:

Mientras la profesora revisaba los exámenes de religión de sus alumnos, se llevó una sorpresa al leer la respuesta de Pilar a la pregunta «¿Cuál es la señal de los cristianos?».

Casi toda la clase había escrito la previsiblemente correcta respuesta: «La cruz», salvo algún despistadillo que puso el Rosario o, hasta incluso, el Papa.

Sin embargo, la respuesta de Pilar fue distinta. Y no por ello incorrecta, ni mucho menos. Seguramente Pilar, a sus pocos añitos, no era consciente de la profundidad de lo que escribió en el examen. La profesora recordó el pasaje de Juan 13,35 y, sin pensarlo demasiado, dio por correcta la respuesta de Pilar.

Por cierto, Pilar había respondido: “La señal de los cristianos es amarse los unos a los otros como Jesús nos amó”.

Los cristianos miramos la cruz recordando su desenlace liberador. La cruz sería un fracaso si no creyésemos en la confirmación que Dios dio a la entrega de su Hijo, con la Resurrección. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, somos los hombres más infelices de la tierra”, escribió san Pablo a los Corintios (1 Cor 15, 12-19).

Personalmente, casi nunca llevo colgada al cuello una cruz (de hecho, no llevo ni reloj). Evidentemente no es por una falta de sentimiento cristiano, ni porque no valore los signos. Es algo más prosaico… algunos metales me producen irritaciones en la piel. Mi casa, no obstante, se adorna con varios signos religiosos: nada más entrar una cruz saluda al visitante, con un «mi casa es tu casa»… cerca, un retrato de mi familia… un poco más allá, un retrato de Óscar Romero junto a otros de Vicente de Paúl y de Federico Ozanam. En mi habitación, un detalle del fresco de la Capilla Sixtina hecho por Miguel Ángel… y en varios sitios, imágenes, recuerdos de mi paso por Argentina, Perú, El Salvador, México, Honduras, Bolivia y otros lugares, memorias de gente a quien conocí y que me hablaron (con su vida o con su palabra) de una Fe liberadora. Y en mi coche, un rosario en el retrovisor y un pez al lado de la matrícula. Todos son símbolos que hablan de mi identidad.

Vivimos en una sociedad secularizada. Dice el diccionario que la secularización es la “desaparición de los signos, valores o comportamientos que se consideran propios o identificativos de una confesión religiosa”. Muchos gobiernos quieren relegar lo religioso al ámbito de lo privado, y que no haya ningún tipo de manifestaciones creyentes en la esfera de lo público. Esta Semana Santa, en mi país, España, hubo algunas situaciones que estaban relacionadas con este tema: fricciones por las procesiones pascuales, tan importantes durante esas fechas en algunas localidades españolas. Pero es importante diferenciar entre el ámbito de la sociedad y el ámbito del gobierno: lógico es que este último no manifieste preferencia religiosa alguna y que respete a todas; pero la sociedad no es el gobierno, e identificarlos puede llevar a situaciones peligrosas. La sociedad está inmersa en una cultura, que también tiene sus características religiosas. Las personas que componen la sociedad española, como la latinoamericana y otras culturas occidentales, aún se manifiestan mayoritariamente cristianas. ¿No tendrían derecho, pues, esta mayoría, a manifestarse públicamente?

Necesitamos potenciar la nueva evangelización en un mundo cada vez más secularizado. ¿Cómo hemos de hacerlo? Sin duda, el papa Francisco nos está mostrando, con hechos y con palabras, la dirección. Pues quizás llegue un momento en que el único signo que quede en la esfera pública de la Fe en Jesucristo sean las personas que profesan dicha Fe con autenticidad. Quizás así el «mirad cómo se aman», que escribió Pilar en su examen, vuelva a tener la actualidad que tuvo en tiempos de Tertuliano, quien nos cuenta en su apología contra los gentiles cómo los paganos, admirados de la fraternidad que se entablaba entre los seguidores de Jesús, murmuraban envidiosos: “Mirad cómo se aman”.

Para la reflexión y el diálogo:

  • Y de nosotros, seguidores de san Vicente, santa Luisa, el beato Federico, santa Isabel… ¿pueden decir esto? ¿Nos amamos como Cristo nos amó? Más aún: ¿amamos a los pobres como Cristo les amó? Ojalá sea así.

Javier F. Chento
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