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Jesús nos manda salir de todo encerramiento para participar, capacitados por el Espíritu y con fe valiente, en la misión de perdón y paz, evangelización y sanación.

Aunque cerradas las puertas de la casa, logra entrar Jesús. Se pone en medio de los discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Está a punto de darles una misión.

Les enseña luego las manos y el costado, asegurándoles que es él, y no un fantasma o un impostor. Para confirmarles en su alegría, les dice de nuevo: «Paz a vosotros». En seguida, les confía una misión.

Así es el Maestro bueno y misericordioso. Se pone literal y figurativamente en la situación de los discípulos. Comprensivo, bien sabe que los ya agobiados por el temor y la vuergüenza no tienen necesidad de recriminación. Por eso, no les muestra ningún resentimiento por su falta de coraje y fidelidad. Ni los quiere detenidos en acontecimientos que produzcan en ellos miedo, enfado o desesperanza paralizante.

No quiebra el Siervo Sufriente la caña cascada ni apaga el pábilo vacilante. Repara más bien las fuerzas de los decaídos con el don del Espíritu Santo. Despierta en ellos la confianza, indicándoles que no deja de fiarse de ellos, ya que los llama a su propia misión de evangelización de los pobres, sanación de los corazones abatidos y curación de los enfermos.

De ninguna manera se parece Jesús a los estudiosos que, desde sus cátedras exaltadas, miran con desdén a los demás como incapaces tanto de entender como de hacer algo bueno. No toma por perdidos a los tan necios, tercos e incrédulos como aquellos desilusionados discípulos, caminando hacia Emaús, o como Tomás que insiste en ver para creer. Por eso, los sigue formando.

El que descendió a los infiernos para resucitar a los muertos desciende ahora a nuestro nivel para comenzar formarnos. El Verbo encarnado se encuentra con nosotros en el lugar donde estamos. Nos toma de la mano y nos lleva adonde debemos llegar.

Continuando con nuestra formación, Jesús nos invita a contemplarlo, en medio de nuestras tribulaciones, para que no temamos: él estuvo muerto y ahora está vivo por los siglos de los siglos. Nos va capacitando por su Espíritu Santo «para toda clase de obras buenas». Solo por ellas se lleva a cabo la misión confiada.

Solo si personificamos la misión de perdón y paz, y del anuncio efectivo del Evangelio a los pobres, sumamente importante para san Vicente de Paúl, atraeremos a los demás y viviremos lo que se celebra en la Eucaristía.

Aquí estamos, Señor. Fórmanos y mándanos.

3 de abril de 2016
2º Domingo de Pascua (C)
Hech 5, 12-16; Apoc 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Jn 20, 19-31

nos vemos en la mision fb

 


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